En esta entrega del ciclo de entrevistas sobre literatura escrita por mujeres, charlamos con la escritora argentina Ana María Shua, una de las más grandes autoras e impulsora del microrrelato. Este ciclo es posible gracias a Lexitrans Perú.
Por Ana Rodríguez
Crédito de la foto: Fernando de la Orden.
Ana María Shua es una de las más grandes narradoras argentinas contemporáneas. Dijo alguna vez: «Escribo con todo lo que tengo y con todo lo que soy: con mi sexo, con mi argentinidad, con mi judaísmo, con mi historia, mis recuerdos, mis lecturas». Conversamos con ella sobre Casa de geishas, su dedicación por los microrrelatos y la literatura.
¿Qué lugar ocupa el microrrelato en tu escritura?
Todo lo que es narración me interesa, me fascina, me importa y es algo que quiero hacer. Me gusta como lectora y también me interesa producirla. Cuando empecé a escribir mis primeros microrrelatos no existía ese nombre, tampoco se les llamaba minificción: eran cuentos brevísimos. Y empecé a escribirlos para presentarme al Concurso de Cuento Brevísimo que tenía una revista mexicana, la famosa El cuento. Revista de Imaginación, dirigida por Edmundo Valadés.
En ese momento, para mí no había una diferencia muy grande entre el cuento y el microrrelato (un cuento muy cortito que tenía menos de una página). Después, cuando la crítica descubrió el microrrelato (como quien descubre América), al releer mis primeros microrrelatos, me di cuenta que muchos de ellos no eran realmente cuentos: eran reflexiones, comentarios poéticos… No eran cuentos brevísimos. Esa es la diferencia más grande con otro tipo de narración como el cuento o la novela: la posibilidad de jugar siempre en los límites de lo narrativo.
Borges, Cortázar, Bioy Casares escribieron ficción muy breve. ¿Cómo se inserta tu trabajo en la tradición literaria argentina?
Cuando empecé a escribir microrrelatos sentía que estaba formando parte de una tradición nacional. Como lectora me fascinaban nuestros grandes maestros del cuento (que fueron también maestros del microrrelato): Borges, Cortázar, Bioy Casares, Denevi, Isidoro Blaisten, Silvina Ocampo. Todos ellos escribieron microrrelato. Mezclaron textos brevísimos con cuentos más largos, puesto que muy pocos tuvieron libros solo dedicados al microrrelato. Esos textos siempre me fascinaban. Cuando traté de publicar, me di cuenta que pocos eran conscientes de la existencia de esa tradición. Me costó mucho que alguien aceptara publicar mis primeros microrrelatos.
Tu trayectoria literaria está atravesada por gobiernos civiles y gobiernos militares. ¿Cómo se nutrieron tus minificciones de estos procesos históricos?
Es muy relativo. Algunos son especialmente sensibles a los momentos históricos y la situación política de su país. El ejemplo típico es Eduardo Galeano. Como ciudadana puedo estar participando, pero en los microrrelatos verdaderamente no me acerqué a la situación política del país. Elegí otros caminos. Además, mis libros de microrrelatos se escriben muy lentamente, a lo largo de muchos años. Y en Argentina vos sabés que todo cambia constantemente. Hay un dicho: «Si vos te vas de la Argentina y volvés en veinte días, encontrás todo cambiado. Si te vas de la Argentina y volvés en veinte años, te das cuenta que está todo igual».
La críticos y académicos han identificado algunos elementos en las minificciones: humor, ironía, absurdo. En tu caso, ¿su manejo tiene que ver con rasgos de la personalidad?
En mi caso es absolutamente así, en todo lo que escribo el humor y la ironía tienen un papel muy importante. En microrrelatos, cuentos y novelas. Son parte de mí y, por suerte, logré retirar en parte la ironía y sobre todo la ironía cruel de mis relaciones sociales (y las mejoraron muchísimo). La concentré, en cambio, en mi literatura. Sin molestar ni ofender a nadie, ni perder amigos, pude ser todo lo cruelmente irónica que se me daba la gana en los microrrelatos, los cuentos y las novelas.
