En esta nueva entrega de nuestro ciclo de entrevistas sobre literatura escrita por mujeres, presentamos una charla con la escritora rumana Corina Oproae, ganadora del XX Premio Tusquets de Novela. Este ciclo es posible gracias a Lexitrans Perú.
Por Ana Rodríguez
Crédito de la foto: Iván Giménez
La escritora rumana Corina Oproae ganó el XX Premio Tusquets Editores de Novela con La casa limón. Residente desde 1998 en Barcelona y con varios premios como traductora, ha publicado cuatro poemarios. Entre muchas otras obras, ha traducido La poesía del siglo XX en Rumanía. Antología (Visor, 2022).
¿Qué significó el Premio Tusquets Editores de Novela?
Primero lo vi como una sorpresa y luego, pasada la sorpresa que sigue sin pasar, es un honor porque admiro a muchísimos autores que han merecido este premio, entre ellos Almudena Grandes. También es una aceptación en un sistema literario que no me viene dado por nacimiento. Yo nací en Rumanía y no hablé español hasta los 18 años, cuando empecé a estudiar Filología Inglesa e Hispánica. Al escribir en una lengua diferente de la lengua materna, tienes una sensación de estar en un territorio de impostura (quizás es un sentimiento más de las mujeres que de los hombres). Evidentemente no es así porque llevo años escribiendo y publicando en español. Sí, viene como una especie de aceptación y afianzamiento en aquello que una hace. Publicar en una editorial de prestigio como Tusquets significa aliento para seguir escribiendo y, a la vez, la posibilidad de llegar a más lectores.
Barcelona es una ciudad multicultural. ¿La literatura se ha vuelto más comunitaria en los últimos años?
He participado en diversos clubs de lectura y creo que son una forma de crear vínculos, de crear comunidad. Aquí hay diversas escuelas de escritura creativa. Muchas personas se acercan desde la necesidad de crear un tejido, a través de la literatura, de escribir sus propias historias. Para mí los clubs de lectura en Cataluña son una manera fantástica de poder relacionarte con el otro, transmitir el amor por la literatura.
La literatura es algo solitario en cuanto a la escritura y en cuanto a la lectura. El germen de despertar esa curiosidad, ese asombro que necesitamos tener activado siempre para sobrevivir al todo lo que nos rodea, se da en comunidad. En este sentido, estas iniciativas son importantes, pero luego está el lector solo con su libro y su manera de poder entenderlo o tomar las claves para ir a la realidad (y al revés).
El español fue el cuarto idioma que aprendiste.
Sí, nací en el rumano. La primera lengua que aprendí fue el francés, después el inglés (cuando me preparaba para estudiar Filología), luego, al llegar a la universidad, se añadió el español que me enamoró desde el primer momento. A mí me sucedió una cosa extraña con el español: no tuve que aprenderlo, empecé a estudiarlo y lo sabía. Fue como si me hubiese llegado por ciencia infusa. Y después, por el enamoramiento de la literatura española y latinoamericana, que jugó un papel fundamental en mis años de formación. Sencillamente lo que soy es una lectora, desde esta perspectiva se desarrollan todas mis facetas: traductora (traducir es también leer un libro en profundidad), escritora (traducir el mundo a tu manera), etc.
Somos una persona diferente en cada lengua que hablamos, escribimos, vivimos. Mi escritura es diferente en catalán, en español, en rumano. Ya no escribo en rumano desde hace muchísimos años. Hay una especie de territorio para cada poeta. Un poeta es un universo. Puedes mejorar a nivel técnico, estilístico, temático, pero tu voz, la de tu poesía, está ahí y a pesar tuyo. Mi escritura no encajaba con lo que escribían mis compañeros de generación. En Rumanía es muy habitual publicar en revistas. Debuté en una revista llamada Tribuna y publiqué en las revistas literarias durante los años de universidad. Me dijeron que estaba mucho más cerca de la generación del 27 (de España) que de la poesía de mis furiosos compañeros de generación. Y mi poesía sigue siendo muy diferente a lo que se escribe hoy en Rumanía.
