Victoria Combalía Dexeus: «La sensación de independencia la tuve siempre»

Victoria Combalía Dexeus

En esta entrega del ciclo de entrevistas sobre literatura escrita por mujeres, charlamos con Victoria Combalía Dexeus, historiadora, crítica de arte y curadora española con una gran experiencia en distintos ámbitos relacionados con el arte moderno y contemporáneo.  Este ciclo es posible gracias a Lexitrans Perú.

 

Por Ana Rodríguez

Crédito de la foto: La Provincia. Diario de Las Palmas

Conversamos con la historiadora y crítica de arte Victoria Combalía Dexeus sobre Ver para vivir (Tusquets Editores, 2024), libro que rememora sus años de formación, sus estancias en metrópolis como París y Nueva York y los cambios sociales que acompañaron la evolución del arte contemporáneo.

 

En Ver para vivir aparece una burguesía catalana marcada por las apariencias, silencios y secretos a voces. ¿Cuándo empezaste a mirar el mundo con distancia crítica?
A los 16 años. Cuando entré en la universidad, incluso en el preuniversitario. Pasada mi adolescencia, enseguida vi el mundo con mirada crítica. Mis padres, siendo muy buenas personas, eran muy conservadores en la educación. Mi padre era bastante autoritario como todos los hombres españoles de aquella época (era un señor nacido en 1914). Tenías que llegar a casa a las 9 de la noche, tenías que comportarte bien y todo lo sexual era tabú. El destino natural para las mujeres era casarse. En el caso de mis padres, como eran burgueses, casarme con un buen partido y alguien que les gustara a ellos (cosa que no cumplí en absoluto). Opinaban de todo. Ellos eran muy conservadores y yo era una persona de izquierdas.

La sensación de independencia la tuve siempre. Tengo una hermana mayor que fue rebelde, no en la política, pero sí de comportamiento rebelde. Mis padres la reprimieron mucho. Aprendí del asunto y pensé: «Como me gusta estudiar, voy a hacer de niña buena y voy a estudiar y sacar buenas notas». Evidentemente, me gustaba y pensé: «Mi libertad me la hago de puertas afuera». Y la culminación de estas ansias de libertad fue el irme de mi casa a los 20 años. Te podían enviar a la policía porque la mayoría de edad era a los 21. Por suerte no me enviaron, pero yo me fui a vivir con mi pareja.

 

Esta curiosidad intelectual te ha acompañado toda la vida.
Cuando me preguntan qué es lo que te gusta hacer, yo siempre digo «leer». Realmente si algún día no pudiera leer, sería una catástrofe para mí porque me paso el día leyendo cosas de arte, ensayos o novelas por la noche (siempre me dejo tres cuartos o una hora y media para leer). No me voy a dormir hasta que no leo un buen rato. Tengo mucha curiosidad, es un poco la lección de la familia materna. Los Dexeus tenemos médicos famosos (mi abuelo y mis tíos fueron buenos ginecólogos) y había interés por la política, por el mundo exterior, por lo que pasaba en la actualidad.

 

Los médicos en tu familia marcan una pauta en la ética del trabajo.
Por los dos lados: tanto Combalía como Dexeus. Mi padre era agente de aduanas y tenía una empresa muy floreciente: Comercial Combalía Sagrera. A pesar de formar parte del equipo directivo, salía a las 8:30 de la mañana y llegaba a las 8 de la noche. Venía una hora para comer, hora y media máximo. Era un gran trabajador. El trabajo bien hecho se nos inculcaba por ambos lados: padre y madre.

 

¿Tu educación visual empezó con el cine, cuando ibas al Cinerama con tu abuela?
No se me había planteado. A mí me encanta el cine, soy una gran cinéfila. A veces veo una película cada día. Ahora que hay plataformas, se va al cine desde casa. Pero creo que no: la educación visual me vino por dos grandes profesores que tuve. José Milicua, uno de los historiadores de arte mejores de España, profesor y amigo de toda la vida, era una persona que sabía mirar la obra de arte y te la explicaba con una riqueza de explicaciones, de contenido, en su contexto político y social. Formalmente, te hacía un análisis perfecto de la obra. Él me enseñó muchísimo. Otra parte de la curiosidad me vino por María Luisa Borràs, una gran crítica de arte que siempre estaba en contacto con el arte contemporáneo internacional. Ella había conocido a muchos artistas americanos, de los sesenta y setenta, y nos contaba unas cosas que no están en los libros. Sobre todo, nos hablaba de lo más nuevo, por eso hice mi tesina sobre el arte conceptual. La poética de lo neutro causó sensación porque en España se sabía poco del arte conceptual. Este libro se llegó a reeditar al cabo de 20 años o algo así.

