Marisol La Hoz: «Leer y escribir siempre ha sido una actividad orgánica»

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En esta entrega del ciclo de entrevistas sobre literatura escrita por mujeres, charlamos con la traductora y correctora de estilo Marisol La Hoz, quien nos habla sobre su libro de relatos La estandapera (Buen Puerto, 2025). Este ciclo es posible gracias a Lexitrans Perú.

 

Por Ana Rodríguez
Crédito de la foto: Archivo personal de la autora.

Marisol La Hoz trabaja desde hace más de dos décadas con las palabras. Hace unos meses escribió un conjunto de relatos breves, llenos de imágenes, que honran la memoria de su hermana Rocío. La estandapera (Buen Puerto, 2025) es una pieza de tiempo que conecta con la alegría de vivir.

 

Eres correctora de estilo. ¿Cómo se te ocurrió esta aventura de publicar?
Yo soy una lectora desde niña. En casa había libros. Mi hermana Pilar era una lectora y, por imitación, comencé a leer. Éramos aficionadísimas a los cómics. Leíamos las revistas argentinas Billiken y Anteojito. Después empezaron los libros: Platero y yo, Mi planta de naranja-lima, De la Tierra a la Luna y otros. En el colegio, a partir de tercero de primaria, nos hacían escribir lo que antes se llamaban composiciones. Y mis composiciones siempre iban al periódico mural porque a mis profesores, a las monjitas, les gustaba lo que escribía. Sabe Dios sobre qué: Los Picapiedra, mis vacaciones.

Leer y escribir siempre ha sido una actividad normal, cotidiana, orgánica. Un día de noviembre me levanté y escribí un par de ideas sobre Rocío. Al día siguiente, no sé si entré en un trance, pero escribí del primer al último relato sin corregir, sin dejar descansar el texto. Puse punto final y se lo envié al editor. Se comunicó conmigo y me dijo «este libro se publica».

 

El proceso de edición fue muy rápido.
Si no hago esto de comunicarme con el editor Juan Miguel en el momento que terminé de escribirlo, probablemente no lo hubiera hecho. Si lo dejaba un tiempo, no lo hubiera hecho porque soy muy vergonzosa.

Hay una influencia de todo: un ejercicio de leer y escribir. Para escribir hay que desechar mucho. Casi todo lo que escribo no me gusta, lo desecho. El ejercicio de escribir desde tan chica es un factor. Lo otro es el trabajo: con los años he adquirido una seguridad a la hora de traducir, corregir y de pelear con argumentos. Lo mío son las lenguas y sobre todo la mía es maravillosa. Dentro de los textos soy la mujer más feliz. Tenga lo que tenga que hacer: traducir, escribir, corregir.

 

Estandapera es una palabra muy curiosa.
Yo quería que tuviera en el nombre la palabra stand-up. Hice varias pruebas y preferí castellanizar la palabra. Todo salió de pronto, como un destape. Aunque la intención no fue catártica, me ha servido de catarsis porque después de haber escrito mi libro, he empezado a hablar de mi hermana sin llorar.

 

Fue como pasar a otra etapa con respecto al duelo…
El duelo no desaparece nunca. He renegado de haber sido (y sigo siendo) tan emocionalmente pegada a mi familia porque he sufrido mucho con las pérdidas. El duelo no se acaba nunca, sino que esa pena se va acomodando en tu vida. Vives con ella y la vida te va dando cosas nuevas. Puedes dejar de llorar, pero no dejas de duelar.

 

¿Qué papel tiene lo no vivido?
En este caso particular, lo no vivido es no haber estado con mi hermana en los últimos tiempos de su vida. Es un entrecomillas porque te conectas en tiempo y forma, gracias a Internet, desde cualquier parte del mundo. Lo no vivido en este caso es como un pesar porque siempre te queda la pregunta dando vueltas: ¿qué hubiera pasado si hubiera estado ahí?

 

Hay en el libro una radiografía de la familia limeña. Aquel modo de vivir que ya no existe más.
No romantizo el tema de mi familia. Al ser la sexta hija todo para mí ha sido ganancia en cuanto a la convivencia familiar. De mi hermana Pilar y yo (que somos la quinta y la sexta), mis padres no se ocupaban casi. Tuvieron seis hijos y fueron abuelos a los 40 años. Se hicieron cargo de sus dos primeros nietos, entonces mi casa estaba llena de gente. Los hijos, los amigos de los hijos, la abuela, los nietos. Era una casa de puertas abiertas. También ayudó el barrio de Córpac, que era maravilloso. Las familias se conocían, los hijos tenían sus grupos de acuerdo a la edad. Estábamos en la calle o en la casa de los vecinos. Yo he tenido una historia familiar muy amable, muy amorosa, muy graciosa.