El humor es una parte esencial de mi personalidad. Hay un solo género en el que trato de evitar el humor: la literatura infantil. En la literatura infantil argentina se ha trabajado demasiado con el humor. Entonces, para hacer algo diferente, trato de alejarme del humor, lo cual es trabajar a contrapelo de lo que me resulta más fácil o directo.
En Cómo escribir un microrrelato recomiendas emplear todos los elementos que el autor tenga. Y mencionas temas bíblicos, mitología, cuentos populares, refranes. ¿Hasta qué punto en Latinoamérica nos persigue la estela de lo fantástico?
Sin duda en Latinoamérica tenemos esa fuerte tendencia hacia la literatura fantástica. Aparece en todo lo que escribimos. Nuestros microrrelatos son muy proclives a lo fantástico y eso resalta en forma muy particular cuando uno compara el microrrelato latinoamericano con los que los anglosajones llaman la flash fiction, incluso con las super short stories que escribía en los 50 y 60 Fredric Brown, un precursor del microrrelato en los Estados Unidos. A pesar de que era un autor de ciencia-ficción, muchos de sus microrrelatos trabajan con la realidad. Y el anglosajón trabaja con la realidad de forma muy directa: los personajes tienen nombre y apellido, se encuentran en un punto clave y revelador de sus vidas, en cinco o diez líneas se traza una mínima historia del personaje y se entiende por qué es un momento de revelación. Nosotros trabajamos muchísimo con lo fantástico. Creo que la excepción es la literatura peruana, ¿no es cierto? Creo que la literatura peruana se interesa, de alguna manera, menos por lo fantástico que el resto del continente, pero también aparece como algo bastante definido y que marca el género.
Lima tiene una línea urbana con cierto interés en lo metaliterario y mantiene la inclinación por lo fantástico. En paralelo, las literaturas regionales incorporan imaginarios andinos y amazónicos.
Entiendo eso, se dialoga con lo fantástico. La cuestión de lo fantástico está presente en forma constante en el microrrelato latinoamericano. En el europeo también. Si tomas los grandes nombres, Kafka (el gran microrrelatista del siglo XX) trabajó con lo fantástico y lo absurdo. Y lo mismo sucede con Italo Calvino y los surrealistas franceses.
Hablemos de Casa de geishas. Está después de La sueñera y antes de Botánica del caos. ¿Cómo percibes la evolución de tu escritura en este período?
A un autor le cuesta mucho percibir la evolución de su escritura. Después de La sueñera dejé pasar muchos años para pasar a otro libro. El microrrelato no es un género bestseller, pero había tenido buenos lectores y fue muy aplaudido por mis colegas. Me daba miedo empezar otro libro de microrrelatos que no estuviera a la altura de La sueñera. Todo empezó con la idea de escribir algo que tuviera que ver con el sueño, el insomnio y los sueños.
Con Casa de geishas me planteé esta idea de delirante burdel de la imaginación, una especie de prostíbulo que no tuviera que ver para nada con la realidad tan dura y tan terrible que está presente en nuestros países. Casa de geishas es un libro sobre el deseo humano. De una manera sutil, fantástica y un poco delirante. Es una especie de burdel de la imaginación la primera parte. Después me pasó que no todos los textos tenían que ver con eso, aparecieron otros temas que fueron incluidos. Hay una primera parte que tiene que ver con esa loca y rara casa de geishas y otros textos con otros temas.
Las maikos, geishas y okiyas (‘casa de geishas’) que tuvieron su esplendor en el Japón de los siglos XVIII y XIX nada tienen que ver con tu obra. Es interesante pensar en tu casa de geishas como algo parecido a un gabinete de curiosidades.
