Vera Morante: «Hay bellezas que pueden horrorizarte»

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En esta entrega del ciclo de entrevistas sobre literatura escrita por mujeres, charlamos con la escritora Vera Morante, quien acaba de publicar su primer libro, el poemario Morphos. Este ciclo es posible gracias a Lexitrans Perú.

 

Por Ana Rodríguez
Crédito de foto: Archivo personal de la autora

Verónica Morante inició su trayectoria profesional como profesora de campesinos ronderos en Bambamarca (Cajamarca). De vuelta a Lima, dictó clases en secundaria, fue directora de una institución educativa y volvió a las aulas para seguir compartiendo su amor por la literatura. Cuando escribe, el ritmo del jazz la acompaña y, aunque es una persona de ciudad, ha viajado por distintas partes del Perú. Morphos es su ópera prima.

 

Al leer tu poemario, recordé a las poetas peruanas de la Generación del 50 (Cecilia Bustamante, Blanca Varela, Julia Ferrer, etc.). ¿Dialogaron con este proceso de escritura en particular?
Durante el proceso de escritura de Morphos he leído, entre otras, a Cecilia Bustamante, pero mi acercamiento a ella no ha sido consciente. A veces las lecturas te van llevando por un camino donde hay algo subterráneo, que subyace y nos va uniendo. El hecho de escribir, acercarme a la poesía, es como ser yo misma. Mi forma de ser, estar, mirar es a través de la poesía. Es una manera especial de percibir. Inhalas y exhalas en ese modo.

 

A la publicación de Morphos le antecedieron doce años de escritura en soledad y participación en laboratorios poéticos. ¿Prefieres la soledad a la escritura en comunidad?
Ambos espacios son enriquecedores. Cuando opto por participar en los laboratorios poéticos es justamente porque busco un espacio lejos de lo cotidiano (que a veces te quita tiempo). Es maravilloso poder escuchar otras voces y luego escuchar tu propia voz a la luz de quienes están creando. Y adoro mi soledad, esos espacios contemplativos que son propicios para la creación.

 

«La soledad es una buena compañera» escribes.
Así lo siento. Siento una felicidad que tal vez muchas personas no han hallado. Para mí, la soledad no es sinónimo de tristeza, de abandono. Entrar en contacto conmigo misma es algo que busco, es un universo a veces desconocido. Estos espacios de soledad, de intimidad conmigo misma, son de crecimiento y de gozo. Dan pie al acto de crear, escribir y algo que no tenemos ahora: contemplar. Me gusta sorprenderme de las simplezas, de los silencios. La soledad es una compañera solidaria que no abandona.

 

¿Tienes algún ritual de escritura?
Mi ritual no es excéntrico, es de lo más sencillo. Para mí es muy importante estar cerca de elementos de la naturaleza: la tierra, el viento, las flores, las plantas. Estar sola y observar mucho. Los espacios de contemplación no solo son quedarte quieta, sino dejar que haya conexión con el entorno y con una misma. No solo observas con la vista, sino que estás atenta a las temperaturas, movimientos, texturas. Es estar en modo alerta, pero calmo, pacífico. Es como una disposición de «aquí estoy, a ver qué viene». A veces la escritura fluye, a veces hay apuntes que posteriormente empiezan a deshilvanarse.

 

Entre los temas que abordas en tu poesía está la corporalidad (piel, huella) y la memoria (el paso del tiempo)…
En este poemario hay dos partes. La primera lleva por título «Arte poética». Sin proponérmelo, había estado escribiendo sobre la poesía y el acto creador, reflexionando sobre el lenguaje y todas las posibilidades de creación que hay a través de la poesía. Esto me lleva a la búsqueda y afirmación de una voz propia. La segunda parte del poemario se titula «Uno» y es como un viaje personal donde me cuestiono, busco, transito espacios de transformación interna e identidad.

 

La naturaleza también está presente en tus poemas.
El tema de la naturaleza es recurrente. Te revelo algo, que es mi secreto… Paso por todas las calles, sobre todo después de la pandemia, agradeciendo a los árboles. Los miro, les agradezco. Son seres que están vivos. Hay dos cosas que siempre pienso: si estás mirando un árbol no te vas a morir y si te estás mirando al espejo no te vas a morir.

 

Aunque tu poesía no sea explícitamente urbana, ¿cuál es la Lima que aparece en tus textos, como un eco o una manera de estar?
Lima es un espacio que a veces me expele, me bota, me aísla. Es una ciudad violenta. Y tal vez sea por eso que hay ese recogimiento a través del proceso de creación, ese «ir hacia dentro». Lima amada y también tortuosa. El camino por el que transitamos por Lima también son los caminos que están dentro de nosotros: caóticos, prometedores. La ciudad está en uno. Uno camina, transita, repta o vuela, pero nunca es la misma persona. Estás en constante transformación.

 

Cambiamos de itinerarios como lectores. Después del confinamiento por pandemia, la configuración de la ciudad tal como la conocíamos, se transformó. Es como si tu propio mapa se hubiera desdibujado.
Empecé a ver que la gente comenzó a congregarse en los parques porque no teníamos a dónde ir. Los parques se convirtieron en espacios naturales de encuentro y de refugio. Y hasta ahora lo veo. Me has traído una imagen que tengo en la retina. Cuando tuvimos el toque de queda a las seis de la tarde, vi a un grupo de unas veinte personas resistiéndose a que la policía los hiciera entrar a sus casas. Los vi como adoradores del Sol. Yo también estuve ahí. Éramos como los gentiles, queriendo adorar aquello que nos conecta con la naturaleza. Queríamos ver el último destello y luego meternos a la cueva, a la casa.