 

Esas vivencias te van a acompañar toda la vida. De adulto, en los momentos complicados, los recuerdos bonitos son un soporte. Uno puede volver ahí en el momento que quiera. Me gusta mucho la frase «amiga de bolsillo».
Chelita es una hermana para mí. Chelita es de Iquitos. Sus padres decidieron que ella iba a estudiar el colegio y lo que viniera después en Lima. En el nido conoció a Rocío. Chelita es una mujer pequeña de tamaño. Rocío, con sus ocurrencias, le puso la «amiga de bolsillo». A veces le decíamos la «pocket friend». Han sido amigas eternamente y Chelita sigue siendo parte de mi familia. Ahora que he estado en Lima, he estado con ella. Es una hermana más. Adoro a sus hijos. Chelita andaba mucho en mi casa. Es muy divertida. Una característica que rodea a mi familia y los amigos de mi familia es la gracia, la risa. Cuando vemos las fotos nos da ataque de risa por las anécdotas tan graciosas. Incluso un papá como el mío, que era tan serio, en el fondo era graciosísimo, decía cada cosa… Mis hermanos también son bien payasos. Y Rocío es la más payasa del condado.

 

Cuando tu papá se convierte en abuelo salió su lado más gracioso y cariñoso.
Mi papá con Belén, la hija de Rocío, volcó todo su amor. No es que a nosotros no nos hubiera querido, pero con Belén volcó su amor físicamente, con palabras. Este señor tan serio y tan seco abrazaba, daba de besos a su nieta y le decía cosas lindas. Y Belén es la nieta número 8. No me vayan a malinterpretar: mi papá era un abuelo pendiente con todos sus nietos, pero labró una relación de padre-hija con ella.

 

Pasando de la familia a la sociedad, ¿cómo hemos cambiado?
La sociedad ha cambiado principalmente porque las madres trabajan. Entonces la dinámica familiar es diferente. Mi mamá era un ama de casa que también hacía cosas por encargo (por ejemplo, postres). Era una mujer superocupada con sus hijos, sus nietos (que nacieron cuando mi mamá tenía 40 años). Estaba mi abuela, el esposo. Había mucha gente alrededor de la que mi mamá se ocupaba. Estaba en casa, pero siempre estaba ocupada. Eso ha cambiado: se organiza de otra manera la dinámica. La mamá sale de casa a trabajar.

 

En el libro también destaca la independencia de Rocío. Como hermana menor, ¿cómo viste esa independencia?
Fascinada. Soy una chica de los ochenta. La adolescencia la he vivido en los ochenta. Mis papás nos alentaron siempre a trabajar, a hacer las cosas por nuestros propios medios. Rocío tenía un ansia de independencia porque mi papá fue un poco duro con ella con respecto a los enamorados y esas cosas. Esto incentivó a que ella, que hubiera podido ir a la universidad (le hubiera gustado ser psicóloga), estudiara secretariado e inglés y se pusiera a trabajar. Yo la veía fascinada: mi hermana tan linda se compraba ropa, se maquillaba, salía con sus compañeros del trabajo. A los 18 años tuvo su primer trabajo. Yo vi toda su evolución. Tan trabajadora, ¡con tanta alegría que se iba a trabajar! Recuerdo cuando se compró su primer carrito, un Volkswagen. Y después su jefe le propuso salir a entrenamiento para que no se quede como secretaria. Recuerdo su miedo. Nosotros la empujamos porque tenía todas las capacidades. En el banco hizo una tremenda carrera. Cuando la hicieron gerente territorial, la enviaban a la Escuela de Negocios del Escorial y tenía que viajar una vez al mes con un problema financiero resuelto.

 

La migraña, los problemas con el estómago, la serotonina, ¿cómo se integraron a los relatos?
A mi hermana no la trataron integralmente. Estaba el gastroenterólogo por su problema del estómago, la terapia del dolor por el asunto de sus costillas, los neurólogos más prestigiosos la vieron por el tema de sus migrañas. Nadie pudo dar con un tratamiento adecuado para ella, que integrara primero las dos dolencias: el estómago (sufrió toda la vida, desde muy jovencita, por el tema del megacolon, el estómago volteado que se había incrustado en el diafragma) y las migrañas. No relacionaron nunca el asunto del estómago y la migraña. Y mi hermana les decía: «Yo sufro de migraña porque voy al baño una vez a la semana y una vez que voy al baño, se me desata la migraña». Generalmente era la «maldita» y había que llevarla a Emergencias. Con la rotura de las costillas, vino el dolor crónico. Y ya tenía tres dolencias. Todo eso hacía que ni el intestino ni el cerebro produjeran serotonina. ¡Ningún médico lo vio! La veían de forma fragmentada. Y ella cada vez más triste, más angustiada. Hubo un cuarto médico: la psiquiatra, que le daba pastillas para la depresión, pero no le hacían efecto. Si no hay un tratamiento integral, sin no hay interacción en los médicos que lo tratan a uno, los problemas no se solucionan. Lo de ella no se solucionó y ahí me quedo. No voy a hablar del desenlace.

 

Nota: La estandapera se encuentra en Librería PUCP (CCPUCP), Sur, El Virrey, Vallejo Librería-Café, Book Vivant, Communitas y Buscalibre.

 

SOBRE LA AUTORA

Marisol La Hoz Valle estudió Lingüística Hispánica en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Es traductora, correctora de estilo y profesora de español como segunda lengua. Vive en Eskilstuna (Suecia).

 

LOS CINCO LIBOS FAVORITOS DE MARISOL LA HOZ

  1. Toda la obra de Julio Ramón Ribeyro.
  2. Prosa completa, de Jorge Luis Borges.
  3. Casa tomada y La autopista al sur, de Julio Cortázar.
  4. El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez.
  5. Todos los cuentos y Todos nosotros. Poesía completa, de Raymond Carver.


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