El escritor Gunter Silva nos presenta un ensayo personal sobre la Navidad.
Por Gunter Silva*
La Navidad, para mí, siempre empezó en una cola en Regent Street. Con una cantidad de gente con bolsas, el móvil en la otra mano, la mirada clavada en la prisa. La ciudad convertida en vitrina. Luces que ya no alumbran, sino que anuncian. Y donde se respira una ansiedad suave, como si corriéramos detrás de una felicidad con fecha de entrega.
Cada diciembre reaparece el mismo guion. La felicidad navideña, según el libreto, es una mesa completa, una familia sin aristas, un regalo caro que acierta. Se nos pide actuar una versión mejorada de nosotros mismos. Pero no siempre el corazón se deja dirigir por el calendario. Uno puede poner el árbol y sentir una soledad inquietante. Puede reír en la cena y, por debajo, reconocer la ausencia de un ser querido. La celebración, a veces, no tapa ese dolor.
Por eso el consumo funciona tan bien en estas fechas. No se compra solo objetos, se compra silencio, una dosis de dopamina, un alivio inmediato. Un paquete envuelto puede ser una manera de evitar una conversación difícil, de sustituir un abrazo, de pagar por adelantado un perdón que no sabemos pedir, de comprar una vida imaginada. Y cuando la expectativa es tan alta, cualquier mínimo tropiezo parece fracaso. El familiar que no vino, los hijos que no se entusiasman con sus regalos, el comentario inoportuno que desordena la mesa.
Aun así, el ritual puede ser una puerta, si lo dejamos. Hay un momento, a veces breve, en que baja el ruido del comercio de estas fechas. Y alguien pregunta “¿cómo estás?” y se queda a escuchar. Entonces la Navidad deja de ser solamente espectáculo y se vuelve presencia. La pregunta es qué alimenta el rito, la apariencia o el encuentro.
Y si uno busca una imagen alternativa a ese libreto, el cristianismo ofrece una que va en dirección contraria. En el Nuevo Testamento, el comienzo de la historia de Jesús no tiene nada de escaparate. Hay un viaje por culpa de un censo y una persecución, un pueblo con miedo, y un “no hay sitio” que suena demasiado actual. María da a luz, envuelve al niño y lo acuesta en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en la posada.
La primera Navidad no sucede en el centro, sino en la periferia. Y los primeros en enterarse son pastores, campesinos y gente sin prestigio.
Ese nacimiento enseña algo importante. Lo esencial llega sin adornos ni lujo. El hijo de Dios, si uno lo cree así, entra en la historia sin privilegio. Luego, Jesucristo crecido, se sienta con los que sobran, toca a los enfermos, defiende a los señalados, habla con los rechazados. Amar, para él, no es un sentimiento bonito para fechas bonitas. Es una forma de vivir.
Cuando le preguntan por lo más importante, Jesús no ofrece una emoción, sino una dirección. Amar a Dios y amar al prójimo como a uno mismo. El prójimo no queda reducido a “los míos”. El amor se extiende más allá de los círculos cómodos. Y el mandato se vuelve exigente cuando pide bendecir al enemigo y responder al mal con el bien. Amar deja de ser afinidad y se vuelve elección.
En los cuadros más famosos de la última cena, Jesús está en el centro. Es una elección artística: el centro manda la mirada y ordena a todos alrededor. Pero los Evangelios no se detienen en la ubicación exacta de los asientos. Se detienen en otra centralidad: Jesús se coloca del lado del que sirve, dicen, aunque sea el maestro.
Eso invierte la idea común de autoridad. Lo decisivo no es ocupar el lugar privilegiado, sino elegir el trabajo que sostiene a los demás. La importancia no se prueba con distancia ni con precedencia, sino con disponibilidad. Si el maestro sirve, el rango pierde su coartada moral. Y la comunidad se mide por su capacidad de hacer sitio sin humillar, de repartir sin pasar factura, de reconocer a cada uno sin pedirle mérito.
