«Aire», cuento de Salvador Luis

Nota web cuento Salvador Luis

Presentamos un cuento del escritor Salvador Luis Raggio Miranda incluido en el libro Tercer cofrecillo (Editorial Casatomada, 2025).

 

 

Escribe Salvador Luis

Todo transcurre.

Osamu Dazai

 

Todavía escuchaba esa voz ansiosa silabear su nombre cuando el día empezó a oscurecer. Daniel encendió la lámpara y caminó con torpeza hasta la escalera de piedra que conducía al jardín. Aquel persistente llamado lo había hecho levantarse de la poltrona desde la que contemplaba el arroyo y no tenía claro de dónde provenía el sonido; quizá del camino de grava y tierra fresca que rodeaba la casita de sus padres, tal vez del agua misma o del brillo de la luna. Había bebido más de la cuenta desde entrada la tarde y una serie de fabulaciones se iban aglomerando dentro de su cabeza como en un intricado experimento de nudos e hilos.

 

*

Sus padres, dos señores jubilados, ya no aprovechaban la casita rural como antes, la dejaban carcomerse entre la desatención y las deudas económicas; pero Daniel, que poco tiempo atrás había perdido el puesto de mecánico en el taller del flaco Godoy, enrumbaba los fines de semana hasta ahí en un sedán venido a menos solo para beber cerveza y no pensar demasiado acerca de su futuro.

 

*

Los grillos chirriaban y la voz continuaba llamándolo. Esta vez parecía venir de las proximidades del cobertizo, un lugar ya desfigurado donde se acumulaban sin orden enseres sin utilidad y galones vacíos de combustible. Daniel recordaba haber encendido alguna vez una parrilla de carbón bajo la mirada alerta de su padre y la techumbre del mismo sitio. Le gustaban esos mediodías calurosos de antaño, el olor a morcillas y papas asadas, y las canastas de frutas que su madre traía del pueblo para saborear entre comidas.

 

*

A la par que alumbraba los escondrijos y los cajones de madera que tenía delante, creyó recorrer en el pasado un camino similar junto a su melliza Ofelia, haciendo desbarajustes y empuñando los mangos de una carretilla que por entonces se hallaba en buen estado, dando vueltas y vueltas sobre la hierba hasta quedar mareados como un par de trompos. Ofelia ocupaba la tolva como si se tratara de la cabina de un tren y Daniel era el fogonero que sin descanso alimentaba la caldera de la máquina.

 

*

Guijarros por aquí, sarmientos por allá, repeticiones previsibles, plantas que parecían haber asistido a las estaciones del año muchas veces. El farol de parafina, sin embargo, no le ayudaba a distinguir nada que desajustara levemente el esquema de las cosas. Todo parecía simplemente prolongarse. El croar de las ranas y el naciente color sepia de la luna mantenían sus delicadas ceremonias y se perfilaban como actos esperables. La vida, a pesar de todo, se desplazaba de acuerdo con los ritmos y los modelos a los que Daniel estaba acostumbrado. El infatigable olor a fermentación del agua del estero persistía.

 

*

Avanzó hacia la derecha y dio de pronto con la carretilla de su niñez. Estaba ciertamente estropeada y bañada en óxido. Una gruesa capa azafranada le manchó los dedos al posarlos y sintió de inmediato una repulsión que lo hizo encogerse. Odiaba la herrumbre casi tanto como a esa vocecilla absurda que no le daba tregua y lo había llevado hasta aquel lugar. Lo que el óxido podía hacer con el paso de los años horrorizaba a Daniel por sentirlo irrevocable: corroer, adelgazar estructuras imponentes, convertir los recuerdos en carcoma nebulosa. La materia sólida parecía morirse en ese lugar que sus padres habían abandonado hacía más de un quinquenio. Toda aquella desintegración patética, mecánicamente, empeoraba el aire que entraba en los pulmones de Daniel.

 

*

¿Cuántos veranos habían pasado desde la última vez que su hermana y él jugaron a los maquinistas sobre la tolva? Nada parecía acercarse al verdor ni a la fragancia de sus recuerdos. Con el correr de los años, la maravilla había dado paso a un penumbroso barrizal de desatenciones y amnesias periódicas. Todo era de un valor insuficiente para Daniel, fragmentario, rompible. Algo se había perdido durante la marcha y ahora la casita de sus padres apestaba a moho vivo, al igual que la vieja poltrona donde cada noche se servía platos de cocido que eran más un caldo de agua aceitosa que de col y carne.

 

*

Se dio cuenta de pronto de que las gestas de la infancia y los días de recreo regresaban a su cabeza como si fuesen los asuntos de un personaje de ficción. En el relato en el que residía todo giraba en torno a un hombre que diseminaba torpes ritos nocturnos a su alrededor mientras el reloj seguía midiendo las horas, mientras las latas de cerveza se amontonaban en una esquina de la casa y se convertían en un pequeño monte de metal. Un hombre que para sobrevivir se apoyaba en un embuste pilotado por sombras y agujeros, zambullido en el lodo de una tierra que se desviaba del camino poco a poco, con un sonido sordo y prolongado.

