Liliana Flores Hilario: «Si la poesía fuera un animal, sería un pájaro»

FOTO AUTORA (3)

En esta entrega del ciclo de entrevistas sobre literatura escrita por mujeres, charlamos con la educadora y poeta Liliana Flores Hilario, quien ha publicado su primer poemario titulado Trébol. Este ciclo es posible gracias a Lexitrans Perú.

 

Por Ana Rodríguez
Crédito de la foto: Archivo de la autora.

Liliana Flores ama el mar, la música y el arte. Poeta con TEA (trastorno del espectro del autismo), fue incluida en la antología de escritoras La tentativa de sentir y la plaqueta La sociedad de los poetas. Su vocación de literata y docente la llevó a participar en el I Encuentro de Escritoras de Lima Norte «Magda Portal», el II Encuentro de Docentes Mediadores y Auxiliares de Biblioteca (UGEL 04) y la III Feria del Libro y la Lectura «Juntos leemos mejor». Liliana considera a la poesía como un medio de transformación personal y resistencia. A continuación, conversamos sobre Trébol, su primer poemario.

 

¿La poesía es la más absoluta soledad?
En cierta medida. Para mí la poesía es soledad acompañada. Escribo en solitario, edito en solitario, pero hay compañía cuando la voz del lector recita, recuerda mis textos. El poema deja de estar solo cuando alguien lo hace suyo, cuando resuena en otra vida. Es como si nuestra soledad tuviera la necesidad de ser abrazada. El milagro ocurre cuando un lector se encuentra con un poema y decide quedarse ahí un rato.

¿Por qué bifronte?
Porque contempla la vida de dos formas: monocromática y cromática, de negro a colores y viceversa. Siento las horas grises y los destellos de colores. Una parte del libro contiene poemas oscuros (con expresiones de tristeza, soledad, nostalgia) y otros más luminosos (donde hay reencuentro, amor propio). Percibo que mi vida es un arcoíris de medianoche.

¿Por qué sin puntuación?
Es por la libertad. Busco en el texto que el lector pueda fluir, que pueda poner sus pausas, sus puntos. Se busca libertad en la vida y en los textos.

¿Por qué un contenido multívoco?
Considero que soy un poema ambiguo de junio. Cuando quiero decir «paz» hablo de «ramas de olivo». Me gusta utilizar los símbolos, las claves para expresar lo que estoy sintiendo. En el poema hay una diversidad de aspectos que se abordan, dimensiones de fondo según las perspectiva psicológica, cultural, filosófica. El contenido multívoco se debe a las influencias de poetas clásicos y contemporáneos, a la influencia de mis lecturas y mi esencia.

En el poemario se percibe una clara herencia vallejiana y de voces como Pizarnik, Dickinson y Varela. ¿Cómo dialogas con ellos?
A Vallejo lo conocí cuando era adolescente, con Trilce y Poemas humanos. Comencé a indagar en su historia y, aunque me sentí decepcionada, no lo juzgo. Regreso a sus textos y lo siento más vivo, es como si hubiese un puente entre nuestras casas. A Pizarnik la conocí en la juventud y me sentí identificada cuando decía: «No soy de este mundo. Yo habito en frenesí la Luna». Luego me acerqué a Varela por referencia de otros colegas escritores y ya ella contaba una historia: había ironía, reflexión, filosofía. Su escritura me transmitía calma. A leerlos, siento el milagro de verme reflejada y sentir cuán vivo está el autor.

¿Qué papel juega Lima y su paisaje emocional en la configuración del yo poético en Trébol («Mi tristeza tiene el color de los cerros de Lima / a grietas rompe mi cuaderno»)?
Lima, la gris. Lima, la horrible. Es el único lugar que conozco. Yo soy del distrito de Puente Piedra y el foco cultural aquí no está en una etapa muy madura. No hay muchas maneras de hacer arte. Cuando contemplo Lima y miro mi casa, me doy cuenta que está rodeada de cerros. Me pregunto de qué color son los cerros de Lima: ocre, marrón, beige, verde. Me digo «tiene el color de la tristeza». ¿Qué siento por Lima? Si te digo «cariño», mentiría. Sé de la desigualdad social, la pobreza, la violencia, la corrupción. Todo eso me entristece. Hace que Lima me duela. Lima es la herida. Es el lugar del que a veces intento huir. Eso plasmo en mi escritura.

