María Luisa del Río: «Doris Bayly tenía la valentía de querer»

María Luisa del Río

En esta entrega del ciclo de entrevistas sobre literatura escrita por mujeres, charlamos con María Luisa del Río, periodista y escritora, quien nos habla sobre Doris Bayly . Este ciclo es posible gracias a Lexitrans Perú.

 

Por Ana Rodríguez

Jaime Bayly escribió sobre su hermana Doris: «Fue una criatura extraordinaria, fue una mujer muy peculiar, fue monja de clausura y fue poeta. Fue amante del mar, corredora de olas y fue amante de las bicicletas y de las motos. Después de ser monja, se casó con un pintor, Armando, un hombre bueno y sabio. Con él tuvo dos hijos». Conversamos con la periodista y editora María Luisa del Río sobre Hierbabuena. Poesía reunida (Intermezzo Tropical, 2023), libro que apareció mucho después de los descatalogados Retrete para huérfanos (Asaltoalcielo Editores, 1997) y Chico de mi barrio (Jaime Campodónico Editor, 1998). Y sobre todo hablamos sobre su gran amiga Doris Bayly.

 

¿Cómo conociste a Doris Bayly?
Doris había salido de un convento de claustro en Huancavelica. Eran los noventa y coincidimos en un diario que ya no existe que se llamaba El Mundo. Ambas estábamos en nuestros veintes, treintas, y a mí me tocó este rol de acompañarla a descubrir este mundo que ella no había visto al retirarse por siete años a un convento de clausura. Y fue maravilloso porque me encontré con una persona con una mirada distinta a la que podíamos tener nosotros, gente joven de los noventa. Me encontré con una mirada pura, con una inocencia superbonita y, a la vez, con una valentía para enfrentarse a las cosas y para querer. Tenía la valentía de querer. Era como si todo estuviera intacto en ella. Eso me cautivó, me pareció maravilloso.

 

Años después fue editora con Huerto Tamarindo.
Ella funda Huerto Tamarindo muchos años después. Yo creo que treinta años después, cuando se retira un poco del periodismo y se va a vivir a Máncora. Y tenía las ganas de seguir editando, publicando, escribiendo. Ella emprende una serie de proyectos en los cuales yo recaí como escritora asignada (tuve el privilegio de serlo). Primero hicimos un libro que se llamaba Mujeres del Perú (en el 2019). Fue un libro de entrevistas a mujeres que escogimos ella y yo. Luego, en el 2022, hicimos Máncora Blues, que tiene un desenlace muy conmovedor porque ella muere cuando estábamos ultimando detalles con la imprenta. Entonces Máncora Blues tiene en sus primeras páginas un texto que es un homenaje a ella (que no estaba previsto). Es un libro que cuenta la historia de los pioneros que llegaron a Máncora en los setenta y ochenta, muchos de los cuales ya no viven. Fue una manera suya de agradecer por lo que había vivido ahí.

 

Máncora Blues empieza con una pregunta: «¿Será que esta vida llena de satisfacción y paz se cobra con la fugacidad?».
La pregunta ya estaba y fue un poco premonitoria. No me esperé que Doris integrara estas partidas de gente que había muerto joven (en sus cuarentas, cincuentas, sesentas), después de vivir una vida hermosa. En Máncora todo lo que ves es lindo. En nuestras ciudades podemos pasar un día entero sin ver nada bonito. Donde ella vivía, todo lo que veías era bonito.

 

¿Cómo dialoga Máncora Blues con Hierbabuena?
Todo lo que Doris hacía, dialogaba con su poesía. Hay un abismo entre un libro escrito por mí, de perfiles y crónicas como es Máncora Blues, y un libro de poesía reunida como es Hierbabuena. Para mí, Doris es de las mejores poetas peruanas. Para mí está al nivel de Blanca Varela. Me parece alucinante su poesía. Hierbabuena es un esfuerzo del esposo de Doris y de Victoria Guerrero Peirano por recoger la poesía que ella había publicado tan discretamente e incluir cosas que ella ya se estaba animando a publicar.

Hierbabuena tiene un nivel de profundidad y belleza que no me atrevería a comparar con un libro simpático y sencillo que puede tener un poquitín de carga poética como Máncora Blues. Ella hubiera hecho algo muy distinto, probablemente mucho más bonito. Después de haber escrito perfiles, crónicas, entrevistas, prosa y mil cosas más, Doris solo escribió poesía.

 

Por un lado, está esa forma discreta de ser de Doris y por otro, el trabajo de archivo.
Lo que se quiso fue reunir su poesía porque sus dos poemarios anteriores (Retrete para huérfanos y Chico de mi barrio) están descontinuados, no los encuentras en librerías. Se ve su evolución también: de una poesía siempre contestataria a una más sutil con el lenguaje. Recuerdo que la poesía de Doris de los noventa era como un breakdance, desafiante, como una danza de tijeras. Era confrontacional. Con el tiempo esa vena la imprime de una manera más sutil.

 

En el poemario hay secciones que recopilan los poemarios publicados, los Cuadernos Naranja y Negro y otros textos inéditos.
En los noventa estaba descubriendo el amor después de haber estado literalmente guardada. Cuando escribe sus últimos poemas, ya ha formado una familia, ya está mayor, no está arrastrada por ningún tipo de pasiones amorosas y tiene una mirada más de empatía con el dolor ajeno. Y también está la comunión con la naturaleza que la tuvo siempre.

