Doble turno, cuento de Gunter Silva

fondo cuento Gunter Silva
En las sombras de un Londres pandémico, Matías, un inmigrante peruano, navega en un precario equilibrio entre dos empleos remotos clandestinos. Lo que comienza como un astuto acto de supervivencia se transforma en un torbellino de mentiras, estrés y autodestrucción.

 

Por Gunter Silva*

A Bartleby, que nunca abrió los emails.

No sé en qué momento Londres dejó de ser una ciudad y se convirtió en un pasillo. Un pasillo largo, alfombrado, con puertas iguales a ambos lados. Puertas de oficinas, puertas de pisos compartidos, puertas de buses rojos, puertas que se cierran con un “sorry” educado, pulido por la costumbre.

Cuando llegué, yo todavía creía en las vistas. Miraba el Támesis como si fuera una promesa. “Acá me va a ir bien”, me decía, apretando el abrigo barato que no calentaba nada y el acento que trataba de esconder para que no me lo cobraran. Dormía en un cuarto tan estrecho que el aire entraba con cuidado, y con ventana a un patio interior donde nunca llegaba el sol. Había una cama, un enchufe flojo, una silla que cojeaba. El techo era tan bajo que mi cabeza aprendió a inclinarse sola, como pidiendo disculpas por existir.

Busqué trabajo como se busca un vicio, sin dignidad. Lavé platos, cargué cajas, repartí volantes. Me inventé experiencia, me pulí el LinkedIn hasta que dejó de parecer un currículum y empezó a parecer un poemario. Pero incluso así, me tocaban los trabajos que nadie quería y los turnos que nadie podía. A veces pensaba que el idioma era una pared; otras, que la pared era yo.

Y entonces vino la pandemia, como un apagón mundial. Los pubs cerraron, el metro se vació, la ciudad se volvió un animal que respiraba bajito. Y yo, que siempre había corrido detrás de algo —turnos, monedas, papeles— me encontré con el silencio.

La oportunidad me llegó como llegan las cosas grandes, por un error pequeño. Una amiga de un amigo me pasó un aviso: asistente de operaciones, coordinador, “middle management”, esas palabras que en inglés suenan firmes. Era para una empresa que hacía logística de suministros, nada glamoroso. Excel, llamadas, reportes, controlar que las rutas se cumplan, apagar incendios por email. Me entrevistaron por Zoom. Me puse una camisa y debajo el pantalón del pijama. Sonreí. Dije “absolutely” más veces de las necesarias.

—¿Nombre completo? —preguntó la de Recursos Humanos.

—Matías Murunahua Pizango —dije, y vi cómo ella pestañeaba un segundo antes de asentir.

Me contrataron.

El primer sueldo cayó como lluvia sobre tierra seca. No era fortuna, pero era estable. Eso, en Londres, ya es un respirador alquilado. Con ese trabajo pagué deudas, comí mejor, empecé a caminar por mi parque sin sentir que me perseguían. Era mando medio: supervisaba a un puñado de operadores, repartía tareas, hablaba con proveedores, contestaba emails. Yo era el puente entre la gente que hacía y la gente que pedía. Un puente no se celebra, pero si se cae, todos lo notan.

Y ahí apareció la segunda puerta del pasillo.

Un reclutador me escribió como si ya me conociera. “Tu perfil encaja perfecto”, dijo. Otro puesto remoto, también de operaciones, también de coordinación. Otra empresa, otro sector. La misma clase de trabajo que yo ya podía hacer con los ojos cerrados. Me habló de un contrato temporal, de urgencia por la pandemia, de la necesidad de alguien “resolutivo”.

Al principio pensé: no se puede. No se debe. Pero la mente de uno, cuando ha pasado hambre, es un abogado brillante para el delito. Me dije: solo unas semanas. Me dije: ambos son desde casa. Me dije: no le hago daño a nadie si cumplo con las dos chambas. Y me dije algo peor: si todos allá están asustados por el virus, nadie está mirándome.

Acepté.

