«Oxiuros», cuento de Jorge Casilla Lozano

Cortocircuitos (676 x 448 px)

A tono con Halloween, presentamos un relato del escritor Jorge Casilla Lozano, incluido en El libro de los pájaros negros (Maquinaciones, 2021)

 

Por Jorge Casilla Lozano*

Siempre creí que iba a morir acostado en una cama, sin nadie que apriete o sostenga mi mano, pero estuve equivocado. Te encuentras tú. Y a pesar de que todavía no te has desarrollado físicamente por completo, sé que puedes comprender todo lo que digo. Ven, arrastra tu cuerpo sin piernas hasta mi lado y escucha mis últimas palabras.

Qué difícil es expresarse en la agonía. Infinitos recuerdos se alborotan en mi cerebro, intentando escapar por mi boca. Se asemejan a miles de murciélagos que intentan huir de modo alocado por una angosta grieta horizontal. Es como si supieran de su inevitable destino… Perdona, no quiero confundirte ni cansarte. Bastará con que conozcas algunos aspectos de mi vida para que puedas explicar la tuya. Lo demás puede despedirse de este mundo.

Comenzaré manifestando el desprecio que siempre le tuve a los de mi especie: asquerosos, pervertidos, mediocres y frustrados. Viven sin cuestionar su existencia, sin proyectos ni anhelos. Son piedras con órganos artificiales. Ignorantes felices y eruditos deprimentes. Se burlan de todos y se creen mejores que los demás.

Tranquilo, hijo, no puedes hablar porque tus labios aún no se separan. Es solo cuestión de tiempo. Por el momento limítate a escucharme… Mi final se acerca y todavía queda mucho por decir.

No cometí el error de casarme. ¿Cómo vivir con una persona diferente a mí? Qué asquerosa e hipócrita la vida de aquellas parejas que comparten el aire, la cama y hasta el mismo inodoro. El único ser que he tolerado, aparte de ti, es aquel que observo todas las mañanas en el espejo.

De mi padre heredé este departamento y unos terrenos en el campo. Gracias a las rentas he podido mantenerme alejado de la humanidad, evitando el trabajo explotador a los que se ven sometidos la mayoría de bípedos seudopensantes. Sí, tengo vecinos, pero he logrado mantenerlos alejados de mi existencia. Nunca he respondido a sus saludos ni a sus intentos de iniciar una conversación, y cuando han necesitado de mí, les he hecho notar que no me interesa lo que les pasa. Deben pensar que soy un viejo ermitaño, soberbio y amargado, y eso me alegra profundamente.

A pesar de las medidas tomadas para no contactar con los de mi especie, me he visto obligado a salir de mi refugio una vez al mes para comprar en el supermercado. Esos días eran infernales. Tantas personas en un mismo lugar me provocaban náuseas y diarreas. Lo peor de todo era esperar en colas larguísimas, junto a todo tipo de gentuza y ser atendido por un empleado de sonrisa hipócrita.

Estoy desvariando. Los murciélagos mentales están destrozando la única grieta que les permitiría escapar. No entienden que, al romperla, toda la cueva se está derrumbando. Los recuerdos son incontenibles por lo que no puedo ni debo detenerme. Intentaré retomar el rumbo.

Tal vez te estés preguntando qué actividades realizaba a diario para entretenerme. La respuesta la encontrarás en el cuarto del fondo. Allí se encuentra la biblioteca de mi padre. Él me la dejó y yo te la dejo a ti. Ya por tu cuenta irás descubriendo tus autores y libros predilectos. Cuídalos, en ellos vivirás un mundo más coherente que este, en el cual existimos. Lamento no tener más tiempo para hablarte de ello. Veo que ya tienes un brazo. Estíralo y toma esta llave plateada. No la pierdas.

Pasemos a lo último. Los años, a pesar de mi vida tranquila y descansada, transcurrieron de forma irremediable. Sin darme cuenta, envejecí. Mi cabello se volvió blanco, mis manos comenzaron a temblar, mi piel se llenó de manchas y mi espalda se encorvó. La muerte se insinuaba, provocando en mí una intensa satisfacción. No tenía de qué lamentarme: había vivido a plenitud, alejado de la peste humana, sin envidiar sus vicios y placeres. Aunque mi cuerpo cambiaba con tanta rapidez que no se veía normal. Bajé mucho de peso (casi veinte kilos), los músculos me abandonaron, tenía mareos y comencé a sentir fuertes dolores en el abdomen.

No tuve más opción que ir a un consultorio. El médico, después de medirme la presión y la temperatura, de oír los latidos de mi corazón y revisar mi garganta, dijo que me encontraba en perfecto estado. Sin embargo, para descartar cualquier enfermedad, me ordenó realizar tres exámenes detestables: sangre, orina y heces. Odiaba los dos últimos porque había que colocar las muestras en unos frascos de plástico, y luego llevarlas, como un obsequio de mal gusto, al laboratorio. Al día siguiente recibí los resultados. Aún recuerdo cada palabra de ese diálogo trascendental.

—¿De qué padezco, doctor? ¿Me están comiendo por dentro? —dije, burlándome de sus ridículos exámenes.

—No es exacto. Siendo preciso, lo que tiene adentro está viviendo de usted.

—No logro entenderle del todo. ¿Qué trata de decirme?

—Señor, usted tiene parásitos.

