Por Roy Palomino*
Luego de su memorable y bolañesca Cementerio de barcos (2019), el escritor Ulises Gutiérrez Llantoy deja el silencio narrativo para publicar Nuestra luz en la noche (Alfaguara, 2026), su nueva novela que narra la llegada del cometa Halley en 1986 y cuyo foco narrativo sigue siendo la mirada andina del mundo.
El libro presenta una estructura doble que ofrece una mirada tetraédrica sobre el cometa o saqsaka, en quechua. Por un lado, la historia se centra exclusivamente en Luís (con tilde), un adolescente que vive en Colcabamba, Huancavelica, y que enfrenta la presumible rutina de su edad: los primeros amores, la rebeldía ante los padres, la búsqueda de su vocación, el descubrimiento consciente del mundo. Pero, además, una particular fascinación por las estrellas. Por otra parte, se narran todas las visitas del saqsaka Halley a la tierra desde 1531, el comienzo de la caída de los incas, pero desde una perspectiva occidental y centrándose en personajes históricos que contribuyeron al entendimiento de lo que es un cometa. Estos puntos de vistas se intercalan a lo largo del libro en catorce capítulos y confluyen en el año 2024, donde una serie de elementos cuidadosamente articulados a lo largo de la novela configuran un personaje que encarna en su identidad y en su profesión todo el conocimiento estelar del mundo andino y occidental.
La novela de Gutiérrez Llantoy evidencia un claro dominio formal. Los personajes de múltiples orígenes, tanto los diferentes pueblos andinos como los pokras, chimúes, aymaras, lectores expertos de estrellas; como los científicos europeos que asentaron las bases de la astronomía, todos ellos muestran no solo un carácter diferenciado sino una identidad lingüística heterogénea, construyendo una visión global de aquella humanidad que ve maravillada los cielos, las figuras que la habitan y sus múltiples interpretaciones. Todo esto a través de una voz narrativa andina que siempre se refiere a ellos como chaskaqawaqkunas (observadores de estrellas), sin importar desde qué rincón del mundo analicen el movimiento de los astros. “Johann Georg Palitzch era granjero de oficio, pero desde joven, desde los días en que araba los campos de trigo o caballo, también había visto la luz de la sabiduría del saqsaka y se había convertido en chaskaqawaq”. Esta característica hace que este sea un libro único ya que hermana tradiciones de la astronomía que parecían inconexas, rescatando además el conocimiento de las culturas prehispánicas y su estrecha relación con el mundo de las estrellas.
La elección del adolescente Luís encarna esa conjunción, nacido en un aislado pueblo de la sierra peruana él tiene una propensión natural por los astros, mora en Luís la curiosidad activa que propulsa el conocimiento y que busca en su entorno respuestas a aquello que está explorando. Descubre entonces que los ancianos de su comunidad conservaban los nombres quechuas de diversos astros: Mercurio es Qatun Illa, Venus es Qalachaska, Júpiter es Pirwa, la Vía Láctea es el Hatun Mayu y las Tres Marías son China quyllurkuna. Pero, a su vez, Luís, se alimenta también de una nutrida enciclopedia que su padre adquirió en Huancayo, El tesoro de la juventud, adquiriendo el conocimiento científico occidental. En la misma línea que Edgardo Rivera Martínez en País de Jauja, Gutiérrez Llantoy opta por un protagonista en el que pueden concentrarse dos realidades lejanas que la contemporaneidad ha logrado juntar. De la misma forma, que Luís sea un adolescente cuya identidad aún no está consolidada, vuelve efectiva la trama ya que absorbe ambos saberes sin prejuicios, permitiendo que el lector se introduzca en el mundo astronómico desde la fascinación y la candidez.
El uso del lenguaje destaca también en Nuestra luz en la noche, la novela transmite la dulzura del quechua al mezclarse con el español, como cuando se describe la belleza de Emilia, el amor adolescente de Luís: “mi Emilia boquita de ciraka, ojitos de layan”. O la dulce malicia andina al elegir los nombres de los animales y al describirlos: “el Antoni y el Martín me ayudaron a buscarlo al Qarachupa, y lo encontramos abajo, cerca de Iwti, comiendo cáscaras de tuna junto a su chancha de mama Martina, chancho callejero y enamorado que también es el Qarachupa”. Pero también se muestran las fricciones que existen entre ambos idiomas y las valoraciones que se les otorgan en la sociedad actual: “En clase de Matemáticas, la profesora Verástegui nos corrigió de nuevo nuestro castellano […] Tampoco se dice “el” Martín ni “la” María […] La profesora nos hizo hablar así, sin “el” ni “la”: “ahí va Martín”, “ahí va María”. Pero a nosotros nos pareció raro hablar así”.
Bajo la estela del modelo arguediano, Gutiérrez Llantoy retrata la vida rural del sur andino, pero luego de la reforma agraria y de la expansión de la literatura indigenista en el país. Por ello, sus personajes cuestionan constantemente un sistema educativo que no los refleja y se atreven a desear un mundo que parta a su imagen y semejanza. “Mi mamá también habla con los muertos, dijo el Jano cuando terminé de contar la historia de Pedro Páramo”, esta es la primera línea del libro y marca la intención clara del autor en su novela. Sin embargo, se retrata también la brecha cultural entre los jóvenes andinos como Luís y las antiguas generaciones, como su abuelo, cultivadores de un entendimiento y una sensibilidad que poco a poco va languideciendo. Cuando Luís le revela a su abuelo que lo que él vio en 1910 fue el cometa Halley, su abuelo le responde: “No, para nosotros los saqsakas no tienen nombre, me dijo. Para nosotros, el saqsaka es la luz del saqsaka. Para nosotros un saqsaka no tiene nombre. No le entendí la diferencia”. En esta negación de la apropiación, en esta imposibilidad de aceptar que un cuerpo celeste porte el nombre de un ser humano, radica también la colisión entre los mundos andinos y occidentales que describe el autor.
Como en su novela previa, Gutiérrez Llantoy dota de vocación literaria a su protagonista, proporcionándole una libertad natural y una imaginación desbordante, permitiendo también que, a través de sus lecturas como El diario de Ana Frank o Un mundo para Julius, se configure un panorama global. La ambición del autor es grande al colocar el mundo andino en el escaparate mundial a través de un símbolo tan reconocido como el cometa Halley. Sin embargo, su dominio técnico, la elección adecuada de sus personajes y su sutil humor, están a la altura de tremenda hazaña. Este es un libro que sin duda consultarán nuestras futuras generaciones ya que, como lo recuerda Gutiérrez Llantoy, la próxima visita del saqsaka Halley es el 28 de julio de 2061.
*Roy Palomino. Docente universitario e investigador literario. Doctor en Estudios Hispánicos por la Universidad Sorbona de París (Francia). Ha publicado crónicas, entrevistas y artículos académicos sobre literatura contemporánea. En la actualidad se centra en la producción de la literatura andina.

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