Los primeros días fueron como bailar con dos personas en la misma canción sin que se den cuenta. Dos laptops, dos agendas, dos bandejas de entrada que se llenaban como lavaderos. Empecé a vivir por colores: Los documentos de un trabajo se reconocían por el azul de sus etiquetas; los del otro, por el verde. Ponía el micrófono en silencio con una mano y con la otra respondía en el chat de la reunión equivocada. Aprendí a decir “revisaré eso y te lo cuento después” con una serenidad alucinante. Apagaba cámara con excusas como “problemas técnicos de video” y usaba ese hueco para mandar un reporte al otro jefe. Mi cuarto se volvió cabina de avión. Pantallas, cables, notas pegadas en la pared. Yo era piloto de dos vuelos sin torre de control.

Y funcionó. Eso fue lo más peligroso.

Esa semana tuve una idea que, en mi cabeza, sonó como madurez profesional y en la realidad fue una bomba.

Había un reporte mensual para un cliente grande. Un documento lleno de números y tablas. El tipo de documento que nadie lee hasta que algo sale mal. Mi gerente lo había marcado para el viernes.

El martes, en una call de equipo, alguien preguntó si íbamos bien.

—Vamos bien —dije yo, antes de que mi cerebro terminara de pensarlo—. De hecho, podríamos enviarlo el jueves.

Hubo un silencio corto.

—¿El jueves? —preguntó Sonia, que siempre hablaba despacio —. ¿Por qué adelantarlo?

Yo sonreí, aunque nadie me veía. Tenía la cámara apagada por “problemas técnicos”, como casi siempre.

—Para mostrar proactividad —dije—. Para dar confianza. Si lo mandamos antes, quedamos como que tenemos todo bajo control.

—Pero… —empezó Thomas Carter— el cierre de datos es el viernes por la mañana.

—Lo cierro yo —solté, rápido—. Me encargo. Ustedes sigan con lo suyo.

Esa noche, cuando el resto se desconectó, yo me quedé.

La ciudad era un silencio húmedo. Afuera, el vidrio devolvía un Londres oscuro, sin aplausos. Yo tenía las dos laptops abiertas como dos bocas pidiéndome comida.

En una pantalla estaba el Excel del primer trabajo, con sus rutas y sus columnas. En la otra, el chat del segundo trabajo explotaba con mensajes que decían “Alta prioridad”.

Mi cerebro empezó a hacer lo único que sabía: correr.

Actualicé cifras, revisé tablas, pegué números en celdas como quien tapa agujeros en un barco con los dedos. Las fórmulas se movían como fieras sueltas. Los nombres de los proveedores se mezclaban en mi cabeza. “Kent depot” se me cruzaba con “South hub”. “Archibald Pembroke” con “Sonia Patel”. Todo era coordinación, todo era incendio, todo era “absolutely”.

A las dos de la mañana, me di cuenta de que me faltaba un dato, una ruta que todavía no estaba confirmada. La ruta 14B, la del norte. Era el tipo de detalle que parecía mínimo.

Miré el reloj. Miré la bandeja de entrada. Nadie contestaba. Claro, era de madrugada.

Entonces hice lo que hace un hombre que no puede permitirse fallar: lo inventé, pero con elegancia.

No fue “inventar” en mi cabeza. Fue “estimar”. Fue “proyectar”. Fue “poner un valor provisional”.

Copié la cifra de los meses anteriores. Ajusté un poquito. Lo suficiente como para que no se note. Lo suficiente como para que el reporte cierre como un rompecabezas al que solo le faltaba una pieza.

Guardé el archivo. Lo miré como se mira una cara maquillada: desde lejos, parecía viva.

Me acosté sin dormir. Cerré los ojos y vi celdas.

El jueves a las nueve y media envié el reporte.

—Buen trabajo, Matías —me escribió mi gerente a los cinco minutos—. Esto nos deja muy bien con el cliente.

Sentí un calor en el pecho. Puro orgullo.

A las diez y cuarto sonó el mensaje que yo sabía que iba a sonar.

Sonia Patel.

—Matías, algo raro. La ruta 14B aparece duplicada en el resumen. ¿Por qué tiene dos líneas?

Me quedé quieto. El café me supo a metal. Abrí el documento. Bajé. Miré.

