La anatomía del otro: el arte de multiplicar el espejo

Ahora soy un hombre – Ivonne Bernuy
En el poemario de Ivonne Bernuy la voz decreta «Ahora soy un hombre» y, lejos de huir, se multiplica para devolver soberanía a las mujeres que la historia convirtió en símbolos. Los invitamos a leer el siguiente texto de Melody Toledo, quien escribió el prólogo de este poemario editado por el sello Dendro.

 

Por Melody Toledo Chávez

«Ahora soy un hombre», decreta la voz poética femenina de este poemario ocupando, desde el título, una posición alterna, confrontativa y estimulante. Porque el verbo copulativo ser, con toda su carga semántica, transmuta a este sujeto del enunciado y le otorga el atributo de ser lo opuesto en la histórica construcción dual del género. El adverbio ahora, además, sugiere un flujo temporal, un antes y un después; un yo poético no-estático.

Escribir desde el yo, como lo hace Ivonne Bernuy en esta propuesta poética, podría intuirse como un acto de transparencia que nos revela una identidad, en este caso, transformada. Sin embargo, aquí, el yo no es un espejo quieto, sino una multiplicidad. Este yo poético, al decir «ahora soy un hombre», no busca la huida ni el disfraz; en realidad, reclama la «autoridad» de la voz masculina, que históricamente ha narrado el mundo. Pero tampoco se mimetiza con ese poder, sino que lo subvierte y, situada en ese lugar de «superioridad», revisita las biografías de distintas mujeres que el arte, la historia y el mito a menudo redujeron a símbolos y estereotipos. La autora no suplanta estas voces femeninas; su propósito parece ser, más bien, desmantelar las etiquetas y prejuicios que intentaron encasillarlas y así devolverles la soberanía sobre su propia complejidad.

Este decir yo a través de una piel ajena confirma que nada es unitario, que todo es múltiple y circula en continuo movimiento. La transmutación se describe al inicio como un proceso orgánico y radical; la voz poética nos advierte en cursivas:

Ahora soy un hombre. Florece mi anatomía como un tributo de la tierra

    El cambio no es máscara, es una nueva relación con el mundo. La voz poética no huye de sí misma, sino que se otorga el permiso de deconstruir la identidad femenina impuesta a través del tiempo, con todos sus «debe ser» y «no debe ser» en el espacio privado y público; reclama el derecho de habitar otros cuerpos, de ser ella más allá del designio. Si acaso apostamos por la transparencia, podríamos pensar en un puente de cristal que la voz poética construye y ofrenda, para atravesarlo y ver, a través de su propia transmutación, una nueva anatomía para todas aquellas mujeres.

Ahora bien, este acto metamórfico no es un ejercicio poético aislado, sino una obsesión artística que atraviesa la obra de la autora. Lo vemos en muchos de sus versos y, con clara intensidad, en su poemario El último canto, que nos propone habitar los cuerpos de un ave extinta (el de la hembra y el de macho) para entender la pérdida. Allí, la voz poética se trastoca y «canta» más allá del tiempo y el espacio; llega a decir, a propósito, Yo soy parte de las otras ahora1. En esta nueva entrega, la insistencia en la transmutación se expande y se vuelve una estrategia de intervención histórica; da un giro hacia lo político. Si antes el cambio de piel sirvió para cruzar la barrera de la naturaleza y de las especies y habitar allí la multiplicidad, ahora la voz poética se multiplica en hombre.

En el plano formal, esta transfiguración se sostiene sobre una arquitectura firme. Los poemas referidos a una mujer en particular —artista, pensadora, personaje histórico o ficticio— se intercalan, cada tanto, con versos en prosa presentados en letra cursiva; se trata este último de un poema largo fracturado, mimetizado entre los otros y que suma la voz poética-autora a este coro de voces femeninas.

Para reforzar este sentido conversacional, Bernuy incluye en sus poemas —a modo de epígrafes o versos resaltados en cursiva— algunos versos o declaraciones de estas mujeres; son, sin duda, material que ayuda a levantar el puente de voces que está construyendo. Por ejemplo, en el poema «Anónimo era una mujer, escribió Virginia Woolf», leemos la frase La belleza debe romperse a diario para permanecer hermosa de la novela Las olas, de Woolf, que desmitifica la etiqueta de la mujer «perfecta» y abraza el cambio.

El lenguaje de este poemario es una maniobra de contrastes: una amalgama de términos de gran sonoridad y calado culto que convive, sin fricciones, con la textura de lo cotidiano. El libro no necesita artificios; su fuerza reside en un hilado de imágenes potentes y versos que golpean con su carga expresiva. Todo esto se sostiene sobre la composición de una cadencia rítmica de versos de extensión contenida, que marcan un compás propio y permiten que la imagen poética resuene con fuerza. Existe en la escritura de Ivonne Bernuy una preocupación extrema por la sonoridad; cada palabra parece elegida no solo por su posibilidad léxica, sino también por su peso acústico. Esta orfebrería verbal, sumada al ritmo de los versos y al coro de voces, convierte la lectura en un gozo.

