Roy Palomino analiza en este ensayo cómo Los hijos de Goni, de Quya Reyna, cumple por fin la vieja aspiración de Mariátegui: una literatura indígena escrita por los propios indígenas. Lejos de romanticismos o victimismos, el libro retrata con humor, crudeza y complejidad humana la vida cotidiana en El Alto, reivindicando la marginalidad como lugar de creación auténtica.
Por Roy Palomino*
Hace más de un siglo, Mariátegui soltó su célebre frase: “Una literatura indígena, si debe venir, vendrá a su tiempo. Cuando los propios indios estén en grado de producirla”. El libro Los hijos de Goni (Sobras selectas, 2022) de Quya Reyna confirma que este camino comienza por fin a pavimentarse. A diferencia de tantos otros autores que hablan de lo indígena desde la lejanía o la otredad, o del caso excepcional de Arguedas que narra desde lo íntimo vivencial, las historias de Quya Reyna son la voz directa de una andina aymara de Bolivia. Sin embargo, el valor de Los hijos de Goni no radica solo en la condición de la autora, ya que hay también otros intentos infructuosos, sino en su capacidad para representar a la comunidad aymara a través de historias donde abunda la complejidad del ser humano: la envidia y el orgullo, la tacañería y la solidaridad. No existe una sacralización del indígena (o indio, como se dice en Bolivia) o una infantilización que lo muestra en el desahucio, posturas cansinas que aún subsisten en nuestra época, hijos ilegítimos de Paco Yunque. Las historias de Quya Reyna narran una agradable amalgama de personalidades a través de la mirada de una niña.
Su padre es presentado como una persona envidiosa que no tolera el éxito económico de su familiar el Huicho. “Eso era lo que mi padre odiaba más, que el Huicho tuviera la maldita buena suerte de tener una casa en un lugar comercial”. Su madre, Adela, como una cuidadora acérrima del dinero, una tacaña extrema. Cuando a la niña Quya le tocó llevar leche para hacer un queque en el colegio, su madre se negó. “Ella me dijo que no me lo daría y que llevara el poco azúcar que quedaba”. La hostilidad también aparece como una constante en algunos comerciantes que expulsaban a la protagonista que vendía revistas delante de sus puestos del mercado. “La señora era de las que no esperaban, la impaciencia del aymara es terrible, de un tirón arrastró mi nailon, dejando las revistas regadas encima del piso mojado”. La propia autora se recuerda como una experimentada ladrona de su familia y de todo puesto comercial descuidado. “Era experta en sacar dinero de la “caja fuerte” de mis papás. Era experta en sacar dinero del mandil de mamá […] Sí, lo sé, era un asco”. Desde luego, estos personajes no son unidimensionales, sus sentimientos y reacciones se transforman coherentemente, mostrando una adecuada construcción de caracteres en un mundo que se rige esencialmente por las leyes de la pobreza, ya que este es uno de los ejes temáticos del libro.
Quya Reyna lo experimenta desde la infancia, pero gracias a su padre aprende también que, bien abordada, la pobreza puede ser un símbolo de altivez. No desde la romantización impasible, sino desde su increíble capacidad de adaptación. Por eso, desde muy pequeña Quya Reyna aprende que el mayor insulto en su familia es ser un hijo de Goni. El nombre Goni hace referencia a Gonzalo Sánchez de Lozada, el expresidente boliviano adepto a Estados Unidos, por lo que representa la opulencia blanca de Bolivia. Para la pequeña Quya, ser Goni significa la obscena abundancia o el gasto innecesario, todo lo que ella y su familia desprecian. Obligada desde niña a contribuir a la economía del hogar y a ahorrar al máximo cada gota de champú, la narradora hace suya la inventiva del pobre para subsistir, mostrando con orgullo su capacidad de creatividad y de reúso extremo. “En el mundo no hay ambientalista más grande que el pobre. Creo que un jipi comelechugas, hacedordecompost, pintordeflorerosenbotellaspet no escribiría fuera de los márgenes de un cuaderno en letras pequeñas para que le dure casi dos años”. Su visión del mundo parte de esta realidad, por ello le es tan fácil cuestionar a cualquier ícono cultural que lo tergiverse. “Cuando conocí por primera vez a Mafalda de Quino, que se negaba a comer sopa, lo primero que pensé fue: ¡Esta es otra hija de Goni!”.
Las diez historias combinan de forma acertada una prosa intimista y auténtica que se mezcla con un afilado humor. El libro de Quya Reyna no exhibe complejos recursos narrativos, hay una sencillez congruente con el mundo que retrata, donde lo mínimo se vuelve una virtud del vivir. Los relatos son cortos y describen la vida de El Alto, ciudad ubicada junto a La Paz, capital de Bolivia. El espacio geográfico es esencial en el libro porque marca también una frontera racial entre los andinos aymaras de El Alto y los bolivianos blancos de La Paz. El contraste entre ambos mundos está presente en todo el libro, marcando realidades distintas entre quienes no son hijos de Goni y quienes sí. Cruzar esa frontera es sentirse vulnerable, es entrar en un terreno hostil donde el color de la piel es un marcador clase sí, pero también de formas de hablar, de vestir y de comer. La lengua aymara, además, aparece con la naturalidad con la que surgen las palabras en las casas bilingües: en las conversaciones cotidianas, en el uso diario, en la ternura y el insulto.
Sin aspirar a ser el otro, el canónicamente aceptado, el centro de lo representativo, Quya Reyna revalora su marginalidad, demostrando que el margen no necesita del centro para existir. Además, recordándonos que mientras los centros de poder cultural son los grandes guardianes de la tradición, toda expresión artística novedosa proviene siempre del margen. Sucedió con César Vallejo en Perú, con James Joyce en Reino Unido, o incluso con la denominada literatura latinoamericana en el siglo XX, cuando aún el mundo no sabía de su existencia.
Cuando en la década de los ochenta Spivak le preguntó al mundo si la persona subalterna podía hablar, estaba retando la existencia de libros o productos culturales con estas características. El camino está marcado. Al igual que hay una autenticidad en el cine de los hermanos Catacora o en la poesía de Lourdes Aparición, Los hijos de Goni cruza rápidamente las fronteras de su país por méritos propios. En sus páginas habita un sentir de la precariedad que se refleja en un mundo cada vez más desigual, un mundo que tiende a la homogenización de la cultura y la lengua. Ante esta tendencia arrolladora, hay quienes aún no están dispuestos a ser hijos de Goni y deciden labrar su propio camino.
*Roy Palomino. Docente universitario e investigador literario. Doctor en Estudios Hispánicos por la Universidad Sorbona de París (Francia). Ha publicado crónicas, entrevistas y artículos académicos sobre literatura contemporánea. En la actualidad se centra en la producción de la literatura andina.

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