Mis geishas no son geishas. Nunca pretendí relacionar a mis supuestas geishas con las verdaderas, las del Japón, que tuvieron su esplendor en esos años que vos mencionás. Mis geishas no son mujeres, ¡no son terrestres siquiera! Son otra cosa. Son un símbolo, una ilusión del deseo y para que quienes nos leen tengan una idea, leo La Que No Está: «Ninguna tiene tanto éxito como La Que No Está. Aunque todavía es joven, muchos años de práctica consciente la han perfeccionado en el sutilísimo arte de la ausencia. Los que preguntan por ella terminan por conformarse por otra cualquiera, a la que toman distraídos, tratando de imaginar que tienen entre sus brazos a la mejor, a la única, a La Que No Está». Esas son mis geishas.
Esta casa de geishas es un espejismo. Imitación trata de la copia de la copia de la copia: «Burdel de pueblo que imita famoso burdel de la capital que imita burdeles de Nueva Orleans que imitan la idea que los americanos tienen de los burdeles de París. Burdel de pueblo, copia lejana: balcones de terciopelo rojo, mujeres de hierro forjado».
Es eso. Es un espejismo, es un juego. Es algo que nada tiene que ver con las verdaderas geishas ni con el Japón. Pero tiene mucho que ver, en la primera parte, la belleza de la mujer o los tipos de mujer (La Flaca, La Gorda, La Que Mira, La Insaciable). Nunca estudié ni investigué la historia de las geishas japonesas. Quise hacer otra cosa difícil de explicar, que es el juego del deseo humano. En este caso de los hombres por las mujeres, pero hasta cierto punto. En realidad, se podría hablar del deseo femenino.
Me gustó mucho la inclusión de cuentos populares como Cenicienta y la serie Doncella y unicornio. Es una oportunidad para reinterpretar los cuentos que nos leyeron en la niñez o que leímos en algún momento.
Es muy característico del microrrelato latinoamericano. Tanto que hoy lo evito. Es un tema del que se ha abusado en el microrrelato latinoamericano: el trabajo con los cuentos populares y con las situaciones o juegos como doncella y unicornio. Pero en 1992 no había tantos libros de microrrelatos y no era tan trillado como es hoy. Un problema del microrrelato latinoamericano es que está encerrado en la repetición de tópicos. Se te tiene que ocurrir algo muy original para que valga la pena escribirlo.
Fue una revelación esta pequeña serie Ermitaño. Allí está la «extrema brevedad y máximo significado» que buscas. Ermitaño III: «Para ser un ermitaño, decía el ermitaño, no es necesaria la soledad física. Aun en el tráfago y el bullicio un auténtico ermitaño puede refugiarse en su ermita interior. Una noche de Año Nuevo, mientras los demás invitados comían garrapiñadas y lloraban y se peleaban, el ermitaño fue a su refugio interior y lo encontró ocupado. Eran dos, estaban desnudos y tomaban sidra. Lo invitaron».
El sentido de esos primeros ermitaños era esencialmente religioso. Se ocultaban del mundanal ruido para extremar su contacto con la divinidad. Era una especie de sacrificio y realizaban sus ejercicios físico-espirituales hasta obtener la revelación. La vida del ermitaño es durísima. Es vivir haciendo constantemente trabajos físicos y manuales. Vivir como ermitaños es para jóvenes. De más edad no te puedes dar ese lujo. La ermitañidad en aquellas épocas era distinta. Hoy se aíslan para pasarla mejor, se van con su familia y encuentran otras familias que están en las mismas y se hacen amigos. Es otra idea de la soledad.
Casa de geishas está descatalogado, pero se encuentra en la recopilación Cazadores de letras.
Cazadores de letras me sirvió para darle título a la minificción reunida. En España y América Latina es donde se puede encontrar Casa de geishas. Ya no hay ejemplares de este libro. Cazadores de letras incluye La sueñera, Casa de geishas, Botánica del caos, Temporada de fantasmas y Fenómenos de circo. Todos los universos posibles reúne todos mis microrrelatos. Esta última recopilación salió este año en Argentina y fue publicada por Emecé (del Grupo Planeta). Debo anotar que en Cazadores de letras hay una parte de Fenómenos de circo, pero en Todos los universos posibles está completo.