 

*

¿Cuántas veces deseó volver a ese lugar? —se preguntó—. ¿Cuántas veces quiso resucitar aquellas mañanas y tardes en la casita frente al estero y el zumbido de las hojas al rozarlas con sus hombros? Cada vez que lo intentaba, la vida de hoy lo empujaba empecinadamente a un pasado imposible de replicar, nada le parecía soportable ni leve, todo moría en una circunstancia o en otra. Daniel estaba seguro de que su cuerpo, rollizo e indecente desde que había dejado de cuidarlo, viajaba del exterior al interior de una fruta ácida e infectada.

 

*

La vaga claridad de la noche, de repente, pareció extraer de la nada esa voz ansiosa una vez más. ¿Era un engendro contenido en el arroyo desde hacía eones o solo una sensación subjetiva y aislada? ¿Pájaros entregados a la burla o timoneles noctámbulos de una barcaza del infierno?

 

*

Al igual que las demás mujeres que conocía, Ofelia ahora bufaba con repugnancia cuando oía su nombre y lo desacreditaba ante propios y extraños. La situación había llegado a un punto tal que ya ni siquiera podía ir a trabajar tranquilo a un destartalado taller de mecánica como el del flaco Godoy. Ella nunca le iba a perdonar el haberse acercado en la víspera de su cumpleaños y bloquear la salida de la habitación: lamerle el cuello entre lágrimas y obscenidades y palparle la grupa como si fuese un animal de tiro.

 

*

En verdad Daniel la anhelaba en su cama como a una esposa digna y echaba de menos que ya no pudieran compartir el agua espumosa como cuando su abuela Teodora los aseaba en una gran batea de plástico. En contra de la voluntad de su madre, se acostumbró a criticar a voz en cuello los besos que Ofelia se daba en público con antiguos compañeros de la escuela o barberos de brazos tatuados. Esa gente con la que Daniel evitaba hacer camaradería y a la que le buscaba pelea en las afueras de los bares. Esos hombres a los que inevitablemente, y en sumiso secreto, deseaba expulsar del pueblo o llevar a la tumba.

 

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Se acercó trastabillando a la orilla y al aventurarse más de lo debido volvió a pisar mal, embarrándose tontamente el bajo de los pantalones y maldiciendo su suerte. La curiosidad afiebrada de los mosquitos, ciegos por la luz en ese instante, iba y venía mientras la lámpara de parafina colgaba de su mano derecha como un cascabel.

 

*

El estero no era el mismo de otros tiempos y desde su llegada se lo había repetido tantas veces. Tal vez nunca fue grande y armónico, recapacitó Daniel. Tal vez su dulce abrazo no fue siempre más que un terror invisible, que ahora mostraba sus púas reales y brillos deformados. Y se podía decir lo mismo del pueblo en el que había nacido, o de Ofelia, e incluso de esa ternura menesterosa que sus padres le entregaban a regañadientes desde que tenía uso de razón. Nada se calma fuera o dentro de este lugar, se dijo a sí mismo. Quizás todo el tiempo Daniel vivió un falso relato, creyendo que al dejar atrás el pueblo aborrecido volvería a recuperar algo palpable en el arroyo, como si simplemente bastara con asomarse a la casita de campo y beber hasta perder la razón; como si ir de A a B por una autopista rural significara, con tan solo rabiar por ello, el regreso de una especie de luminiscencia.

 

*

Habían pasado tres semanas desde su despido del taller y él no sabía a quién apelar, pero esa voz ansiosa silabeaba constantemente su nombre, invitándolo, más esforzada y notoria a cada nuevo momento, más convencida de no haberlo ahuyentado con sus negruzcos murmullos; segura de que algunos pedazos de piel y hueso se incrustarían en las paredes y el techo de la casa tarde o temprano, cuando Daniel se decidiera al fin a colocar el largo cuerpo de la escopeta entre sus rodillas y jalase el gatillo de golpe.

 

 

Cuento tomado del libro Tercer cofrecillo (Ed. Casatomada, 2025)

 

 

 

Salvador Luis Raggio Miranda (Lima, 1978). Se licenció en dirección de cine y literatura y es doctor en Lenguas Romances (University of Miami). Ha participado en antologías nacionales e internacionales y publicado colecciones de cuentos y novelas cortas que se aproximan a la literatura fantástica, el terror y la ciencia ficción de manera experimental. Además de ser un reconocido antólogo de narrativa breve, se desempeña como catedrático en los Estados Unidos y dirige la revista de ficción insólita Cósmica Calavera. Sitio web: www.salvadorluis.net

 



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