«¡Oh Generación!»: La incertidumbre y la decadencia de un mundo casi feliz

Oh generación -. Zein Zorrilla

¿Qué secretos y tensiones esconde el mundo rural retratado en «¡Oh generación!»?
Houdini Guerrero Torres explora la incertidumbre, la violencia y la decadencia que atraviesan los cuentos de Zein Zorrilla.

Por Houdini Guerrero Torres

Zein Zorrilla, (Huancavelica, 1951) acaba de publicar la segunda edición de su celebrado libro «¡Oh generación!» (Lluvia Editores, 2026). Elegante edición, en tapa dura. Son nueve cuentos, como en la primera edición, de 1988, aunque tres de ellos han cambiado de nombre. “Castrando al buey” pasó a ser “Una noche una visita”; “Desensillen mi caballo” en “El puente del Huanca Romero” y “Perros de agosto” se convirtió en “La escopeta española”. Los dos primeros han sufrido leves modificaciones; el tercero, más que corregido, ha sido reescrito.

Borges dijo alguna vez, refiriéndose a la modificación de sus textos: “al modificar, los cuentos, yo mismo me estoy rehaciendo”. Esto parece ocurrir con “La escopeta española”. Zein primero escribió “Perros de agosto” para descubrir el cuento y, después, tuvo que volver sobre él para encontrar su forma definitiva. En esa reescritura hay, quizá, una de las claves de todo escritor: corregir un texto significa también descubrir aquello que el texto quería decir y que el autor todavía ignoraba.

En los tres primeros cuentos, que podrían constituir una primera parte, prima la incertidumbre. Las certezas brillan por su ausencia. El lector tiene la conciencia de que el autor utiliza una estrategia estética de indeterminación que lo mantiene permanentemente activo, obligado a completar aquello que el relato apenas insinúa.

En el primer cuento, “Luces en la carretera”, asistimos en primera fila, a una película sobre el término del amor. Ante nuestros ojos, mediante diálogos breves y contundentes, somos testigos del desmoronamiento de una relación de pareja: una relación que ya no da para más, que ha perdido el fuego de la pasión.

Es curioso: sentimos a los personajes inmersos en su drama, pero ignoramos sus nombres. Los únicos que tienen nombres son el camión: “San Antonio”, el santo de los amores imposibles, y Liz, la mujer con la que el protagonista inicia una nueva relación. El camión simboliza la fuerza, la aventura, la libertad; y todo ello es lo que promete la nueva relación con Liz.

Sin embargo, los lectores viejos sabemos, cómo suelen terminar esas historias. Sabemos que el amor está condenado a quebrarse nuevamente en el recodo de cualquier carretera, que las historias vuelven a repetirse y que, como en el cuento, terminan por naufragar como motas de polvo en inevitables tinieblas.

El segundo cuento, “Cilindros de ron”, transcurre en Sotacuro. Allí vemos a Demetrio en sus distintas facetas: como camionero que transporta cosas lícitas y de las otras, y como comerciante que parece aspirar a un ascenso social. Cuando recibe la visita de la alcaldesa del pueblo, advertimos un cambio en su actitud.

Los lectores sentimos que allí no solo tenemos a una alcaldesa preocupada por obtener el apoyo de Demetrio para ofrecer una buena fiesta a los principales visitantes del pueblo. Quedamos también flotando, como el perfume de la alcaldesa, en esa habitación donde Demetrio baila con su sombra, en un rapto de felicidad.

Lo que queda al final es la crónica de una fiesta en la sierra: una celebración de mestizos aferrándose a un orden que no se dice, pero que se siente; un orden que comienza a desmoronarse ante sus ojos, encharcados de música y desolación.

“Mariposa Barbarán” es la joya de la corona de «¡Oh generación!», un cuento al que no le falta ni le sobra nada. Es la historia de una seducción: una misteriosa mujer que se insinúa una y otra vez ante un guardia civil.

Como dijo Balzac, “la coquetería de una joven es de lo más sencillo: cree que todo está dicho cuando se aparta el velo; la coquetería de una mujer, en cambio, es interminable: Se envuelve en velo tras velo”.

