En esta entrega del ciclo de entrevistas sobre literatura escrita por mujeres, charlamos con la escritora cusqueña Karina Pacheco Medrano. Este ciclo es posible gracias a Lexitrans Perú.
Por Ana Rodríguez
Crédito de la foto: Adriana Peralta
Conversamos con la antropóloga y narradora Karina Pacheco Medrano (Premio Nacional de Literatura 2022 por El año del viento) sobre Niños del pájaro azul, libro de relatos que trata sobre las infancias vulneradas por el mundo adulto y cuyos protagonistas están expuestos a abusos de poder, corrupción y distintas violencias. También emerge la memoria como un modo de reparación y denuncia contra el olvido. Felicitamos a la autora por la distinción de la Orden de las Artes y Letras que hace pocos días le otorgó el Ministerio de Cultura de Francia.
¿Siempre sabes cuándo se tratará de un cuento y cuándo de una novela?
Por lo general, tengo una intuición de cuándo será un cuento. Sé que no se puede desbordar y por dónde puedo ir delimitando. Con la novela pasa mismo: cuando el tema es amplio y veo que habrá muchos personajes y situaciones, puede ser una novela. Con El bosque de tu nombre, pensé que iba a ser un cuento, luego un cuento largo, después una novela corta y se siguió ampliando hasta ser una novela nada corta. Cabeza y orquídeas empezó como un cuento y como dejaba tantas ventanas por desarrollar, se convirtió en una novela corta que ganó el Premio Nacional de Novela Federico Villarreal 2010. Lo sé, pero me pasó en dos ocasiones que el cuento se amplió muchísimo y terminó convertido en una novela.
Tu narrativa plantea temas de memoria, desarrollo, racismo, discriminación. ¿La antropóloga y la escritora siempre escriben juntas? ¿Has encontrado el modo de escribir sobre lo que la historia oficial no cuenta y lo que la memoria colectiva todavía no procesa?
Una escribe con todo lo que tiene. Sin duda, la antropología ha sido una parte esencial en mi formación. La lectura de textos antropológicos, etnohistóricos, históricos me sigue apasionando. En mí está la antropóloga, la apasionada por la historia, la geografía, la biología y el medio ambiente. Eso sin duda se filtra en el cuestionamiento y las indagaciones que hacen los personajes. La antropología me recuerda que no debo caer en los estereotipos, en los lugares comunes.
Lo que me da la literatura es libertad. Libertad para volar con el lenguaje y las tramas. Cuando una escribe desde las ciencias sociales y con lenguaje académico, te ciñes a las fuentes, compruebas las fechas, los datos, etc. No te puedes extender con la imaginación.
¿Cuáles son tus referentes literarios?
Muchísimos. Uno nunca deja de tener nuevos referentes porque vas continuamente leyendo y dejándote cautivar por nuevas fórmulas de contar. Para mí un referente, sin duda, es Marguerite Yourcenar. Philippe Claudel es un referente de los últimos años, me encantan sus exploraciones en cuanto a temas. José María Arguedas, Mario Vargas Llosa, Las tres mitades de Ino Moxo y otros brujos de la Amazonía (de César Calvo) son fundamentales. En Yourcenar y Claudel está el trabajo de la memoria. Yourcenar trabaja la radicalidad de la palabra. Vargas Llosa habla de las sucesivas guerras y lo que el ser humano puede hacer en situaciones límite. Admiro a los autores que escriben sobre historias del pasado y mitos del pasado con persistencia en el presente.
En Niños del pájaro azul los territorios andinos y amazónicos cobijan mitologías locales. ¿Cómo has trabajado los escenarios que modelan a tus personajes?
Para mí la naturaleza, el medio ambiente, nos modela. Me encanta ir a la ceja de selva del Cusco, que es un territorio de mi infancia. El aroma de Quillabamba es algo de mi propia memoria. Más allá de que los olores sean estimulantes en términos sensoriales, se trata de territorios con mucha historia y donde siguen aconteciendo hechos importantes para las comunidades locales y el país. En la selva se están dando todo tipo de disputas territoriales que terminan abarcando a toda la sociedad. Seguimos siendo dependientes de la historia que se configura en esos márgenes.
El papel de la oralidad y la tradición local son importantes en este libro en particular.
No recopilo mitos y leyendas porque no me gusta hacer la folklorización de algo que ya está escrito. Cuando vives en un lugar como el Cusco, si caminas mucho por el campo, aprendes que hay cosas de las que la gente habla, como el tema de las sirenas. Te vas encontrando las historias de las sirenas mientras caminas a la laguna. No había ido a la laguna Yanacocha y tenía un vecino que decía que la laguna estaba encantada porque un pequeño guía se lo dijo. Dos veces fui a esa laguna con un amigo. Nos perdimos. Encontramos a una pareja que nos habló de un músico y la historia estaba ahí. Para mí lo mejor es una historia que late. Le doy vueltas de tuerca, sin inventar. Las historias fluyen de lo natural, de lo que se cuenta y tú le das unas vueltas simbólicas. La sirena no está para darle color a la historia sino para encontrar lo simbólico.