La casa limón narra, desde la perspectiva de una niña, los últimos tiempos de la dictadura comunista en Rumania. Es imposible no pensar en Herta Müller y su libro de relatos En tierras bajas.
Para mí Herta Müller es una referencia. En tierras bajas es durísimo. Ella escribe desde una urgencia. Lo escribe en Rumanía, tiene mucho éxito fuera, luego marcha. Está viviendo la dictadura. En mi caso hay una distancia de 35 años como mínimo. Siempre he necesitado distancia para escribir. No hay la necesidad de denuncia de su literatura. Además, en mi caso hay cierta nostalgia ¡no hacia las aberraciones de ese sistema que vivimos!, sino nostalgia hacia la persona que fui, hacia aquel país que dejé, hay esa nostalgia que suaviza las cosas.
En el caso de La casa limón, tuvo diversas rescrituras. La voz de la niña no tiene edad. La primera parte del libro da las claves de cómo se tiene que leer la novela. Nunca sabes bien qué edad tiene la niña. Puede tener desde los 3 o 4 años hasta los 18 o 19 años. La parte central del libro llega hasta la adolescencia. La voz de la niña estaba allí ya desde la primera escritura, en bruto; después de acabar esa primera versión de la novela, la dejé reposar un tiempo bastante largo y, cuando la retomé, vi que la voz de la niña era muy poderosa. Es, en el fondo, una voz que vive dentro de mí y que me acompaña.
Hay épocas de mi vida cuyas voces se han ido apagando y silenciando; sin embargo, la voz de la infancia la sigo teniendo muy presente en mi manera de ver la vida. No sé si tiene que ver con el hecho de haber tenido hijos, hecho que tal vez reactualice esta perspectiva. También me interesaba mucho para lo que tenía que contar desde el asombro, una cualidad inherente a la mirada de aquellos que escribimos literatura. Eso se comparte con la mirada infantil. Te permite contar cosas sin juzgar y a la vez confiere cierta frescura al texto escrito. Por eso dicen que miramos las cosas una vez: en la infancia. Luego, como decía Borges, no tenemos primeras imágenes, sino solamente recuerdos de recuerdos.
Los personajes femeninos son muy importantes.
Salió así en la escritura, no es que me lo haya propuesto. A veces me sucede que la narración, la escritura, me lleva, manda y es como si no fuera yo quien dirige la orquesta. Como si fuera un instrumento a través del cual se escribe la historia. Llega un punto en el cual lo que cuento tiene su lógica interna y su propio motor. Entonces lo que estoy haciendo es seguirlo, podando, agregando, volviendo a quitar una cosa o añadiendo otra. La madre es ausente para la niña, pero es muy importante porque hace de protección para que no acabe de enterarse de aquello tan monstruoso que vive. La tía, la amiga de la madre, la amiga de la protagonista: todo un elenco de mujeres. Los hombres tienen papeles conflictivos en la novela, también importantes. La figura del padre es importantísima, le da la libertad conceptual, ideológica, a la niña.
¿Qué significado tiene el color amarillo?
El color amarillo… La casa limón es un símbolo de todo lo que podría haber sido, pero no fue porque fue destruido de forma casi arbitraria durante la dictadura comunista que tuvimos la mala suerte de vivir tantos países de Europa del Este. Delante del lugar donde yo vivía, había una casa amarilla donde vivía un amigo de mi padre. Demolieron esa casa, práctica habitual durante el comunismo con el fin de uniformizar, de que todo el mundo viva en el mismo edificio con esa estética que conocemos. Esa imagen de la casa desde mi ventana y luego su desaparición me impactó. Siempre me ha impactado la desaparición y la muerte. Nunca he entendido qué pasa con el espacio que deja alguien o algo que desaparece.