Mariposa Barbarán envuelve al guardia civil y, al final, consigue que este libere a un viejo detenido por robar a la hacienda. Pero nunca sabremos si el viejo logra huir plenamente. Al parecer, el guardia civil tenía todavía el último naipe, que estaba marcado además.

En los seis cuentos restantes se tiene la sensación de que el autor ha reunido todas sus fuerzas, todo su conocimiento, todo su amor y todo su odio para iluminar un poco la existencia de los pobladores de Rosario, Villa de Pukacruz.

Los seis cuentos –“Arrieros somos”, “Una noche una visita”, “Dos jinetes”, “El puente de Huanca Romero”, “La escopeta Española” y “No se diga más”– son una muestra de las relaciones tortuosas entre indígenas, mestizos y blancos antes de la Reforma Agraria impulsada por el general Juan Velasco Alvarado.

En estos seis cuentos figuran como personajes Alejo Torres, Samuel Doria, Simeón Canto, el padre Idrogo, el cantinero Marcial, Sánchez, Antezana, Douglas, Odón Durán, Domitila, Elcira y Josefina. Son seis cuentos que bien podrían configurar una novela. Sus personajes son pequeños propietarios de fundos que insisten en llamar haciendas, son mestizos que han ido comprando sus huertas a los blancos en fuga: los Larrauri, Montero, Vidalón… y otros que intuyen que largarse de Rosario, Villa de Pukacruz es la única opción válida.

Quizá el lenguaje que utiliza Zein Zorrilla es distinto al de Arguedas, pero el cordón umbilical que los une es la descripción de la decadencia en aquellas tierras olvidadas del centro andino peruano. Zorrilla describe también, con singular maestría y mucho oficio, las pulsiones que llevan a sus moradores al enfrentamiento y a la desolación.
Hay tres personajes de los que no podemos dejar de ocuparnos: el Huanca Romero, el sargento Candela y Amador.

El primero es un cholo pobre que se dedica al comercio y que, mediante buenas y malas artes, logra reunir una buena cantidad de dinero. Esto le permite comprar la hacienda de don Macario Guzmán y quitarle a Maxi Gala a Justina, quien al final huye con tres mil libras.

Romero es el hombre que construye un puente en Rosario y le da acceso a la modernidad. Nuevamente un camión se convierte en símbolo del progreso, pero también en objeto de envidia para los propietarios mestizos, que solo atinan a despreciarlo y continuar produciendo ilegalmente aguardiente. Maxi se venga de Romero incendiándole su casa y en represalia Romero dinamita el puente.

El sargento Candela es el símbolo de la corrupción. Es la autoridad que decide quién puede destilar aguardiente y quién no. El único que se burla de Candela es Antezana, en “La escopeta española”.

Finalmente está Amador, el único personaje que, en un par de cuentos, relata en primera persona, recurso que le permite al autor internarse con mayor énfasis en territorios empantanados de la condición humana: la culpa, la locura, la ruindad, la pusilaminidad y la infidelidad.

El autor, quizá con un guiño a Rulfo, hace decir a Amador en la página final del libro: “La noche había comenzado a caer y las primeras tinieblas me revelaron que todos los habitantes de Rosario estaban muertos, solo estábamos vivos esta mujer y yo”.

Hay en estas palabras algo más que el final de una historia. Está allí la imagen de un mundo que desaparece, de una comunidad que parece haber sobrevivido a su propio tiempo y cuya memoria queda suspendida entre la noche, la culpa y la muerte.

Zein Zorrilla ha escrito un libro indispensable para entender el proceso literario peruano. «¡Oh generación!» puede leerse como un conjunto de cuentos independientes, pero también como piezas dispersas de una novela mayor: la novela de un mundo rural condenado a transformarse, de unas relaciones sociales sostenidas por la desigualdad y la violencia, y de unos hombres y mujeres que, mientras intentan sobrevivir contemplan, cómo el mundo que conocieron comienza lentamente a desaparecer. Y acaso allí resida la fuerza mayor de estos cuentos; en que Zein Zorrilla obvia explicarnos ese mundo. Lo deja hablar, agonizar y desaparecer delante de nosotros.