En esta entrega del ciclo de entrevistas sobre literatura escrita por mujeres, charlamos con la poeta y editora Cecilia Podestá. Este ciclo es posible gracias a Lexitrans Perú.
Por Ana Rodríguez
Crédito de foto: archivo de la autora
Conversamos con Cecilia Podestá sobre su poemario Muro de carne, del que Carmen Ollé escribió: «El amor y la maternidad asfixian, vuelven la casa de piedra, porque el amor es triste, un pan seco para mitigar el miedo y la vergüenza. Sentimientos y sensaciones que coronan un espacio poético donde se instala una gran tensión, no sabemos bien si esta se origina antes o después del nacimiento».
¿Cuál es tu relación con el libro?
Para mí hay una relación muy importante que no es solo artesanal. Está el contacto entre el libro y el editor (que también termina siendo un productor físico). Por eso me llama tanto la atención la caligrafía, que es un contacto con un vestigio biológico del autor o incluso se puede seguir el proceso creativo del autor.
Los libros son para mí conversaciones muy valiosas con los autores, sobre todo con los que ya no están. Hay distintas maneras de leer el libro: como los lectores, como un artesano (cuidándolo)… Si lees en voz alta todo el libro, vas a tener un frenesí (un momento distinto en tu sistema nervioso). No hay una sola forma de leer el libro y no hay una sola forma de verlo, producirlo, armarlo.
Antes de editar, escribes los libros a mano.
Los libros de poesía sí. La mayoría los he escrito a mano antes de editarlos porque buscaba ese diálogo. Como editora, hay un diálogo plástico, muy personal, de manufactura, con el libro. Con la traducción también hay un proceso de creación. El metalenguaje de un libro te puede dar todo: películas, canciones, etc. La creación es un portal infinito.
Muro de carne es el primer libro en el que te reconoces como autora.
No sé si llegué a considerarlo un libro, para mí fue un testimonio en realidad. Un testimonio de una infancia bastante cruda, el texto lo dice. Sí, fue el primer libro en que yo existía como autora real. Con ejemplar en la Biblioteca Nacional. La plaqueta (2007) y la edición de Máquina Purísima (2019) son prácticamente iguales. Salvo la dedicatoria y unas palabras de Luis Fernando Chueca, el poemario es el mismo. Solo cambié el formato.
En el poemario, la figura materna es el eje simbólico de la casa y al mismo tiempo la figura más silenciada.
Literalmente es un muro y los muros se destruyen o se quedan. Tienen ese doble significado: hay muros de casas que tienen 100 años y están ahí y hay muros sobre los que ya no hay nada. Esa es la ambigüedad que dejé: que esa figura silenciosa, ese muro de carne que recibía golpes, pudiera erguirse, seguir, soportar.
Hay una gran diferencia entre ser resistente y ser fuerte. En Muro de carne creo que la figura de la madre es resistente. Estoy preparando otro texto que se llamará Los degollados ojos del gallo. Ese muro de carne, que es la madre, ya no es resistente, sino fuerte. Ya no es un muro, sino una mujer con dos hijos que se va.
Después de todos estos años, ¿cuál es tu relectura?
Primero publiqué Fotografías escritas, que era confesional o intentaba ser poesía. Después La primera anunciación, que era un poemario que tenía un tono poético pero que era completamente narrativo. Con Muro de carne volví a narrar, pero regresando a la poesía. No quise tocar más el poemario. Si es que hay alguna reescritura, será en Los degollados ojos del gallo, que es muy violento y explícito. Tuve una infancia bastante complicada por la violencia de adentro, de afuera. Y estaba el tema de la pobreza.
La frase del poemario «Las nueve casas fueron una» es porque en los siete años que viví en Ayacucho (del 81 al 88), viví en nueve casas distintas con mis padres. Pero todas las casas eran iguales, en todas las casas había violencia dentro y fuera. La penúltima casa es la que estaba al costado de Los Cabitos y al costado del aeropuerto. No sabía dónde estaba.
Estudiaste Literatura en San Marcos.
Considero a San Marcos un no-lugar, un ente que te da y te quita todo. Yo entré a los 17 años y no estaba lista ni para la vida, ni para las clases. Pensé que iba a escribir y tenía clases de Teoría literaria y era disléxica. Era un infierno, hasta que gané un concurso de poesía y las cosas empezaron a cambiar. Dejé la universidad, empecé a viajar.