Y ahí estaba mi micro-catástrofe. Al copiar la cifra “provisional”, había arrastrado una fila de más. La ruta aparecía dos veces. No era una errata limpia.

En ese instante vi el futuro: el cliente preguntando, el gerente dudando, alguien diciendo “¿quién hizo esto?” y mi castillo de papel doblándose.

Pero el cuerpo ya conocía el procedimiento. Cuando la culpa se acerca, Matías corre.

—Sí, lo vi —respondí, antes de revisar nada, con una tranquilidad prestada—. Déjamelo. Lo corrijo y lo reenvío.

—¿Seguro? —preguntó ella—. Porque ya lo recibió el cliente.

—Mejor —dije—. Así demostramos control. Les mando una versión actualizada y listo.

Era una locura decir “mejor”, pero lo dije igual.

Abrí el archivo, eliminé la línea duplicada, recalculé, acomodé los totales para que no se note el salto. Cambié el nombre del documento.

Redacté el mail con una cortesía impecable.

—“Hola, equipo. Les comparto una versión actualizada del reporte, con una corrección menor de formato en el resumen. Gracias.”—

Corrección menor. Formato. Un error de lenguaje para esconder un error real.

Lo envié.

A los veinte minutos mi gerente me llamó.

—Matías, excelente desempeño —me dijo—. Me avisó el cliente que agradece la rapidez. Esto es lo que necesitamos, alguien que detecte y resuelva.

Yo miré mi pantalla. Miré el cursor parpadeando como un electrocardiograma.

—Gracias —dije.

Colgué.

Me quedé un rato con las manos sobre el teclado, como si estuviera rezando. Y pensé, con una lucidez que me dio miedo: Todo había estado planificado desde la madrugada. Y si apagué el error tan rápido, fue porque yo mismo lo había prendido.

Después abrí la otra laptop, había veintisiete mensajes sin leer.

Poco después, me ascendieron en el primero. “Eres confiable”, me dijeron. En el segundo, me extendieron el contrato. “Nos salvaste, Matías”, añadieron. A cada “well done, Matías” me venía cierta felicidad. Tenía hambre de seguridad. Hambre de no volver a ser el tipo que reparte volantes por la Piccadilly Circus o Trafalgar Square con las manos frías.

Con el dinero extra, dejé el cuartucho. Alquilé un estudio de verdad. Mi propia puerta, mi propio baño, una cocina diminuta donde podía hervir agua sin pedir permiso. Tenía ventana a la calle. El coro de gansos en el cielo era música, prueba de que yo vivía “afuera”, de algún modo. Compré un sofá que no necesitaba, una tele grande con pantalla plana que casi no miraba, una cafetera que hacía ruido de triunfo. Cambié de abrigo, un Hugo Boss de lana y cashmere que sí abrigaba de verdad. Compré zapatillas buenas. Mandé remesas a mi familia en Pichanaki y en San Martín de Pangoa. Llamaba a mi mamá y le decía que estaba “estable”. Esa palabra le aflojó el rostro por primera vez en años.

Pero la estabilidad era un castillo de papel.

La jornada empezó a comerse las horas del día. Al principio yo ponía alarmas, hacía listas, me organizaba como un general. Después empecé a saltarme el almuerzo. Luego dejé de cocinar. Empecé a vivir de delivery, de café, de galletas. El cuerpo se acostumbra a lo que le das, aunque sea veneno. Dormía con el portátil abierto. Soñaba con notificaciones. En algún momento empecé a tragar pastillas sin pensar demasiado. Una para dormir, otra para despertar. Llegaban por correo, en una bolsita con mi apellido mal escrito. A veces, en el silencio de la noche, me vibraba el bolsillo aunque el teléfono estuviera en la mesa. Era el fantasma del trabajo.

Me volví experto en mentir sin mentir. Nunca decía “estoy en otra reunión”; decía “estoy en una llamada con un cliente”. Nunca decía “no puedo”; decía “en este momento tengo un conflicto de agenda”. Y la culpa la guardaba donde se guarda todo en Londres, detrás de la cortesía.