La naturaleza (raíces, tallos, tréboles, desiertos) son protagonistas simbólicos y emocionales en Trébol. ¿Cómo este vínculo con la naturaleza se engarza con tu exploración de la identidad femenina?
La naturaleza juega un papel muy importante en mi poesía. Admiro a Dickinson por su conexión con la naturaleza. Hay una metáfora muy interesante entre la naturaleza y la conexión humana. Me identifico con ser hierba. Esta hierba va creciendo y florece. Cuando hablo de hierba, también hago referencia a la identidad femenina. La mujer es una hierba de campo que crece en tierra fértil o sin ella. Ahí está la rebeldía: las mujeres tenemos que desempeñarnos de la manera más libre que podamos, pero a veces nuestro contexto no lo permite (por estereotipos, prejuicios). Entonces, cuando abordo la naturaleza, hago referencia al coraje, la resistencia, la ternura, puesto que son propias de la mujer y permiten su crecimiento. La poesía es un modo de resistencia y transformación. La hierba crece en un campo, a la intemperie, hay luz, lluvia, el clima es caótico; la fortaleza en nosotras nos permite llegar a florecer.

Me encantó el epígrafe de Henry David Thoreau: «Fui a los bosques porque quería vivir solo, deliberadamente, para afrontar los hechos esenciales de la existencia. No quería vivir lo que no era vida. Quería sentir profundamente y extraer toda la médula a la vida, vivir de una forma tan intensa y espartana que pudiese prescindir de todo lo que no era auténtico». ¿Qué piensas de esta invitación a la vida de ermitaño?
Como Thoreau manifiesta, uno decide ir a los bosques para buscar un sentido espiritual. En su tiempo, él se tomó esa libertad y comenzó a escribir sobre la base de sus experiencias. Considero que tal vez es un sueño mío (o una ambición). Un sueño que uno archiva y olvida. Es una forma distinta de vida, muy reflexiva. Uno podría fluir más en la escritura.

En tu poemario se puede sentir el tiempo y habitar el espacio. Te cito: «Siento la lozanía del atardecer». «El sonido de las pelotas retumba en mi ventana».
Cuando lees Trébol y observas la secuencia, las imágenes, se cuenta una historia. Allí hay contextos. Hay un inicio donde se marca la vida y comienza por el lado oscuro y el lado del crecimiento. Luego hay un durante quizás tormentoso, con crisis. Y en el medio hay un poema llamado «Blanco y negro» que resalta. Al final hay reencuentro, aceptación. Se abordan diversos aspectos en un contexto de naturaleza y urbanismo, se evocan recuerdos. Trébol es un viaje. Hay remembranza de la infancia, una voz que va madurando, una crisis, una transformación.

¿Cómo incluiste la presencia del azar, la suerte, lo aleatorio, la casualidad, el hallazgo no buscado («La ruleta del infortunio… ¡Gira! / El circo ennegrecido de máscaras da su mejor espectáculo») en tu poesía?
El infortunio es una cruz en mi vida, por eso la poesía me eligió. Siempre he considerado que la suerte, el infortunio, el circo son algunos símbolos que he representado. He afrontado una vida que, en cierta medida, ha sido muy difícil. Me he sentido una persona que no ha tenido suerte en la vida. He tenido muchos obstáculos y he empleado la resiliencia para afrontarlos. Está marcada la suerte, el infortunio, como parte de mi vida. El mundo lo veo como un circo: las personas a veces van a disfrutar el espectáculo, otras tienen que hacer el show y ¿quién es transparente? ¿quién es genuino en la vida?

¿Cómo sobrevive el optimismo? («No quiero degollar mi optimismo / porque aún respira»). ¿Cómo? ¿Si no estás apto para la vida? («A este cadáver le falta un trébol de cuatro hojas»).
Esa pregunta me encanta porque no soy optimista, pero mi optimismo sobrevive gracias a la ternura animal y humana, la compasión, la belleza, la naturaleza. Cuando miro a los ojos a mis perros, cuando contemplo las aves, cuando observo un árbol o contemplo la sonrisa de los niños, vuelvo a creer. Retomo la vida con otra perspectiva o, tal vez, con mayor energía. Cómo hacerlo si no estás apto para la vida… Cito un fragmento de mi próximo poemario: «Cuando no sabes vivir, entonces aprendes a escribir, a pintar en las cavernas imaginarias, contando ovejas, buscando semillas para conciliar con la tribu. ¿Existir?».

