Los cachorros de Vargas Llosa: una narración breve y brutal

cachorros

Presentamos un artículo del escritor Gunter Silva sobre Los cachorros, de Mario Vargas Llosa.

Por Gunter Silva*
ilustración @FrancoMoreno

En mis clases de español solía recomendar a los alumnos más avanzados las grandes novelas de Vargas Llosa —Conversación en La Catedral, La guerra del fin del mundo—, creyendo que allí encontrarían la mejor puerta de entrada a su obra. Me equivocaba. Nadie las leía. Hasta que empecé a sugerir Los cachorros. Entonces, algo cambiaba; me los encontraba en la calle, emocionados, con el libro subrayado en la mochila y la curiosidad encendida. No solo lo habían leído, sino que ya estaban devorando el resto. Los cachorros es una llave inesperada y perfecta al universo de Vargas Llosa.

Muchas veces, un libro no golpea ni consuela; simplemente te encuentra en un lugar donde no sabías que dolía. Los cachorros es una historia breve, violenta y tierna al mismo tiempo, que se instala en la memoria como una herida que se niega a cicatrizar. Publicada en 1967, esta novela corta —o cuento largo, según el ángulo desde donde se mire— es una pieza esencial para comprender el mundo narrativo de Mario Vargas Llosa, pero también un documento íntimo, descarnado y entrañable sobre la adolescencia, la virilidad mutilada y el paso del tiempo.

La historia gira en torno a Cuéllar, apodado “Pichula”, un niño que sufre un accidente brutal en el colegio y queda marcado para siempre: no podrá ser como los demás. Y ese «no poder» se transforma en el eje emocional, físico y simbólico del relato. El drama de Cuéllar no es solo el del cuerpo imposibilitado, sino el del alma que queda rezagada mientras el grupo —los “cachorros”— crece, madura, se casa, tiene hijos, envejece. La vida continúa, pero no para todos por igual.

Lo que me fascina de este libro, y por lo cual lo cuento entre mis favoritos, es que bajo su aparente sencillez se esconde una arquitectura narrativa prodigiosa. Vargas Llosa juega con la voz coral —ese “nosotros” pegajoso, asfixiante— como un eco que narra, juzga, y también protege. El grupo es una jauría: ríe, empuja, castiga, y a veces ama. Leer Los cachorros es asistir a una coreografía donde la lengua se estira, se interrumpe, salta, se corta, como si la narración misma tratara de seguir el ritmo hormonal, atropellado, adolescente de sus personajes.

Además, este libro tiene algo que me toca personalmente. Quizás porque todos, en algún momento, hemos sido Cuéllar: el que se queda atrás, el que mira desde fuera, el que quiere pertenecer. O tal vez porque hemos sido parte del coro: los que observan el dolor ajeno sin saber bien cómo actuar. Los cachorros no nos deja indemnes, porque al narrar una historia de castración literal, nos habla también de nuestras propias castraciones invisibles: los sueños rotos, las angustias íntimas, los mandatos sociales que nos moldean a dentelladas.

Por otro lado, en Los cachorros, Mario Vargas Llosa despliega una notable maestría en el uso del tiempo verbal, utilizando los cambios de tiempo como recurso estructural y emocional para capturar la fluidez del recuerdo, el vértigo de la adolescencia y la fragmentación de la identidad. A lo largo de la narración, el relato oscila entre el presente y el pasado, con una naturalidad casi imperceptible, generando una especie de simultaneidad narrativa en la que el lector asiste, al mismo tiempo, al desarrollo de los hechos y a su evocación. El uso del pretérito imperfecto domina los pasajes más contemplativos y descriptivos, marcando una temporalidad elástica, densa, propia de la memoria. Por otro lado, el pretérito perfecto simple aparece en los momentos en que los acontecimientos se vuelven decisivos o trágicos, como el accidente que marca a Cuéllar, dotando a esos instantes de una intensidad irreversible. No obstante, es el uso del presente lo que destaca con mayor fuerza: Vargas Llosa emplea el presente para introducir una inmediatez casi teatral, como si los hechos estuvieran ocurriendo frente a nuestros ojos, como si los personajes no contaran su historia desde la distancia, sino desde la urgencia de una vivencia en curso. Este ir y venir entre los tiempos no obedece a una lógica lineal, sino a una lógica afectiva, emocional, donde el trauma, la amistad, el deseo y la exclusión moldean la percepción del tiempo. Así, los verbos no solo cuentan la historia de los “cachorros”, sino que encarnan el conflicto central: la imposibilidad de crecer plenamente, el estancamiento emocional de Cuéllar frente a un mundo que avanza sin él. Los cambios verbales en esta novela corta no son meros adornos estilísticos, sino una herramienta vital para comprender la complejidad psicológica del personaje y la ambigüedad del relato coral que lo enmarca.

Leerlo es una experiencia breve pero profunda, como un rito de paso en miniatura. Y sí, puede que no tenga la envergadura de Conversación en La Catedral o La guerra del fin del mundo, pero tiene algo más difícil de lograr: intensidad emocional contenida en la forma perfecta de una cápsula.

Hay momentos en los que la crueldad aparece camuflada de broma, y Los cachorros está lleno de ellos. Uno de los pasajes más elocuentes es cuando los amigos le dicen a Cuéllar: “Desde el accidente te soban, le decíamos, no sabías nada de quebrados y, qué tal raza, te pusieron dieciséis de nota… Quién como tú, decía Choto, te das la gran vida, lástima que Judas no nos mordiera también a nosotros…”. Esta línea condensa con ironía feroz la dinámica del grupo: el dolor se disfraza de privilegio, la tragedia se trivializa en chiste escolar. En lugar de empatía, Cuéllar recibe burlas disfrazadas de afecto. La castración no solo mutila su cuerpo, también su lugar simbólico dentro de la manada. El sarcasmo no oculta la incomodidad que provoca su diferencia; al contrario, la vuelve espectáculo. Vargas Llosa acierta al mostrar cómo la violencia simbólica se ejerce, muchas veces, entre risas.

Además, Los cachorros representa un punto de quiebre entre la inocencia de la infancia y la brutalidad de lo adulto, sin necesidad de grandes despliegues dramáticos. La tragedia ocurre rápido, casi al margen, y sin embargo reverbera en cada página como una campana enterrada. Es literatura que hace ruido por dentro. Y hay otro gesto admirable: el pudor con que Vargas Llosa trata un tema tan visceral. No hay morbo, sino compasión. No hay melodrama, sino dignidad. Cuéllar no es un mártir, es un sobreviviente silencioso. Su historia resiste lecturas rápidas y exige atención a los pliegues del lenguaje, a los silencios, a lo que no se dice. Por todo esto —por su belleza formal, por su inteligencia narrativa, por su tremenda ternura— Los cachorros es un libro que recomiendo con entusiasmo, y que siempre regreso a leer como quien vuelve a una herida que, sin quererlo, se ha vuelto parte de uno.

*Gunter Silva es licenciado en Artes y Humanidades, con una maestría en Literatura y Creatividad Literaria de la Universidad de Westminster. Su producción literaria incluye el libro de relatos Crónicas de Londres (Lima, 2012), la novela Pasos Pesados (Lima, 2016), El Baile de los vencidos (Buenos Aires, 2022) y Neutrino, cuaderno de navegación (Lima, 2024).


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