El tiempo pasó, y lo que era temporal se volvió rutina. La pandemia siguió, el mundo se acostumbró a la tragedia como uno se acostumbra a un dolor de muela: al principio te desespera, después solo te cambia el carácter. Yo me acostumbré a vivir a salto de mata. A veces, cuando me llamaban por mi nombre, tardaba un segundo en reaccionar, como si hubiera dejado mi identidad en otra pestaña del navegador.

Todo iba relativamente bien, hasta que empezaron a hablar del regreso.

Primero eran rumores: “quizá en otoño”, “quizá el próximo trimestre”. Luego llegaron los correos oficiales: “retorno gradual a la oficina”, “presencialidad mínima”, “un día a la semana”. Un día. Qué palabra tan pequeña para ser un cuchillo, pensaba.

En el primer trabajo me asignaron el jueves. “Para que coordinemos mejor con el almacén”, dijeron. En el segundo, el jueves también. “Para alinearnos con el equipo central”, dijeron. Yo miré el calendario como quien mira una sentencia de muerte. Intenté negociar. Que el jueves no. Que el martes. Que tengo una situación. Me respondieron con esa amabilidad británica: “Lo entendemos, pero es política de la empresa”.

Durante semanas ensayé soluciones absurdas. Pensé en ir a una oficina por la mañana y a la otra por la tarde. Pensé en inventar una enfermedad. Pensé en pedir vacaciones en una y presentarme en la otra. Pensé en todo menos en lo obvio, porque lo obvio dolía demasiado, había construido mi vida sobre una trampa.

El jueves llegó con un cielo típico de Londres, con ese gris que le bajaría el ánimo hasta a Mary Poppins. Me puse una camisa limpia, por encima de un cuerpo que no se había recuperado de nada. Metí una laptop en la mochila. Después la otra. Dos cargadores, dos identificaciones. Me vi en el espejo del pasillo, parecía un profesional. Si alguien miraba rápido, no vería el temblor en los dedos de mis manos.

Salí. El aire frío me golpeó como una acusación. En el metro, la gente volvía a existir: trajes, auriculares, miradas cansadas. Yo era uno más, y al mismo tiempo era un fraude ambulante. Sentía que todos podían olerlo.

Llegué a la primera oficina. Pasé por recepción. Sonreí. Dije mi nombre. Me dieron una tarjeta temporal en recepción del edificio. Subí al piso, saludé a mi equipo como si hubiera estado ahí siempre. Me senté frente a un escritorio compartido. Alguien dijo: “Nice to finally meet you in person”. Yo reí. Fue una risa correcta, automática. Por dentro, era hielo.

A las diez en punto me vibró el móvil, una llamada del segundo trabajo. La pantalla mostraba el nombre de mi jefe. Lo miré como se mira un animal peligroso detrás de un vidrio fino. Me levanté y fui al baño.

En el baño, el eco era brutal. Contesté en susurro. “Hola, Archibald. Disculpa”. Él habló de una reunión, de una urgencia, de algo que necesitaba ya. Yo dije que sí, que por supuesto, que lo veía en una hora. Colgué y me quedé mirando mis manos. Esta vez, temblaban como si no fueran mías.

Volví al escritorio. Abrí el portátil. Tenía que enviar un informe del segundo trabajo. Pero el Wi-Fi de esa oficina bloqueaba ciertas páginas. Mi pecho se cerró. La pantalla se me nubló. Intenté respirar. Me entró una risa corta, absurda. Nadie la escuchó, por suerte.

A las once me llamaron a una sala de reuniones. “Queremos hacer un catch-up contigo”, dijo mi gerente. Me senté. Él abrió su laptop, buscó algo, carraspeó. “Hemos recibido una información”, dijo. “No es fácil de decir”.

Yo supe. No por la frase, sino por el tono: esa mezcla de firmeza y disculpa, como si hubiera cometido un delito por existir.

Me preguntaron si estaba empleado en otro lugar. Si tenía otro contrato. Si había declarado intereses. Si había informado. Las palabras caían como gotas frías. Técnicamente, era imposible trabajar a tiempo completo en dos compañías a la vez. Yo podría haber mentido. Podría haber hecho teatro. Pero estaba cansado. Cansado no solo de trabajar, sino de sostener la historia de mí mismo.