Hubo varias ediciones de Casa de geishas, en España, Argentina, México. Para todos los autores sacar un libro en un país donde no nacimos es una felicidad porque es la oportunidad de encontrarnos con más lectores, con nuevos lectores, con lectores que tienen otra percepción del idioma. Es una oportunidad para dar un aplauso y una ovación a las editoriales independientes en toda América Latina y España. Gracias a los avances tecnológicos y los bajos costes, hoy se publica una cantidad de libros que ya no teníamos esperanza de tener físicamente.
¿Dónde se sitúa el microrrelato en la era digital?
¿En qué se diferencia un microrrelato de un tuit? Siempre hubo formatos breves: las instrucciones, los telegramas. En los comienzos del microrrelato, muchos jugaban a ser telegramas y hoy no existen más. Los formatos breves no son una novedad, se usan de otra manera. El microrrelato se adapta muy bien a la lectura en pantalla. Internet le ha dado mucha visibilidad y posibilidad de viajar al microrrelato.
Mencionaste en una charla que el libro de microrrelatos no es para leerse de un tirón.
Es como un libro de poesía. Uno se sienta a leer una novela y dice «¡Wow! Esta novela me la leí en un fin de semana. El libro de cuentos lo empecé y no lo podía soltar». Un libro de poesía no se lee así. Uno no lo lee en un rato o en una noche. Un libro de microrrelatos es para tenerlo en la mesa de luz y leer alguno de vez en cuando. Yo te diría que no más de diez microrrelatos por vez es un buen límite a la lectura. Porque la lectura de microrrelatos es exigente. Cada microrrelato hay que pensarlo un poquito. Exige unos segundos de reflexión para que se produzca esa especie de estallido, de sentido que hay en él. Y eso provoca un cierto grado de fatiga. Después uno deja de entender plenamente lo que está leyendo. Con Casa de geishas me pasó que estaba angustiada pensando si estaría a la altura de La sueñera. Tenía unos treinta textos y se los di a buenos lectores para que me dieran su impresión. Cuando me devolvieron los textos, me dijeron que estaba muy bien, que iba por buen camino y añadían «pero los primeros diez me gustaron más». Como los tenía en hojas sueltas, a todos les di cuentos en distinto orden y a todos les gustaban más los primeros diez. Y eso tiene que ver con el efecto de lectura.
Ese estallido de belleza está también en el haiku. Además de tener una métrica determinada, ¿en qué se diferencian de los microrrelatos?
Yo tengo un libro de no haikus. Se llama No son haikus. Toma el formato del haiku. Para mí el haiku es el microrrelato de la poesía. Los haikus no son narrativos, esa es la gran diferencia. En el microrrelato tiene que haber algún elemento, así sea débil, de narratividad. Hay haikus que son claramente poesía y nada tienen de narrativos y hay microrrelatos que son microcuentos y que no se acercan a la poesía. Y en los dos géneros hay algunos que corren en la frontera. Uno de mis no haikus es casi un microrrelato: «Pescado en lata que fue señor del mar, que fue sirena». Eso es un poema de 17 sílabas, pero también es muy narrativo, está pivotando en la frontera. Tengo muchos textos que son teóricamente microrrelatos y se acercan mucho a la poesía.
Hoy hay mucha gente que empieza a escribir y elige el microrrelato como género. Es peligroso porque hay que dejar que el microrrelato lo elija a uno. Hay gente que se queda con él porque es cortito y piensa que le va a salir y le tiene miedo al cuento o a la novela. Le digo a la gente que empieza: «Sean ambiciosos. No sean microrrelatistas, sean escritores. Si son escritores van a poder escribir muchos mejores microrrelatos».
Yo soy fan de los talleres literarios. Hay talleres que generalmente los dan buenos escritores que son de formación de escritores (a los que a mí me hubiera encantado ir cuando empezaba a escribir) y son útiles hasta que el escritor dice: «Ya está, tengo mis herramientas, ahora sigo mi camino por mí mismo y dejo a mi tallerista: para un argentino es como dejar a su psicólogo». Por otro lado, hay otro tipo de talleres que no pretenden formar escritores, son de lectura: va gente que quiere escribir un poquito mejor, escribir sus recuerdos, encontrarse con otra gente que le gusta leer. Esos talleres también valen, los aplaudo y son una maravilla. ¡Que vivan los talleres!