El diagnóstico me aterrorizó. Cuando era niño, había escuchado diversas historias sobre los gusanos, en especial de los oxiuros y las tenias. Los primeros son pequeños (no tienen más de un centímetro) y de un color lechoso. Viven en grupos y anidan en la zona rectal, provocando comezón. Mi padre recordaba con asco la vez en la que vio a uno de sus amigos de la infancia vomitar muchos de estos gusanos diminutos. El movimiento monótono de los oxiuros en medio de un líquido sanguinolento se había grabado en su memoria.

La tenia es lo opuesto: puede medir hasta diez metros y por ello es capaz de asomarse por la nariz. En ocasiones sale por pedazos en la defecación. Lo peor es que, debido a su longitud, hay que jalarla hasta encontrar su cabeza llena de ventosas. El hallazgo demuestra que el parásito ha muerto. Si no, es indicación de que pronto volverá a crecer, más larga y gruesa que la última vez.

Tras salir del consultorio, me dirigí de inmediato a la farmacia para comprar los medicamentos. Después de ello, me encaminé a mi domicilio para proceder con el tratamiento. Me pareció increíble lo que me había sucedido: un animal dentro de mí. ¿De qué tipo sería? Tenía curiosidad y, tal vez, un poco de asco al comienzo; sí, lo admito, pero luego mis emociones fueron cambiando. ¿Cómo podía sentir repulsión por algo que vivía en mi interior? En cierta forma mi parásito se asemejaba a un feto que crecía con inocencia en mi intestino grueso, como un niño indeseado.

Echado en mi cama, comprendí lo especial de mi caso. No se trataba de una coincidencia ni tampoco de una consecuencia por ingerir carne porcina contaminada (como había dicho el médico). La naturaleza había obrado en mí, otorgándome el don de la vida. ¿Quién era yo para intervenir e interrumpir su crecimiento? Avergonzado por lo que estaba a punto de cometer, cogí las pastillas y las arrojé al tacho. Luego de eso, desabotoné mi camisa y acaricié mi vientre fértil con la ternura e inocencia de una madre primeriza.

El gusano se volvió todo para mí. Me alimentaba más para mantenernos sanos y evitaba cualquier sustancia química o tóxica, como las pastillas y las inyecciones. Los meses pasaron y el parásito creció en mi interior. A veces notaba sus movimientos por mi pecho, brazos y piernas, semejantes a las várices que sobresalen la epidermis. Incluso llegó a mi cabeza. Esto ocurría solo en las noches. Se arrastraba lentamente hasta mi cerebro y, cuando llegaba allí, se sacudía de forma tan efusiva que me producía convulsiones. Al reponerme de los ataques, sentía una emoción similar a la que tiene una madre tras recibir las «pataditas» de su hijo en el vientre.

Sin embargo, intuía que mi estado terminaría pronto. No me atreví a ir al departamento de obstetricia. Los médicos, ignorantes de la belleza larvaria, habrían arrojado a mi primogénito a la basura. Por eso decidí dejarlo a la naturaleza. Si ella lo había puesto en mí, ella también lo sacaría. Fue así como hace poco tuve un sueño revelador. En él me hallaba en la cama, a mi lado se encontraba un bebé largo, sin rostro y sin extremidades. Tras observarlo con detenimiento, le di un beso en su frente y le dije:

—Tú eres mi hijo.

A lo que él respondió contrayendo los pliegues de su piel, formando una sonrisa. Al despertar, supe que era el momento. Un fuerte dolor me afectaba en toda la zona abdominal. Traté de serenarme, de respirar con calma, controlando los tiempos. De pronto observé, lleno de horror, como el nudo de mi ombligo se iba desatando. Se dilató a gran velocidad hasta obtener una forma monstruosa. Consternado, decidí pujar una y otra vez con todas mis fuerzas, hasta que vislumbré, para mi alivio, a un enorme gusano viscoso sacando su cabeza peluda. Eran tan grueso como mi brazo y tan blanco como mi piel.

Primero emergió de forma vertical hasta llegar al techo. Al sentir el tope, siguió su desplazamiento por los alrededores del dormitorio. Después de unos minutos, logró salir en su totalidad. Lo que hiciste a continuación, hijo, fue acostarte a mi lado para copiar poco a poco mi forma.

Ahora tienes tu rostro completo. Te convertirás en mi heredero, mi imagen, un doble, un nuevo yo, aunque tú no tienes ombligo. No debes preocuparte por mí ni tampoco llorar. Solo toma mi mano y no la dejes caer. Apriétala fuerte porque mi muerte es como un sueño que origina tu despertar…

 

*Jorge Casilla Lozano (Lima, 1982) estudió Educación en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y las maestrías en Literatura Peruana y Latinoamericana y en Escritura Creativa en la misma casa de estudios. Publicó El libro de los pájaros negros (Casatomada, 2011), la novela juvenil Félinar (SM, 2019), la novela infantil Debajo del ropero (Altazor, 2021), el libro de cuentos Bosque de arces (Maquinaciones, 2023) y El viajero onírico en el 2025. Ha colaborado con cuentos en diferentes revistas y antologías a nivel nacional y sus trabajos han recibido diversos reconocimientos: quedó dos veces finalista del premio Copé de cuento, finalista del premio Barco de vapor 2019, segundo puesto en el Premio Internacional de Novela Infantil Altazor 2022 y uno de los ganadores del 3. ° Concurso Iberoamericano de Cuento y Novela Ventosa-Arrufa y Fundación Elena Poniatowska en el 2023.

 



No hay comentarios

Añadir más