Háblame del rol del olvido («Me olvidas olvidándome en el olvido del olvido») y la nostalgia («Soy el poema ambiguo de nostalgia»).
Hay una marcada tendencia al olvido por ciertas experiencias vividas. El olvido está en mí y no lucho contra él. El olvido tiene un gran peso en mi vida personal y en la escritura. Ya no es como cuando era niña y temía ser olvidada. Ahora lo acepto, no lucho, pero sí reflexiono sobre eso. Respecto a la nostalgia: está muy arraigada en mi esencia, en mi modo de vida. Puedo recordar la sonrisa de mi abuela de hace tres meses o cuando compartía una galleta hace tres años. Hay tristeza, ternura, cariño y es constante. Como soy ensimismada, guardo esto y comienzo a escribir.

Coméntame sobre el arte poética («La poesía / es el canto de los miserables / pájaro enfermo de añoranza / buscando el peñasco más alto / para parir la voz fecunda»).
Ser poeta es un oficio de miserables. Si la poesía fuera un animal, sería un pájaro. El pájaro que canta emociones complejas y por eso está enfermo. Busca el peñasco más alto. Ahí está también la soledad. El poema tiene una compañía, un fruto, tiene sentido cuando alguien más lo siente. Es un lujo hacer poesía. La poesía tiene que ver con la contemplación, la soledad, el tiempo.

Cada disciplina te da un acercamiento de la vida. ¿Cómo tu mirada de educadora y psicóloga influye en tu poesía?
Mi formación como educadora y psicóloga no se puede separar de mi forma de escribir. Escuchar a otros, ver sus gestos, acompañar sus procesos me ha enseñado a mirar más allá de las palabras. Percibir el mundo que habita en los estudiantes influye en mi escritura. La poesía para mí es una forma de cuidado. No busco explicar la vida desde lo teórico, sino abrazarla desde lo humano. Hay emociones muy complejas que uno debe aprender a contemplar y aceptar. Si mi poesía logra acompañar a alguien en su proceso, entonces tiene sentido. Leemos por placer, pero hay una responsabilidad. En mi poesía hay una crítica social.

 
En El arte de la conversación literaria, Raquel F. Cobo escribe que «la conversación es la confirmación o el rechazo de nuestras convicciones».
Estoy de acuerdo. Una conversación literaria es de lo más fascinante. Permite expresar el mundo subjetivo que habita en cada persona y muchas veces no todos están dispuestos a tocar esa puerta. He tenido conversaciones con colegas escritores que me abrieron portales a otra dimensión. Esas charlas me permiten reflexionar, tener nuevas perspectivas, tomar decisiones. Me abren paso a voces que no conozco. Cuando la otra persona tiene disponibilidad o apertura, la conversación fluye de manera natural. Esto es enriquecedor para ambos.

 

SOBRE LA AUTORA

Liliana Flores Hilario (Lima, 1992) es maestra y poeta. Licenciada en Educación (especialidad en Ciencias Sociales) y Psicología por la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle (La Cantuta), egresó de la Maestría en Docencia Universitaria. Se desempeña como docente en instituciones públicas y ha liderado clubes de lectura como «Javier Heraud» (en el Colegio Alameda del Norte) y «La sociedad de los poetas» (en la I.E. 5167 Víctor Raúl Haya de la Torre). Promueve la lectura y la escritura en su comunidad a través de la librería Escrita, donde realiza talleres y tertulias literarias. Ha publicado el poemario Trébol (2024) y actualmente está trabajando en su segundo libro.

 

LOS CINCO LIBROS FAVORITOS DE LILIANA FLORES HILARIO

  • Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa.
  • La Biblia.
  • Marianela, de Benito Pérez Galdós.
  • Poemas humanos, de César Vallejo.
  • Poesía completa, Henry David Thoreau.

Bonus track

  • Poesía reunida, de Javier Heraud.
  • Diario, de Ana Frank.
  • Yo maté a un perro en Rumanía, de Claudia Ulloa Donoso.


No hay comentarios

Añadir más