Ahí es donde la palabra “amor” cobra relevancia. Allí el amor es servicio, bondad, unión, amabilidad. En una Navidad, pocos años atrás, yo estaba enemistado con un amigo que vivía en Lima. No había sido una gran pelea, no hubo una traición novelesca. Fue más simple y, por eso, más común. Un intercambio de orgullo, una frase mal recibida, el hábito de dejar pasar los días para que el asunto se enfríe solo. Pero pasaron semanas. Luego meses. Hasta que el silencio ya no era un accidente, era una costumbre.
Esa Navidad me desperté con una urgencia que no tenía nada de decorativa. Me senté a escribir una carta larga de reconciliación. Elegí el papel con cuidado, no para embellecer el gesto, sino para obligarme a ir despacio. Escribí sin prometer perfecciones. Acto seguido pedí perdón por lo que yo sabía que había hecho mal, y también por mi comodidad, por esa forma de “dejar para después” que en el fondo es una manera de no exponerse. Recordé escenas pequeñas, una conversación en una esquina de Lothian Road, en Edimburgo, una caminata. La risa fácil de los primeros años. Terminé diciendo algo sencillo. Que lo extrañaba. Que ojalá pudiéramos empezar de nuevo.
La llevé al correo con una confianza infantil en los sistemas. Era pandemia, y las cosas tardaban, pero yo no quería mandar un mensaje rápido. Quería que el perdón tuviera cierta gravedad. Que pasara por el mundo real, por manos reales, por el tiempo. Después supe que mi carta llegó tarde. Mi amigo había muerto. No sé en qué día exacto lo contagiaron, ni qué sintió en sus últimos días. Sé lo que me contó su enamorada mucho tiempo después. Y sé lo que se me quedó adentro, una mezcla de vergüenza y claridad. Vergüenza por la demora, por haber tratado el vínculo como un asunto que podía aplazarse. Claridad, porque de golpe vi que la reconciliación no es un adorno moral, es una necesidad.
Por esos días, releí a Bertrand Russell y me golpeó una frase que no pretende consolar, pero que acompaña muy bien. Dice que, con los años, pudo disfrutar más de la vida sobre todo porque se preocupaba menos por sí mismo, y aprendió a poner la atención en cosas externas, entre ellas “individuos por los que sentía afecto”. Añade algo que en ese momento me pareció exacto. Que esos intereses externos traen posibilidades de dolor, incluso la muerte de los amigos, pero que ese tipo de dolor no arruina lo esencial de la vida como lo hace el encierro en uno mismo.
A mí no me quitó el golpe. Me cambió el orden de lo importante.
Quizás, Alfred Richard Orage diría que amar exige un trabajo consciente, que es todo un arte. Amar no como impulso descontrolado, sino como una atención que busca el bien real del otro, incluso cuando eso cuesta.
En su forma más fina, el amor intenta adivinar lo que el otro necesita antes de que lo diga, no para dominarlo, sino para ayudarlo a llegar a su mejor versión.
Si uno lo toma en serio, el amor deja de ser una emoción que llega cuando puede. Se vuelve una práctica que exige humildad y tiempo.
Esa carta que llegó tarde no “sirvió” como yo quería. No cambió el pasado. Pero me dejó una enseñanza dura. Que el amor no se mide por lo que siento cuando pongo villancicos o cuando la mesa se llena. Se mide por lo que hago cuando nadie me aplaude. Se mide por la rapidez con que bajo el orgullo, por la voluntad de servir, por la decisión de reparar. En eso, la vida de Jesús se vuelve una vara incómoda. Porque no habla de sentimientos nobles, habla de actos concretos.
Entonces, quizá la Navidad no sea la obligación de estar felices, sino la oportunidad de amar mejor, de perdonar, de hacer sitio. De seguir la enseñanza más importante que nos dejó Jesucristo, la del amor como centro de la vida. Menos como espectáculo, más como pesebre: como un espacio improvisado para que la existencia ocurra. Si la “felicidad” es una ficción, el amor puede ser un hecho. Entonces, intentemos abrir un lugar en la mesa —y en el tiempo— para quien no lo tiene. Y ahí, en lo pequeño, la fiesta se vuelve verdadera.

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