 

En las memorias hablas de un viaje, mientras hacías el Servicio Social, en el que adquieres una conciencia muy clara de la miseria y la desigualdad. Leo: «Este verano he pasado un mes y medio en un pueblo perdido de la Vieja Castilla. Me ha entusiasmado su sobriedad, su infinitud, sus colores […] bajo el punto de vista artístico da mucho ambiente, pero humanamente hablando es denigrante. Me refiero a la inmensa miseria de los habitantes de aquellas tierras».
Para mí fue muy importante porque las chicas teníamos que hacer el Servicio Social, que era la contrapartida del Servicio Militar para los chicos. Como era bastante aventurera, pedí el sitio más lejos que existiera en España (nada de hacerlo en Cataluña) y se podía hacer en Castilla. Lo hice en un sitio precioso que es Peñaranda de Duero, estábamos en un palacio renacentista. El Servicio Social no servía para nada (estábamos bajo Franco): te hablaban del espíritu nacional, marchabas por los campos de Castilla, pero vi que aquello era precioso y con otra amiga nos íbamos los finales de semana (que eran libres) a los pueblos de al lado. A dos kilómetros vi a una niña en una casa pobrísima que había sido criada por una cabra. Su madre se fue a servir casas burguesas en Madrid y la niña la leche la sacaba de la cabra. Una miseria total. Algunos de los niños tenían raquitismo porque comían poco y las condiciones de vida eran pobrísimas. Estamos hablando de los años sesenta y llegó el cambio en los setenta muy lentamente. El Servicio Social lo hice en 1969.

 

También hay otros descubrimientos: está la mirada hacia afuera. De tu estancia en Nueva York anotaste: «Si no me hubiera encontrado tan sola, tan desplazada respecto a aquella civilización, me hubiera instalado en Nueva York, donde aprendí de golpe en dos años lo que en España se aprende en veinte, si es que lo aprendes».
Esto es verdad. A pesar de que yo digo que los norteamericanos son marcianos, me parece que algunos no tienen alma. Son muy raros, muy diferentes a los europeos. Los latinoamericanos son muy distintos, tienen mucha alma precisamente. En lo profesional, yo estaba en el mejor sitio del mundo para la historia del arte, en una biblioteca que debe ser la mejor del mundo (junto con otra en Londres), con unos profesores buenísimos. Entre lo que aprendí allá con Meyer Schapiro y otros excelentes profesores y con lo que me decía José Milicua (desde España), aprendí muy bien a hacer una tesis doctoral. Fue sobre Gustave Courbet, en qué se basaba su modernidad, un tema original para la época. Nueva York para mí fue un choque cultural muy extremo. No me hice amigos americanos importantes. Hice dos grandes amigas (francesa e italiana), que siguen siendo amigas mías.

 

¿Por qué este aprendizaje que mencionas te hubiera tardado 20 años en España o quizás no hubiera llegado nunca?
Con ellos aprendí el rigor en el trabajo. En España (y ahora todavía sucede), si te rodeabas de las personas que tocaba, accedías a cargos en las universidades, publicabas libros por tener enchufe, por recomendaciones espurias. En España llevar ciertos apellidos ha tenido mucha influencia para gente que ha hecho una carrera más rápida. Todo esto en Estados Unidos ni se plantea: tú tienes que ganarte tu mérito por tu esfuerzo. Y otra cosa de Estados Unidos que enseguida se aprende: no vales por tu familia ni por tu entorno; vales o por tu dinero o por tu trabajo (o tu carrera profesional). En EE. UU. tenían unas bibliotecas públicas buenísimas y unos profesores buenísimos. Ahora, con Trump, con esta especie de dictadura, lamentablemente se están yendo todos.

 

No puedo dejar de preguntarte por la década del 80, que tiene un brillo especial. Te cito: «La década de los ochenta fue, pues, la del boom comercial en el mundo del arte y en España este venía acompañado por un decidido apoyo -por parte del Partido Socialista, entonces en el poder- al arte contemporáneo».
De todas maneras, soy crítica respecto a esta época. Por un lado, era un estallido de galerías, de artistas. Por otro lado, había obsolescencia. Como decía una amiga que trabajaba en una galería de Barcelona: «Por la mañana se vendía una pintura y resultaba que por la tarde en la galería de enfrente se vendía por dos mil euros más». Me lo invento porque no existían euros. Había una gran inflación de obras y el mercado era muy histérico. Esto, a mi modo de ver, era negativo. Luego hubo una crisis por los precios hiperinflados. Evidentemente, los buenos artistas han quedado y luego hubo muchos que desaparecieron por su propio pie porque el mundo cambió. Lo que estaba bien en los 80 era que había muchísima actividad en el mundo artístico. Y el Partido Socialista hizo mucho por difundir el arte español en el extranjero y esto es algo que hoy no se hace. Hay que tener voluntad política para hacerlo. Poco a poco, y también en los 90, se fueron creando los museos de arte contemporáneo que hoy disfrutamos.