Dije la verdad, o un trozo de verdad. “Durante la pandemia… fue complicado… necesitaba… pensé que podía manejarlo”. Mi gerente no levantó la voz. No hizo drama. Eso fue lo peor. Con una calma impecable, me explicó que era una falta grave. Que había quebrado la confianza. Que se iniciaba un proceso. Que me iban a suspender con efecto inmediato y que lo más probable era el despido.

Salí con una caja en las manos, como en las películas. Solo que la caja era una vacía, de la pizza que había ordenado al delivery a media mañana.

Al cruzar el lobby había notado a un conocido, era un colega de mi otro trabajo, el de la barba enorme en las videollamadas. Ahora estaba afeitado. Estaba ahí, junto a una columna del edificio de enfrente. Me vio como se ve un error en una hoja de cálculo.

No dijo nada. Solo hizo un gesto leve con la mano izquierda, como quien confirma una sospecha, y después se llevó el celular a la oreja.

El viento pegaba fuerte. Sentí el impulso de correr a la otra oficina, como si todavía pudiera salvar algo. Fui. Llegué. Pasé recepción. Subí. Me senté. Abrí el portátil. Había cantidad de correos. “¿Dónde estás?” “Te necesitamos urgente en la reunión” “Call me ASAP.”

Mi segundo jefe me miró como se mira a alguien que llega tarde a su propio funeral. Me llevó aparte. Me dijo que también lo sabían. Que habían hablado. Que esas cosas, en el mundo pequeño de las empresas, viajan rápido cuando huelen a riesgo. Me preguntó por qué. No supe qué decir sin quedar peor. Me despedieron con la misma amabilidad glacial.

Dos despidos en un día. Dos versiones de mí cayéndose a la vez.

Volví a mi estudio. Me senté en el sofá. La tele apagada me devolvió mi cara. La cafetera se quedó muda. Las cosas que compré para parecer estable me miraban como testigos. Tenía dinero ahorrado, sí. Tenía un portátil mejor. Tenía ropa mejor. Pero no tenía… ¿qué? No tenía descanso.

Esa noche intenté dormir y mi cuerpo no entendió la orden. En el silencio, escuché el sonido que no estaba: la notificación. El “ping”. El Teams. El Outlook. Mi corazón se disparó solo, como si todavía me llamaran. Me levanté y revisé el teléfono. Nada. Me volví a acostar. Cerré los ojos y vi calendarios. Vi colores. Vi reuniones que se devoraban unas a otras como ratas hambrientas.

En los días siguientes caminé sin rumbo por la ciudad. Pasé por un Café Nero, por un Tesco, por una parada de bus. Todo seguía igual. Londres no se detiene por nadie, me dije.

Me senté en un banco y pensé en mi cuarto de antes, en esa caja de zapatos miserable. Y entendí lo más humillante: yo no había salido de ahí. Solo había cambiado el decorado. Antes no tenía nada y dolía. Ahora tenía cosas, y dolía igual. Porque lo que me faltaba no era plata. Era freno, contemplación.

Esa tarde regresé, cerré las cortinas y vine acá, doctor.

—¿Y cuándo intentó suicidarse? —preguntó el psiquiatra.

—Cuando el calendario quedó en blanco y no supe estar quieto.

 

 

*GUNTER SILVA ES LICENCIADO EN ARTES Y HUMANIDADES, CON UNA MAESTRÍA EN LITERATURA Y CREATIVIDAD LITERARIA DE LA UNIVERSIDAD DE WESTMINSTER. SU PRODUCCIÓN LITERARIA INCLUYE EL LIBRO DE RELATOS CRÓNICAS DE LONDRES (LIMA, 2012), LA NOVELA PASOS PESADOS (LIMA, 2016), EL BAILE DE LOS VENCIDOS (BUENOS AIRES, 2022) Y NEUTRINO, CUADERNO DE NAVEGACIÓN (LIMA, 2024).


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