 

Volviendo al poemario, cuéntame tu historia con la morfo azul.
A veces el mensaje es el mensajero. He descubierto más de treinta años después a este mensajero, la morfo azul turquesa. La historia comienza cuando yo era una niña y estudié el cuarto grado de primaria en el distrito de Pebas (región de Loreto). Era un puesto militar, cerca de las etnias de los boras, witotos, ocainas. Para ir a Pebas desde Pijuayal (donde yo vivía), teníamos que viajar en peque-peque unos 20 minutos. Descubrí que cuando termina la época de lluvias, las mariposas se secan al sol. Y una puede ver una playa de mariposas. Imagina a una niña de 9 años viendo esta playa de mariposas. Era como un tapiz de mariposas multicolores. La morfo azul turquesa llamó mi atención. Pasé mi manito debajo de su vientre para tenerla. ¡Quién no quiere tener esta maravilla! ¡Era como tener el cielo en tus manos! Al querer irme, la mariposa no me soltaba. Cuando volteé mi mano, me horroricé. Fue impresionante ver sus patas alargadas, sus ojos, la lengüeta que parecía amenazante. Era otra belleza. Descubrí que hay bellezas que pueden horrorizarte. Yo quería llorar, estaba muerta de miedo, quería irme.

Pasaron alrededor de tres décadas y, mediante un ejercicio de escritura, Carmen Ollé nos puso el reto de escribir nuestra arte poética. Respondí con el juego de la mariposa. Después de muchísimo tiempo pude entender que mi creación poética se desencadenó por la morfo. Me dio el gozo de seguir sorprendiéndome, de buscar el otro lado de la belleza: como el anverso y reverso de mi mariposa.

 

César Moro y su azul surreal, Blanca Varela y los grises, Pizarnik tiene su amarillo. ¿Cómo trabajaste el tema del color?
Hay mucho color, pero también claridades y oscuridades. En esa gama amplia de colores están las posibilidades. Creo que me acerco al color porque siempre he querido dibujar. Como no tengo esa habilidad, me acerco mucho a la fotografía. Cuando quieres capturar algo, tienes que medir la escala de colores, la luz. Toda esta gama de colores que vemos se debe a cómo la luz incide en las superficies. No es algo real ese color, depende de cómo la luz cae. Esa luz podemos ser nosotros. El color de la morfo, como sucede con el colibrí, depende desde dónde la mires o como le esté cayendo la luz.

 

¿Hay algún color que te persiga como poeta?
El azul es un espacio que no es como un agujero negro, sino que es muy íntimo. Para mí el azul es también cobijo, serenidad. Creo que ese es el color que me persigue.

 

Me gustaron mucho estos versos: «Si tuviese que devolver / me quedaría sin nombre».
Es realmente un acto de agradecimiento a todo lo que me ha pasado en la vida. Creo que vivir permanentemente agradecidos es algo que nos hace felices y nos hace sencillos. Yo tengo que agradecer a todos: mis antecesores, la gente que va por la calle y ha hecho algo por mí, el aire que respiro. En ese deseo de agradecer, uno ofrece. Si tuviera que agradecer, tendría que devolver todo porque todo me ha sido dado. Quiero devolverlo todo, hasta mi nombre. Mi nombre me lo dio mi madre. Desde que tengo la vida, me ha sido dado todo.

 

¿A qué poetas quieres agradecer?
He estado muy pegada a la poesía de Gloria Portugal, de Tere Orbegoso. Ida Vitale tiene una poesía que te cuestiona, que trabaja el lenguaje desde la reflexión. Cecilia Bustamante, Melissa Ghezzi también me gustan muchísimo. Estuve leyendo a Ángel Gavidia en un tomo de toda su poesía. Es lo último que he estado leyendo.

 

¿Cómo ves tu proyecto literario en medio de este contexto donde pareciera que la literatura se mercantiliza cada vez más?
Termina siendo un proyecto muy muy personal. Tratamos de visibilizarlo porque no hay muchos espacios de difusión. Pero a veces uno se siente solito. No es esa soledad que me gusta, de la que te hablaba. Tu poesía queda en un mundo pequeño. A pesar del gran trabajo de las editoriales independientes, no sabes por dónde ir. Algunos van a recitales, a eventos, pero no todas las personas tienen el carácter o el gusto de hacerlo. La mayoría de poetas trabajamos más en solitario. Entonces nuestros libros quedan en un proyecto personal.

 

SOBRE LA AUTORA

Verónica Morante Rossel (Lima, 1969) estudió en la Escuela de Educación Superior Pedagógica Pública de Monterrico y se desempeña como docente de secundaria. Ha participado en diversos recitales, encuentros internacionales, antologías y medios virtuales de Perú, Chile y España. Este año participó en la edición N° 20 de Ínsula Barataria. Revista de Literatura y Cultura, que reúne la poesía escrita por mujeres en los últimos 30 años. Morphos (Editorial Abriles, 2025) es su primer poemario.

 

LOS CINCO LIBROS FAVORITOS DE VERÓNICA MORANTE ROSSEL

  • Jardín de sílice, de Ida Vitale.
  • Canto villano y Ejercicios materiales, de Blanca Varela.
  • La metamorfosis, de Franz Kafka.
  • Crimen y castigo, de Fiódor Dostoievski.
  • La palabra del mudo, de Julio Ramón Ribeyro.

 



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