La poeta Virginia Benavides nos presenta una lectura del poemario «Tragazona» (AUB, 2026), del poeta Rodrigo Vera Cubas.
Por Virginia Benavides
¿Se puede crear, trazar o alterar un mapa a partir de lugares físicos o inventados por un sujeto cuyo territorio está en permanente construcción- reconstrucción-destrucción y de una lengua que, a su vez, reconfigura tiempo y espacio adoptando la deglución como acto creativo en su decir?
¿Se puede hablar de una arquitectura del lenguaje, una topografía citadina de lo no citadino, una poética del tránsito, del viaje como una experiencia perceptiva, sensorial, y de cómo de operar en la dicción de la lengua que alteriza todo a su paso, donde las palabras a ratos se descomponen, fragmentan sonoramente, se indecibilizan y las coordenadas se virolean, se borronean, tarjan o dicen que se produjo un error al buscar orientación, manifestando caminar al tanteo sobre arenas movedizas de significado pues no les importa quedarse quietas para sentirse, sentirse de sentido que se crea en el transcurrir del viaje, sin arrojarse a cualquier quietud sino alterando todo lo que consume a medida que se traslada y, a su vez, activando en ese tránsito modificaciones interrupciones, desapariciones y reinvenciones significativas, sintácticas, sonoras y visuales?
¿Se puede tragar, entonces, una zona mientras se viaja y constata la fisicidad propia y ajena y evidenciar que es el acto afectivo lo que permanece y sostiene lo movedizo? ¿Quién deglute a quién? ¿el yo al yo? ¿el tú al tú? ¿el ello al ello? ¿el no se sabe qué? ¿o es el territorio que se desmapea, se destruye y se reinventa? ¿O solo asistimos a las acciones de un sujeto poético que se fragmenta y recompone, se hace y se deshace, se traga y se devuelve, a la vez que se reconoce en un cuerpo y sus actos amorosos? ¿O eres tú, lector, el deglutidor que se engulle a sí mismo y retiene los restos semánticos desde esta voz tragaldabas y exploradora de las vicisitudes del viaje de una lengua que se enreda y desenreda cada tanto, fundando, cual Manco Cápac, manco en su declaratoria de existencia, palabras abras, develación del vértigo del sentido que se cuerpea y se asienta en lo inasible o se traga como acto de sublevación de la realidad?
Podemos intentar algunas respuestas desentrañando algunos aspectos de la forma de ser en que se presenta este sujeto poetico creado por el autor en su interacción devoradora y creadora:
El sujeto poético ternuriza desde su fisicidad, realizando actos corporales, momentos de compartir con un o una otra. Al ternurizarlos también altera su dicción, la interrumpe y aporta sentidos sonoros y el traslado del significado usual de actos cosas, sensaciones etc., que dan cuenta del afecto suave, dulce y protector hacia sí y el/la otro. Cito “Que haya sombra para que no camines. Voy a abrigarte con la manga que me sobra. No pises esa raya. Tuma no es mía” (sin número de página, hasta eso se ha traga). Otro ejemplo, entre más, es el poema titulado “[un durante no gobierna, reverbera]” en el que dice: “mi osa/ menta madre/te eleva” Al ternurizar, las palabras se resonorizan y son declaradas existentes, como un niño que descubre el mundo y aprende a saludar todo lo que pasa por su Mirada. Cito: “hola glande, hola techo, hola cielo millonario, hola humedad, presión temperatura”. Esa declaratoria de existencia lo posiciona como creador sensitivo y sonoro, como el que ternuriza con acciones y palabras todo aquello que forma parte de su experiencia viajera.