Hay dos ejes en los siete relatos. Uno es la memoria de la infancia y el otro es la desaparición. ¿Qué posibilidades hallaste en la mirada de la infancia para hablar de temas tan complejos como el abuso de poder y la corrupción?
La infancia queda totalmente marcada cuando es atravesada por una violencia directa sobre el cuerpo de las niñas y los niños, o cuando ellos observan una situación de violencia, de abuso. Muchas veces quienes ejercen una violencia frente a los niños, no toman en cuenta que tienen la suficiente sensibilidad para darse cuenta, observar y quedar turbados. La infancia es como una esponja que absorbe los momentos de luz, felicidad, alegría… muchas veces de imaginación, de soñar. Cuando en la infancia has tenido suficiente luz en esa esponja, esos destellos de alegría te ayudan a seguir imaginando, soñando, jugando y resistiendo al embate de la crueldad del mundo.
En Niños del pájaro azul me di cuenta que había cuentos que hablaban de la infancia y las violencias. También sobre la memoria de la infancia porque nos pasamos la vida tratando de responder las grandes preguntas que nos hicimos de niños y quizás porque emergieron en un momento en que éramos esponjas especialmente sensibles a la absorción, nos acompañan toda la vida.
Estoy harta de la hipocresía con respecto a la infancia. Los políticos y los líderes religiosos repiten «la infancia es el futuro», hay un movimiento llamado «Con mis hijos no te metas» y talleres de «Sana tu niño interior», pero ¿realmente importan los niños en el Perú? Cada año miles de niños desaparecen en nuestro país, algunos (casi la mitad) reaparecen, pero no se sabe qué pasó en el período que estuvieron perdidos.
Caimán Xuxian es un relato que toca un tema conocido por todos en el Perú: las economías informales, ilegales e incluso criminales vinculadas al narcotráfico, la minería informal y lo que se desarrolla a lo Far West alrededor de la minería formal, la explotación de madera, entre otros: prostitución, trata de niños, trata de mujeres. En el relato Niños del pájaro azul, el tema del sacrificio humano es una metáfora de las vidas que se sacrifican (incluso vidas muy niñas e inocentes) para embriagarse de poder y de dinero.
Hay silenciamiento y mucha hipocresía. Las preguntas, las broncas, el deseo de exploración son estímulos para la creación literaria. Los investigadores analizan desde la estadística, la investigación psicológica, sociológica, antropológica, histórica. La literatura te da la capacidad de unir muchas cosas que pueden estar esparcidas alrededor de una trama. Esa historia, al ser narrada en un lenguaje de ficción, con un uso de la palabra que puede ser envolvente, termina tocando a los lectores.
En Todo empieza se menciona a la Dirección de Búsqueda de Personas Desaparecidas, que funciona con un enfoque humanitario y tiene un registro de más de 20 mil personas desaparecidas. Esto se relaciona con el otro eje de la colección de cuentos: la desaparición.
El relato parte de una historia real. En medio de una guerra o conflicto en cualquier parte del mundo, emergen situaciones impresionantes, de todo tipo, cada caso es una película. Un amigo que trabaja en la oficina de Búsqueda de Personas Desparecidas me contó que alguien planteó una denuncia por su enamorada después de 40 años. Me pareció una historia de amor. El cuento está dedicado a la memoria de esta chica que nunca apareció. Esta oficina ayuda a que los familiares encuentren el cauce legal y el acompañamiento judicial para que puedan saber qué pasó con sus familiares. Incluso hoy siguen recibiendo denuncias por los desaparecidos. En esa época no denunciaron por miedo a las represalias de Sendero Luminoso o de la Policía.
En Niños del pájaro azul se escribe «conflicto armado interno». Este período es una sombra en los relatos.
Es el término que uso normalmente. No se me ocurrió usar la palabra «terrorismo». En ningún momento pongo en duda que el conflicto armado interno lo desató Sendero Luminoso. Cuando se usa «terrorismo», el riesgo es dar a entender que el terror y el horror fue causado únicamente por Sendero Luminoso. Las Fuerzas Armadas y los grupos locales que trabajaron con el Ejército cometieron violaciones, masacres, crímenes. No emplear «conflicto armado interno» es negar parte de la historia, negar que el Estado desarrolló técnicas de terror en muchas poblaciones (como respuesta a los ataques de Sendero Luminoso). La palabra «terrorismo» hace que la sociedad olvide las graves violaciones a los derechos humanos que ejerció el Estado.
Se empieza a ver la posibilidad de justicia cuando los padres de Eda recogen a sus cuatro nietos con una orden judicial en Trenzas de sirena. ¿Este pájaro azul que da título a la colección de cuentos simboliza la esperanza?