El gesto de «ser hombre» para hablar con libertad no es nuevo en la genealogía literaria. Si en el siglo xix, autoras como Amantine Dupin (George Sand) o las hermanas Brontë debieron ocultarse tras seudónimos masculinos para que su genio no fuera desestimado, la autora de este libro se transfigura como una ocupación consciente del territorio prohibido. También retoma el espíritu de la Virginia Woolf de Orlando, para atravesar la frontera del género y reclamar una visión totalizadora, recordándonos que, en el poema, las etiquetas se disuelven en favor de la libertad.

La transmutación que aquí presenciamos dialoga con la tradición del desdoblamiento como herramienta de (auto)conocimiento. Así como Fernando Pessoa se multiplicó en heterónimos para dar fe de la complejidad humana, Ivonne Bernuy utiliza la identidad masculina como un espejo de doble fondo. Al fragmentarse, no se pierde; por el contrario, se expande para habitar una verdad que solo es visible cuando nos atrevemos a ser otros, un proceso que recuerda la búsqueda incansable del yo en los versos de Alejandra Pizarnik.

Al asumir la voz de quien observa (el hombre), logra romper el cristal de la vitrina histórica para que estas figuras femeninas dejen de ser objetos de contemplación y se conviertan en sujetos con agencia. Es en este punto donde la imagen del espejo cobra una dimensión metafísica, tal como se lee en el poema «Ariadna»:

levanto el rostro,

veo un espejo, tiene el tamaño de la noche, el tamaño de la sed.

El espejo deja de ser mero objeto de vanidad para convertirse en una medida del deseo y de la libertad. Al reconocerse como una piedra que florece sobre un caballo salvaje, la voz poética en «Ariadna» nos advierte que su identidad ya no depende de hilos ajenos, sino de su propia voluntad.

Este poemario se inserta también en la necesaria co-rriente de justicia poética de obras como The World’s Wife, de Carol Ann Duffy, que deconstruye las identida-des de ciertos hombres a través de la voz de sus esposas; Transformations, de Anne Sexton, que reversiona clásicos cuentos de hadas; o la novela The Penelopiad, de Margaret Atwood, que le otorga la voz protagónica a Penélope, quien dice: Ahora que todos los demás se han quedado ya sin aliento, me toca a mí contar lo ocurrido […] tejeré mi propia trama2. Al igual que ellas, la autora se infiltra en los mitos sobre las mujeres y les da espacio para decir lo que no pudieron. Pero también, de modo central, entabla con ellas una conversación sostenida a lo largo del poemario. A estas mujeres les ruega:

Entonces, ensénenme las respuestas, grítenlas desde su cotidianidad a todas horas para mí. Alguna de ustedes dígame,

¿cómo se limpia una de sus propias culpas?, ¿cómo mitigo una sentencia si soy yo quien juzga?

La autora no se limita a observar; se busca en los ecos del pasado y reconoce sus propias cicatrices en las vidas de otras, se transmuta en estos personajes para descubrir las claves de su propia identidad. Hay una complicidad profunda, un acto especular donde ella, como mujer y creadora, a través de la voz poética del poemario, se transfigura para entender su propio lugar en el mundo y fundir su biografía con el mito y el arte. Pero quiero enfatizar que este libro no es una simple recopilación de mitos. Aquí encontramos una habitación donde la autora decide vaciar las ideas y emociones que han forjado su temple. Al res-catar estas voces, ella rescata su propia biografía y se aleja de la mujer devota para abrazar una historia de siglos que todas cargamos, tal como afirma y continúa diciendo en el poema «Post scriptum»:

todas nuestras vivencias por las que hoy agito estas palabras […] debieron amar también nuestro pequeño demonio.

Ese pequeño demonio es el mismo que en el poema «La mujer de Lot» la impulsa a desafiar el mandato divino y a decir:

Yo (Ella), nosotras, miserables e incautas, volteamos la cabeza, los ojos […] al incendio de vida que por mandato divino nos derriba a esta sombra donde escribo

 

Pero al mirar atrás, esta mujer —Yo (Ella), nosotras— no se convierte en estatua de sal; este elemento es solo un mineral que nos devuelve la dulzura primigenia. La existencia de ella —de todas las mujeres—, se resiste a ser borrada; la dulzura primigenia es el «remedio» al olvido histórico.

Este poemario es un puente de espejos donde el yo se disuelve y se transmuta. La autora nos entrega la llave para entrar en un recinto donde la voz femenina, multiplicada, quiebra el silencio y se narra a sí misma sin pedir permiso. Es, en última instancia, la voluntad de ser otra y manifestarse con la belleza invariable de una piedra que florece.

 

NOTAS:
  1. Verso del poema sin nombre ubicado en la página 33 del poemario El último canto, de Ivonne Bernuy (Qwerty XX, 2024).
  2. Fragmento de la novela The Penelopiad (Penélope y las doce criadas) de Margaret Atwood, traducción de Gemma Rovira ortega, (Salamandra, 2020, pág. 15).


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