En la novela Rumania está como un no lugar. Se hubiera podido no mencionar el país y el lector pensaría en alguno de Europa del Este. ¿Cómo concibes un país como un no lugar?
Este libro al inicio no tenía ninguna mención a Rumanía ni a Ceaușescu (solamente era el Gran Dirigente) y los lugares eran la ciudad, el pueblo; no había ningún tipo de referencia al país. Igual que la niña que no tiene nombre. Yo creo que Rumanía es el lugar y a la vez es el no lugar para mí. Ciertamente podría leerse como cualquier país de la Europa del Este. En España he tenido comentarios de muchas personas que les recuerda su infancia durante la dictadura de Franco. Esta atmósfera de estado totalitario, de vivir en una dictadura. Es cierto que es un no lugar y me gusta mucho que se lea así. Tú has visto lo que yo he retocado en la novela.
Eres una gran admiradora de la literatura catalana. ¿Qué autores catalanes influyeron en tu obra?
La literatura catalana es un territorio inmenso por descubrir. Entre los catalanes está Mercè Rodoreda, una escritora maravillosa. En el 92 o 93 conocí La plaça del Diamant gracias a un lector de catalán que venía de Bucarest a Cluj-Napoca donde yo estudiaba. Fue mi primer contacto con el catalán. Fue un enamoramiento total con la obra de esta gran escritora. Conozco muy bien la poesía catalana. Me interesa mucho la poesía de Joan Vinyoli (tradujeron su poesía al español en Pre-Textos en Valencia y ahora en Galaxia Gutenberg) y hay una poeta mallorquina llamada Antònia Vicens cuya escritura hay que tener en cuenta, te saca de tu lugar de confort.
¿Hacia dónde va tu escritura hoy?
La poesía son mis obsesiones. En todo lo que hago están ciertas obsesiones que tengo y toman diversas formas.
Las cosas van desde lo minúsculo, desde la percepción que yo hubiera podido tener en ciertos momentos hacia el exterior. No nos podemos sustraer de lo que vivimos históricamente, pero todo parte de una experiencia personal, íntima, de una necesidad imperiosa de entender aquello que vives.
El problema de nuestras sociedades es ver la identidad sólida como una roca y querer reivindicarla. Son estas identidades fragmentarias, líquidas, que suavizan, las que permiten la convivencia, el compartir, el entenderse desde esta fragmentariedad y hacer un todo a partir de ahí. Así que creo que mi literatura va hacia encontrar la mejor forma de expresión de estas obsesiones que conforman mis escritos, teniendo como base este mosaico que es la identidad en un mundo tan complejo como el nuestro.
Recientemente se anularon las elecciones en Rumania. ¿Los escritores tienen algún rol en la sociedad?
Decididamente tienen un rol. Tal vez yo no sea el tipo de persona que muestre su actitud a través de ir a una manifestación (igual que en el tema del feminismo). Me gusta trabajar sin proclamar, pero sí a través de la escritura. Nosotros tenemos el deber de decir aquello que pensamos y, si podemos, orientar en alguna cosa.
Con estas elecciones lo que ha pasado es que había un candidato prorruso, antisemita, antieuropeo, con irregularidades en la campaña. En Rumanía el escenario en que dicho candidato hubiera llegado a ganar las elecciones, habría sido algo muy desafortunado. Mircea Cărtărescu escribió un mensaje larguísimo aconsejando por quién deberían votar en segunda vuelta, explicando la situación. Es una persona que quiere el bien para su país, se siente responsable en ese sentido. Yo misma a través de esta novela, en el fondo, lo que quise es despertar el interés en las nuevas generaciones para que la historia no se repitiera.
En Lee por gusto tenemos la tradición de preguntar por los cinco libros favoritos.