No dejé la universidad una vez. La dejé dos o quizás tres veces. Estaba peleada con San Marcos. Estaba absolutamente segura que era un cubo de Rubik y que en algún momento lo iba a tener que resolver. Creo que San Marcos es lo mejor que me ha pasado en la vida. Siendo más adulta (no sé si más madura) o menos loca o menos chiquilla, regresé y me dije «voy a terminar porque voy a terminar». Fue difícil igual, seguía sin entender muchas cosas, pero terminé. Mis amigos tenían diez años menos, estaban estudiando de verdad, compitiendo a muerte porque ya había un canal abierto de becas, posibilidades, oportunidades para seguir la carrera académica (cosa que yo no iba a hacer).
Lo que creo es que hay un fenómeno que no se ha analizado todavía: después de la desmilitarización de San Marcos, después de la despolitización de San Marcos, viene una generación que nos la pasamos fumando en el bosque de Letras, hasta que nos dimos cuenta que los chancones se iban de viaje. Entonces, la siguiente generación a esa ya no estaba ni haciendo política, ni fumando en el bosque, sino estudiando para tener la oportunidad de un futuro mejor: poder enseñar fuera, trabajar fuera o regresar con un supertítulo y hacer que una carrera como Literatura (que nadie estudia o que nadie estudiaba) funcionara.
Cuando empezaste a viajar, ¿no consideraste migrar?
Yo he tenido la oportunidad de vivir fuera varias veces, pero le tengo un amor perruno a Lima. No se me ocurre… Me gusta el desorden de Lima. No he querido vivir fuera de ninguna manera, me gusta Lima. Como me gusta, he tenido que hacer algo afín a escribir. Después de editar mi primer libro y observar cómo funcionan las máquinas, me dije «esto es lo que voy a hacer, si me voy a quedar acá».
En La sinfonía de la destrucción, Pedro Novoa tiene una frase sobre Lima: «A Lima no la conoces, te la inoculas directo a las venas. La padeces o te envicias, una de dos. Como un pinchazo de heroína, es un pasaje de ida, nunca de vuelta. Si vienes aquí nunca te vas, escapas. Y si huyes, igual, nunca terminas de irte, porque hay un hilo de baba que te ata, un imperceptible cordón umbilical que, cuando lo pretendes cortar, se contrae y se ajusta más como las camisas de fuerza».
Es perfecta. A Lima te la inoculas. Hay otra cosa: es distinto ser hombre en Lima y ser mujer en Lima. Una mujer sola en todo caso. Recuerdo haber escrito una carta a Salazar Bondy y ponerle: «Lima es una ciudad para ser una mujer áspera». Hace dos años trataron de secuestrarme y actué rápido en ese momento, violentamente. Pude evitar que me llevaran. Estuve meses sin salir de mi casa. Había aprendido cómo cambiaba el clima mirando por mi ventana porque eso es lo que hacía todos los días. El tiempo es lo que te hace áspera.
¿Qué otros proyectos tienes con Máquina Purísima?
Con Máquina siempre hay proyectos. Quería comprender la poesía femenina de los 80 y empecé a preparar un taller. Y me he topado con una piedra en la frente porque creo que las había leído mal. Ahora las leo como el sismo que son. La poesía escrita por mujeres es un sismo en la literatura peruana de los 80. Dicen que hablan del cuerpo, pero yo creo que hablaban del cuerpo para no hablar de la violencia. Estaban en plena década de 1980 y hablaban del cuerpo y la sexualidad y todo lo demás, pero estaban en conflicto porque era muy difícil hablar de la violencia en esta época. Toda la violencia deriva en el cuerpo. El cuerpo es tu envoltorio. Si no tienes cuerpo, no existes. Me sorprende mucho cómo en una etapa así, ellas pudieron hablar de cosas de las que nadie hablaba. Se había hablado del cuerpo anteriormente (Carlos Germán Belli, Jorge Eduardo Eielson), pero no en un tiempo de violencia tan fuerte. Era usar el cuerpo para hablar de todo.
Ser mujer es distinto en cada década, en cada década política también. Ahorita estamos viviendo lo peor. No sé si peor que el terrorismo de Estado de Fujimori, pero estamos en una etapa muy peligrosa.
Sobre la autora
Cecilia Podestá (Ayacucho, 1981) es poeta y editora. Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha publicado los poemarios Fotografías escritas, La primera anunciación, Muro de carne, Desaparecida, Vía Crucis en Chepén e Impuras & El libro rojo. Desde el 2007 dirige la editorial Máquina Purísima.
Los cinco libros favoritos de Cecilia Podestá
- Trilce, de César Vallejo.
- La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa.
- Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa.
- Ese puerto existe, de Blanca Varela.
- Noche oscura del cuerpo, de Jorge Eduardo Eielson.

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