Sí. Hay justicia en el hecho mismo de recordar, de indagar, de no dejar las cosas con las respuestas fáciles, muchas veces crueles. Con el mismo recuerdo… La memoria hace que uno diga «yo reconozco ese dolor». Muchas veces para las víctimas que ya han sufrido mucho, no se trata únicamente de la justicia penal: esa tarda mucho. Por lo menos que haya una memoria, que se reconozca que existió ese sufrimiento. Eso ya es un poco de justicia, de luz. Para la sociedad es preguntarse ¿qué aprendo de esto? En el hecho de recordar a otros que no son tus inmediatos, hay algo que ilumina y amplía los horizontes de cada persona que recuerda.
¿La literatura también puede ser reparación simbólica?
Hace un poco de reparación simbólica. Sobre todo, cuando está tocando casos que son ninguneados, que han sido olvidados o que son observados a la luz de una mirada muy maniquea e infantilizada y simplista del mundo.
En Hermano zorro hay una historia de resistencia, pero también hay luz y esperanza cuando al final la mamá les dice a sus hijas: «Tenemos que ser felices, eso habría querido papá».
En esa historia no solo se pregunta por la gente de Sendero que los implica injustamente sin pensar en las consecuencias, en lo que pueda pasar a este hombre. No solo está el abuso durante su encarcelamiento, sino lo que más le duele a la familia es el señalamiento que recibe de los vecinos que se creen puros y a la primera se ponen a acusar. Hay que darle vuelta a eso: la facilidad con la que señalamos para sentir que nosotros somos mejores. Había que recordar también cómo emerge la infancia como un mástil. Ese pequeño zorro parece concentrar toda esa luz. Una luz que viene desde la infancia para salvar al personaje en un momento de inmensa desesperación.
En ficción, has publicado narrativa. ¿Te has planteado alguna vez escribir poesía? En el relato Eclipse se lee: «Sin tener una estupa que rodease tu cuerpo, delante de ti dispusiste una hilera de flores. Rojas, blancas, amarillas, violáceas, fucsias, azules, anaranjadas. Con los ojos cerrados, quedaste alumbrado por todos los colores del sol».
El lenguaje es importantísimo. Cómo abordas historias duras o en general cualquier tipo de historia. El lenguaje tiene que ser bien trabajado, decir con belleza, con el esfuerzo para que haya música en las palabras. No escribiría poesía, no siento que es un arte que pueda dominar. Me gusta leer la gran poesía. Te enseña a ser alquimista con el lenguaje.
¿Cómo logras este balance entre la realidad, lo mítico y lo fantástico en cuentos como Las flores de Gwen?
Ese es el regalazo de haber vivido múltiples vidas y, modestia aparte, haberme atrevido a explorar diversas áreas. No creo en la especialización. Me parece algo inhumano cuando se compartimenta todo. Creo que los mejores economistas son los que tienen miradas, lecturas y experiencias del mundo mucho más amplias. Amo los libros de exploradores. Estaba escribiendo una guía de viajes histórica-cultural con información personal para el Instituto de Estudios Peruanos (IEP) titulada Viaje al sur del Cusco. Para ese libro estuve buscando citas e imágenes de estos viajeros de los siglos XVIII y XIX y, a la par, tenía la trama de Las flores de Gwen, donde aparecía una exploradora en tiempos más recientes.
Si uno escribiera solo desde la imaginación, el campo de visión sería más limitado y menos verosímil. Ayuda tener múltiples vidas, al menos múltiples lecturas y exploraciones. Para mí, un buen escritor no solo lee literatura, lee filosofía, va al cine, escucha buena música. La buena música nos alerta los sentidos.
SOBRE LA AUTORA
Karina Pacheco Medrano (Cusco, 1969) es antropóloga por la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco y doctora en Antropología de América por la Universidad Complutense de Madrid.
Ha publicado las novelas La voluntad del molle (2006), No olvides nuestros nombres (2009), La sangre, el polvo, la nieve (2010), Cabeza y orquídeas (2012), El bosque de tu nombre (2013), Las orillas del aire (2017) y El año del viento (2021), así como los libros de relatos Alma alga (2010), El sendero de los rayos (2013), Lluvia (2018) y Niños del pájaro azul (2024). Ha escrito numerosos artículos sobre memoria, cultura, desarrollo, racismo y discriminación. Dirige Ceques Editores.
LOS CINCO LIBROS FAVORITOS DE KARINA PACHECO MEDRANO
La autora incluye en la lista algunas de las obras cuya lectura más ha disfrutado en los últimos años.
- El crepúsculo, de Philippe Claudel.
- Claus y Lucas, de Agota Kristof.
- Colección permanente, de María Negroni.
- Marciano, de Nona Fernández.
- Las cenizas del Cóndor, de Fernando Butazzoni.

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