 

La búsqueda vital de Doris Bayly tiene muchísima luz.
Y más a medida que va madurando. La recuerdo con más dificultad para adaptarse y con más dolor cuando éramos jóvenes. Luego hay una actitud positiva y una mirada luminosa de la vida después de haber superado un cáncer que casi se la lleva. Doris no era seguidora del positivismo tóxico, ella tenía una mirada muy aguda y crítica de todo; sin embargo, estaba dispuesta a vivir la vida en salud y en felicidad. Era muy difícil encontrar eco en ella si tú le hablabas de un drama: ella literalmente te desahuevaba. Estaba completamente a favor de vivir la vida con alegría. Eso incluso se vio en el duelo de sus hijos cuando partió. Veías a dos adolescentes sonriendo no porque no les doliera, sino porque estoy segura que estaban entrenados a llevar cualquier duelo con dignidad y agradecer por lo que había en lugar de lamentar lo que no había: y eso era su madre. Me dio orgullo la formación que habían tenido y su entereza.

 

Esa mirada aguda que mencionas incluye la crítica a la familia ideal. Leo un fragmento de Morir en Lima: «mi padre y mi madre formaron la pareja perfecta / cuando en lima se estaba bien / sin el resto del perú / eran bellos / pero nunca vi en sus rostros después de salir del cuarto / la cara de uno en la del otro / la plenitud luminosa y sosegada / de una pareja después de haber hecho el amor».
Es un texto extraordinario que Armando, su esposo, dudó incluir en esta antología porque implica a las personas retratadas ahí. Era un texto muy visceral y absolutamente Doris. La ironía de Doris era infinita y su capacidad de burlarse de absolutamente todo, con humor, también era infinita. Considero que su hermano Jaime y ella son absolutamente distintos; sin embargo, tienen mucho más en común en ese aspecto de su escritura de lo que puede verse a simple vista. Hay bastante de humor, ironía, sarcasmo. Doris puede, con humor, darle vuelta a lo que ha dolido. No imaginemos que Doris era una persona que no ponía el dedo en la llaga y que no sabía hacer reír hasta con lo más incorrecto. Todo eso también era ella.

 

En los Cuadernos Naranja y Negro la muerte aparece como una posibilidad, pero no es algo que paraliza. ¿La escritura para ella fue una forma de resistencia?
Ella necesitaba escribir siempre. Yo creo que ella escribía para procesar sus cosas, encontrarse con ella. Doris pasaba muchas horas al día sola, leyendo, no se dejaba interrumpir. No decía que estaba escribiendo, pero claramente estaba escribiendo. Era su manera de procesar las cosas sin cargar con ello al resto porque es imposible imaginar a Doris contándole a otra persona su dolor. Estaba siempre con las puertas abiertas para recibir el dolor de los demás y nunca entregar el suyo. Esa fortaleza única la canalizaba en sus textos, en su poesía. Poesía que por años no se planteó publicar. Pero ¿cómo no la vamos a publicar?

Ella, esté donde esté, está contenta que se haya hecho esta antología. Estoy segura. Ella sabía que lo suyo era bueno, pero era muy discreta para publicarlo. En los últimos años, su discreción fue total y se mantuvo muchísimo al servicio de gente con problemas de salud, problemas familiares, a los que ayudaba con cariño, con consejos, escuchándolos y también económicamente.

 

Hacia el final, su escritura se va depurando de ornamentos. ¿Recuerdas qué influencias literarias y musicales tenía?
Era una lectora empedernida. En los últimos años la vi disfrutando de novelas japonesas. Blanca Varela para ella era sagrada (bueno, nada era sagrado para Doris). Conocí a Blanca a través de Doris. En los últimos años la vi muy curiosa por la literatura contemporánea japonesa, que además engancha con ella por su sutileza, su brevedad. Leía muchísimo más que yo y leía todos los días durante varias horas. Soy una librera y siempre digo que el libro nunca va a desaparecer. Todo lo demás ha evolucionado en sus formatos, pero el libro sigue siendo el libro. Por más que existan los libros digitales, hay algo especial en los libros impresos que me hacen confiar en que nunca nunca van a desaparecer.

En cuanto a la música, era un misterio. Podía enviarme un video de La Mente (que es como raggamuffin), le gustaba el reggae, le gustaba un poquito el rap, Calle 13. Con la música era como una adolescente y recuerdo que en los noventa íbamos a conciertos de hardcore porque teníamos amigos (como los de G3). Doris y yo éramos pogueras. No nos caían puñetes y patadas porque nos cuidaban. Recibíamos empujones y estábamos arriesgándonos. Teníamos esa vena medio punk también. Y la música clásica siempre la conmovió. Fue muy religiosa hasta el final. Su conexión con la religión católica y con la Virgen era muy especial y desprovista de culpas y penitencias.

 

Una espiritualidad fuera del dogma.
Exactamente.

 

SOBRE LA AUTORA

María Luisa del Río estudió Comunicación Audiovisual en el Instituto Peruano de Publicidad. Ha trabajado como comunicadora en proyectos de desarrollo en la selva amazónica. Es periodista, escritora y editora. Actualmente se dedica a la escritura de memorias y la edición de contenidos para empresas.

 

LOS CINCO LIBROS FAVORITOS DE MARÍA LUISA DEL RÍO

  • La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Alexiévich.
  • El niño con el pijama de rayas, de John Boyne.
  • Un verdor terrible, de Benjamín Labatut.
  • El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Tibuleac.
  • Lejos de mi hogar, de Nora Krug.
  • El infinito en un junco, de Irene Vallejo.

 



No hay comentarios

Añadir más