Siempre he sido una lectora voraz, desde muy pequeña. Primero era mucha literatura rumana y luego rusa. Aunque hablar de los libros que me han marcado me crea siempre cierto desasosiego, voy a tratar de mencionar algunos. Si hay alguien a quien debo mencionar en mi biografía literaria es a Borges. Ficciones, de Borges. Adolfo Bioy Casares decía que sus escritos eran paradas intermedias entre un ensayo y una historia. Escribí mi tesina cuando terminé la universidad sobre el manierismo en Borges. Me fascinan sus laberintos, sus espejos, sus juegos de ajedrez, sus bibliotecas, sus sueños. Bioy Casares también fue muy importante: La invención de Morel. Sobre la novela hicieron una de mis películas favoritas (El año pasado en Marienbad). No puedo dejar de mencionar a la española Ana María Matute, en la genealogía de lo que he escrito está Primera memoria.
Llegar a la poesía de Emily Dickinson fue un momento importante en mi manera de leer y entender la poesía. Tiene esa capacidad de compactar el lenguaje, de expresar todo un mundo con tan poco. Me acuerdo del primer poema que no leí, sino que me leyeron. Tenía una compañera de habitación en la universidad que era la reencarnación de Emily Dickinson en cierta forma (muy delicada, muy callada), vivíamos juntas y era maravilloso porque no había ninguna intrusión. Y un día me dice: «Te voy a leer un poema muy breve»:
«In the name of the bee,
And of the butterfly,
And of the breeze, amen!».
Uno de mis sueños hubiera sido traducir al español y al catalán a Emily Dickinson. Es muy complicada, hay muchas traducciones, pero quizás algún día lo consiga.
Tengo que mencionar En tierras bajas y también El hombre es un gran faisán en el mundo, de Herta Müller. El título viene de una frase hecha rumana. El faisán es un ave que no vuela, que es presa fácil, que no puede escapar. Le sirve como metáfora para reflexionar sobre la resignación, la desesperanza. De sus libros lo que me interesa es la manera en que cuenta las historias, cómo hace que el lenguaje sea el motor, esas frases cortantes y cortadas. Y esto me lleva a Virginia Woolf con La señora Dalloway, un prodigio a nivel de lenguaje, el uso de la técnica del flujo de conciencia… Creo que es el libro que más veces he leído.
Vuelvo a la poesía y me cuesta mucho acotar. Mencionaría a Sylvia Plath y a Anne Sexton. Y otra vez mirando hacia la prosa, tendría que mencionar a Franz Kakfa. Sus relatos me parecen maravillosos y también La metamorfosis, que cambió mi concepción sobre qué significa la escritura y la lectura en el momento en que llegué al libro. Acabo de descubrir a una gran escritora en Tusquets: Aurora Venturini, una escritora argentina que, con 85 años, obtuvo un premio importante por Las primas, de una crudeza exquisita y un lenguaje maravilloso.
SOBRE LA AUTORA
Corina Oproae (Făgăraș, 1973) es licenciada en Filología Inglesa e Hispánica y máster en Estudios Literarios Americanos por la Universidad Babeș-Bolyai (Cluj-Napoca). Se desempeña como traductora del rumano y del inglés al catalán y al español. Ha publicado los poemarios Mil y una muertes (2016), Intermitencias (2018), Temprana eternidad (2019) y Desde dónde amar (2021). Su libro en catalán La mà que tremola (2020) es una reflexión poética sobre escribir en una lengua distinta a la materna; asimismo, es autora y traductora de las antologías de poesía rumana La poesía del siglo XX en Rumanía (Visor, 2022) y catalana actual La hora indefensa (2021). La casa limón (Tusquets, 2024) es su primera novela.
LOS CINCO LIBROS FAVORITOS DE CORINA OPROAE
- Ficciones, de Jorge Luis Borges.
- La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares.
- Los poemas de Emily Dickinson.
- En tierras bajas, de Herta Müller.
- La señora Dalloway, de Virginia Woolf.
Bonus tracks
- Las primas, de Aurora Venturini.
- Primera memoria, de Ana María Matute.

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