La lectura comunitaria es muy bonita.
¿Sabes lo que pasaba en otras épocas? Los libros que se publicaban eran poquitos. Cuando yo empecé a leer, hace 60 años (tengo 74 años ya), los libros que se publicaban eran pocos, había pocas editoriales y pocas traducciones. Y todos leíamos lo mismo. Era muy lindo comentarlos. Hoy el panorama es amplísimo, fantástico. En Buenos Aires hay una editorial que se dedica a la literatura africana, hay varias que se dedican a la literatura japonesa, tenemos de todo para leer. Pero es difícil encontrarse con alguien que haya leído el mismo libro que leyó uno.
¿Qué está por venir?
Está por salir un libro de cuentos en noviembre, se llama El cuerpo roto. Saldrá con Páginas de Espuma. Tiene que ver con el tema de las enfermedades, los temas médicos, los accidentes. Esa literatura de ficción médica que a mí me resulta muy fascinante como lectora y como escritora.
¿Cuáles son tus cinco libros favoritos?
Me perturbó muchísimo esa pregunta. No hay cinco libros que me hubieran cambiado la vida si yo no los leía ni viceversa (cinco libros esenciales que todo el mundo debería leer). Lo que a mí me formó no fue un libro ni cinco libros, es una biblioteca. Pero lo tengo pensado.
El primer libro que leí en mi vida se llamó Azabache (lo llaman también Belleza negra), de Anna Sewell. Cuando lo leí no sabía quién era la autora. Para mí los libros eran como árboles, no había cumplido ni seis años. Ese me cambió la vida de verdad. Ahí me di cuenta que yo quería estar ahí leyendo, haciendo eso y ninguna otra cosa en el mundo.
El Aleph, de Borges, cumple 80 años. Es un libro que nos cambió la vida a todos los argentinos, a todos los escritores argentinos.
Ya que estoy hablando de Borges, no me puedo olvidar de Las mil y una noches. Maravilloso libro, donde está prácticamente todo lo que se escribió, todo lo que se escribe y todo lo que se va a escribir. Las mil y una noches en esa traducción maravillosa de Rafael Cansinos Assens.
Y después hay un libro que leí mucho más recientemente y que me mató de emoción lectora: Claus y Lucas, de Agota Kristof. Siempre lo recomiendo a todo el mundo. He comprado montones de ejemplares para regalar.
Finalmente, te hablaré del que estoy leyendo en este momento. Resulta que cuando era jovencita, adolescente, había una película… Veíamos mucho cine checo los intelectualoides de aquellas épocas. Había una película fascinante que se llamaba Trenes rigurosamente vigilados. Toda mi generación vio Trenes rigurosamente vigilados. Nunca pensé que había una novela detrás de esa película tan hermosa. Sí había, es de Bohumil Hrabal, autor checo, muy famoso por otro libro llamado Una soledad demasiado ruidosa (ese sí lo había leído). Y lo estoy leyendo ahora y es un libro tan bello, tan bello. De esos que te reconcilian con la literatura. Cuando pensabas que ya habías leído todo y nadie te podía sorprender, encuentras un libro maravilloso.
Sobre la autora
Ana María Shua (Buenos Aires, 1951) es profesora en Letras por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Poeta, narradora y guionista, obtuvo la Beca Guggenheim para la escritura de su novela El libro de los recuerdos. Ha publicado los libros de microrrelatos La sueñera (1984), Casa de geishas (1992), Botánica del caos (2000), Temporada de fantasmas (2004) y Fenómenos de circo (2011). Sus microrrelatos están reunidos en Cazadores de letras (2009) y Todos los universos posibles (2025).
Los cinco libros favoritos de Ana María Shua
- Azabache, de Anna Sewell.
- El Aleph, de Jorge Luis Borges.
- Las mil y una noches, Anónimo.
- Claus y Lucas, de Agota Kristof.
- Trenes rigurosamente vigilados, de Bohumil Hrabal.

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