 

¿Consideras que este es el inicio de la democratización de las instituciones del arte en España?
Democratización es mucho decir. Si pensamos en la clase obrera, la gente que está trabajando todo el día y está cansada cuando llega a final de mes, va poco a los museos. Ahora van más que en los 50 o 60, sí. Lo que hubo es que se amplió el terreno del público del arte contemporáneo y sobre todo se logró con los museos. Unos han sido un éxito como el IVAM (Valencia), el MACBA (Barcelona), pero otros se han quedado como un reducto para especialistas.

Si no hay una cultura de base en el colegio hacia el arte y además hacia el arte contemporáneo, es muy difícil que entren en un museo porque dirán que no entienden nada. Hay que hacer una labor doble: enseñanza primaria y secundaria y luego hacer estos museos asequibles al público.

 

Anotas al final de las memorias que lo verdaderamente radical tarda generaciones en ser comprendido. ¿Es más difícil hoy vislumbrar tendencias en el arte?
En el siglo XX hubo dos o tres generaciones desde 1890 (o 1900) hasta 1945 que se inventaron o sentaron las bases de las vanguardias, de lo cual se vive incluso hasta hoy. Malévich, Duchamp, Matisse, Picasso, Miró. Estos grandísimos artistas inventaron vocabularios nuevos. En escultura Julio González, Brancusi. En la segunda parte del siglo XX se fue explorando con el abstract painting, pop art, la performance de los 60 y 70, que es como una relectura, es posmodernidad.

Ahora vivimos de esta posmodernidad y, como todo va tan rápido, hay mucha banalidad y superficialidad. Hay mucho artista que ha cogido una simple idea y la desarrolla ad infinitum, cuando en realidad los grandes artistas tuvieron muchísimas ideas y las exploraban de forma mucho más profunda. Otro fenómeno actual: como estamos en el capitalismo salvaje, resulta que los productos se consumen muy rápido. Hay artistas que duran unas temporadas y suelen ser los que están en las mejores galerías de mundo (que son unas ocho). Están al servicio del capitalismo mundial y de las grandes fortunas multinacionales.

 

En tu carrera has sido muy crítica. ¿Qué opinas del arte inmersivo?
Yo estoy muy en contra de lo inmersivo. Por ejemplo, hacer con Vincent van Gogh una exposición inmersiva es no entenderlo. Tienes casi que tocar las pinceladas, que son pastosas y el pincel va rápido, de una manera determinada. Si solo tomas la imagen y haces una instalación inmersiva de muchísimos metros cuadrados, es un espectáculo, pero no es comprenderlo.

 

Hay un espíritu joven que atraviesa tus memorias. Hubo una época en que te vestías de negro, aunque no eras una existencialista precisamente…
Hubo una película llamada Las margaritas (de Věra Chytilová) y los compañeros de clase nos trataban como a Las margaritas porque Ana Díaz-Plaja y yo (que éramos amigas íntimas) nos vestíamos de existencialistas, pero luego nos reíamos mucho. Ana tenía un gran sentido del humor, yo también. Éramos muy críticas a los 18 años. Llevábamos estas grandes pamelas de fieltro negro que estaban de moda en Londres. En Cataluña la gente es muy seria y no se veían estas cosas. Nosotras nos reíamos mucho. Éramos muy serias yendo a clase, teníamos muy buenas notas y un gran sentido del humor.

 

Si tuviera que hacer una lista de películas feministas, la incluiría porque Las margaritas es la alegría de vivir. Y quizás esa es una de las libertades más maravillosas. Ver para vivir es, a la vez, una invitación a ver arte y a ser libre.
Toda mi vida ha sido una lucha por ser libre. Cuesta mucho ser libre y pagas un cierto precio: a veces el de la soledad, a veces el no tener familia. Yo no he escogido no tener hijos, han sido las circunstancias. Al final de tu vida, tienes otras dificultades cuando has sido una mujer muy libre. Pero siempre volvería a repetir lo mismo. Soy feminista, de ningún grupo especial, pero naturalmente feminista. Yo animo a todas las chicas jóvenes a que tengan su lucha por ser libres. A veces en las noticias ves que hay hombres abusadores y ellas bajan la cabeza o se enteran muy tarde. Hay que dar una educación de libertad, especialmente a las mujeres.

Nota: la versión impresa y digital de Ver para vivir, se puede adquirir a través de https://www.planetadelibros.com/libro-ver-para-vivir/396249.

 

 

SOBRE LA AUTORA

Victoria Combalía Dexeus (Barcelona, 1952) es historiadora del arte, crítica y comisaria de exposiciones. Colaboró en El País y desde 1974 hasta 2013 fue profesora de Arte Contemporáneo en la Universidad de Barcelona. Es experta en Joan Miró, Antoni Tàpies y Dora Maar.

 

LOS CINCO LIBROS FAVORITOS DE VICTORIA COMBALÍA DEXEUS

  • La educación sentimental, de Gustave Flaubert.
  • La campana de cristal, de Sylvia Plath.
  • The Russian Experiment in Art, de Camilla Gray.
  • El carrer de les Camèlies, de Mercè Rodoreda.
  • Solitud, de Víctor Català.

 

 



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