El sujeto poético es un arquitecto del devore: La deglución opera en un sentido de modificación y cambio en el tránsito del sujeto tragazona. Mientras se desplaza va experimentando una transformación, se traga aquello que es inevitable, una zona donde las palabras no se alinean con su percepción de la realidad, como si la zona tuviera que deglutirse para expandir ese territorio textual, metafórico del mundo. En ese tránsito se genera una arquitectura distinta, una suerte de castillo de arena que nace de ese devoramiento, de lo que se desplaza y fija un sentido que no se alinea con lo que podriamos entender como lo usual, en términos de realidad objetual, predecible. Este arquitecto se desplaza haciendo del cuerpo y sus actos su lugar seguro o, mejor decir, definible de constatar por esta fisicidad que encontramos en muchos de los poemas. Cito: “ La caca la comida para decir basta no es muy tarde vamos al bazar elige solo una belleza asco borrandera” (sin número de página ¿se la comío?). Pero en este devore existe una transformación consecuente, nada es lo mismo luego del acto, luego del viaje, luego de llegar a Misia o lugares creados o redescubiertos. Luego de recordarlo, algo cambia en la experiencia que hace que ese acto se acelere al punto de lo que va diciendo este sujeto se torne delirante, sin perder la ternura y el lugar seguro que es el cuerpo. Estamos ante un sujeto que se va revelando como creador del mundo sin perder su rareza humana, sus devaneos mentales o su estado tembloroso e infantil.
El sujeto poetico es un alterado: Cabe precisar que lo alterado se define como un cambio en relación al estado original, sea este fisico o mental, entre otros aspectos. El alterado se desplaza haciendo del cuerpo y sus actos su lugar más seguro, en relación a la zona de inseguridad que transita. En Tragazona las coordenadas que señalizan un tránsito o cambio de viraje, dan cuenta de una ubicación. “Esta ubicación es un error”, es lo primero que encontramos, pero hay algo en esa visualidad que se diseña en lo por venir, el estrato detrás de cada zona, al interior de esa memoria viajera, una capa dentro de otra y otra a medida que nos internamos en la zona textual que es, a su vez, la zona creándose en el desplazamiento. Si la señal de ubicación geográfica se va alterando, ocurre lo mismo con la percepción del sujeto. El estado natural del sujeto al emprender un viaje sufre una transformación. En este caso, esta transformación opera en dos planos: la alteración visual y sonora del lenguaje en ciertas palabras y la recreación de nuevos nombres de lugares o palabras que otorgan identidad o creación de topónimos, por ejemplo. Cita: “Meandro”, “me echo, me mecho”,” Gárgaro”, “DIPLODOCUS” “Ida” “Esepo”, “Misia” por mencionar solo algunas. También esa visualidad se expresa en los sentidos del circulo cuadrado y las formas geométricas cortadas o empequeñecidas y negreadas como quedarse con la mancha (presente en el poema “Alicia dijo 13 en Ida Mons”). El otro plano es la alteración de la percepción mental: el sujeto se interna en el paisaje y lo refunda, lo convierte en una zona sensorial donde todo se puede decir desde un foco que desenfoca, una mirada ladeada o de cabeza o borroneada o mareada, una suerte de yo desconfigurado o fuera de plano, alterado, que se realiza en su escritura. Esta mirada a ratos es nerviosa y llega a traspasar el significante: versos como “la vida psíquica del pigmento” o “plexo de ano colado” por citar algunos, son ejemplos de esta percepción alterada y, a su vez, normalizada en el poemario.
Sin duda, hay un trabajo significativo con las palabras y sus sentidos donde, creemos, que Lo Ido es ese territorio que se intenta asir en este libro y, a su vez, el viaje desmapea desde la deglución nuevos espacios, lugares, recreados desde la alteración perceptiva o verbal. La lengua creativa se ha soltado sin límites de velocidad en Tragazona. Las respuestas a la pregunta ¿Quién deglute a quién? o ¿qué se deglute? ¿Qué pasa con el cuerpo cuando pasa algo adentro? solo podrán ser desentrañadas por el lector de este poemario, pero, sin duda, estamos ante un lenguaje creativo que no le importa tener freno ni expansión ni ubicación. Y ese es su mérito.

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