Melissa Ghezzi: «Mi arquitectura es muy poética y mi poesía es muy arquitectónica»

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En esta nueva entrega de nuestro ciclo de entrevistas a autoras de poesía, presentamos una charla con la poeta Melissa Ghezzzi. Este ciclo es posible gracias a Lexitrans Perú.

 

Por Ana Rodríguez
Crédito de la foto: César Chávez

 

Desde Al pie del álamo (1989) está presente tu interés por la encuadernación, la caligrafía, la materialidad.
Siempre me fascinó el trabajo artístico. No quería que los libros tuvieran empastados comunes. Me fascinaba hacerlos con los materiales que tenía a la mano, que conseguía. El primer Al pie del álamo fue a máquina de escribir. Después salió publicado junto a otros textos en un primer libro cuando tenía 19 años.

 

Desde hace varios años dictas talleres, ¿cómo han enriquecido tu escritura?
La sublimidad de lo ordinario solo tiene poemas que han salido de los talleres. En mis primeros talleres yo hacía los ejercicios al lado de los chicos, las chicas. No era muy consciente que lo que traían los participantes pudieran ser disparadores para mí. Son personas muy maduras, que tienen una riqueza de vida enorme, variada y se han convertido en amigos, compañeros de la escritura. Compartimos desde escritores hasta pódcasts.

Llamé a los talleres «laboratorios» por lo experimental, no sabemos qué va a ocurrir. Ya no los llamo así, cada año les doy un nombre distinto: el año pasado fue «Rituales poéticos», este año se llamó «Del primer al último verso». Tienen conceptos distintos, pero siguen siendo espacios de laboratorio para explorar cualquier tema.

 

Otro catalizador fue la maestría en Escritura Creativa en San Marcos.
Usé el curso de Mecanismos de producción textual de la maestría para Álbum, que fue trabajado como imagen y, una vez sustentada la tesis, lo publiqué formalmente bajo el formato cuadrado. Fue una experiencia deliciosa a nivel de creación, donde tenía a más de veinte estudiantes opinando sobre el proyecto. Álbum ha sido el proyecto más retador, con el que más aprendí. No fue el mejor a nivel de producto textual, la edición textual fue mínima. Sin embargo, sentí que estaba haciendo algo importante: era muy distinto a las propuestas que se estaban haciendo en el Perú y se hizo en San Marcos.

 

¿Te animarías a enseñar en el ámbito académico?
Tengo muchas ganas de seguir enseñando estos procesos creativos. Me alimentan mucho. He notado una gran vocación de ser educadora, de ser profesora. Canalizo, convoco. Sin el grupo humano no se crearía esta magia. Dentro del aula en los espacios académicos no se crea mucho. No es un espacio creativo, es más de reflexión crítica. En mis talleres tengo la libertad de proponer, de hacer algo muy propio y muy orgánico.

 

Con la perspectiva que dan los años, ¿cómo recuerdas aquel espacio tan distinto al que llegaste también gracias a tus talleres, el Penal de Mujeres de Chorrillos?
Dolorosísimo. Me costaba mucho ir un sábado en la tarde (que para mí es un espacio de celebración, de relax) y ver entre rejas a estas mujeres, por más que tenían que cumplir una condena. Ver la falta de libertad me mataba. Yo siempre he sido una fiel amante de la libertad, una buscadora acérrima de la libertad. A partir de esa experiencia y del microtaller que dicté para mujeres que pertenecieron a Sendero Luminoso y al MRTA, salió Danza para el olvido.

Lo volvería a hacer, pero más institucionalizado. Fui quien más aprendió. Salí perdonando. Creo que la guerra nos devastó emocionalmente a los peruanos. Danza para el olvido es uno de los libros más auténticos, más descarnados, profundos y serios de mi trayectoria.

 

Leí un artículo de Víctor Vich defendiendo la Casa de la Literatura y mencionaba la crisis política, institucional, económica que vivimos. También la crisis cultural, en el sentido de perder la vida colectiva. ¿Te consideras activista?
Mi activismo ha sido de siempre. Desde niña me rebelé a mis padres. Me rebelaba a la sociedad. El mismo hecho de ser lesbiana ya es una propuesta reveladora, es ponerme en un lugar de incomodidad, de incomodar a los demás también. Activismo no desde la palabra «lucha», sino desde un artivismo, en donde la sutileza de la palabra, del trabajo textual, es lo que habla. Desde Universo de mujer estaba escribiendo con esa mirada y, a partir de allí, no he parado de hacerlo casi en ninguno de los libros. En todo momento, cuando se escribe, se está haciendo un activismo (aunque sea subte).

 

También está presente en Voces para Lilith.
Lo soñé. Lo imaginé en el 2005 y salió en el 2011. Veía las carencias en las librerías, no había nada del tema. Yo misma necesitaba estudiarlo y difundirlo. No lo volvería a hacer. Es una chamba muy larga y es una inversión muy grande de tiempo, esfuerzo, energía. Es muy demandante. Los resultados fueron buenísimos. Necesitaría una actualización.

 

En Despachos del fin del mundo Alberto Fuguet escribe, entre otros temas, de la pandemia mediante crónicas, apuntes y demás. ¿Cómo abordaste la pandemia en Toque de queda?
Toque de queda es un libro-álbum digital y está en las redes. Su creación fue una emergencia. Estaba editando La rebelión de las muñecas y de pronto viene la pandemia. No tuve valor para seguir escribiendo. Y el poema corto fue el hálito de la respiración urgente. Nunca en mi vida me había sucedido algo tan doloroso como perder mi libertad. El libro está escrito desde la urgencia por estar afuera, en conexión con la naturaleza.

 

Empecé preguntándote por lo artesanal y la materialidad en tus trabajos. ¿Cómo influyó la arquitectura en tu poesía?
Por todos lados, por todas las aristas. Por el lado textual, mi arquitectura es muy poética y mi poesía es muy arquitectónica. Yo ya no diseño, pero soy profesora. Y como profesora, trato de vincular a los chicos con las artes para que, desde el arte, puedan crear. Desde la poesía, mis proyectos están sumamente estructurados. Todo está completamente sumado, organizado, hay mucha matemática. En arquitectura lo primero que se hace es trazar los ejes y trazar una malla. Mis ejes los trazo también en la poesía y luego voy enmallando, llenando los cuadraditos de la malla. Construyo de una manera muy arquitectónica. Por otro lado, el texto tiene una carga poética que tiene que ver con ejes matemáticos, geométricos; las palabras que uso son espaciales, son sensoriales, son sensorialmente espaciales. Mi ritmo es muy matemático. También hay un ritmo que puede tener pausas y respiros, entre espacio y espacio hay un camino. Además, está el objeto como tal, que lo siento arquitectónico: tiene materia, tiene exploración de materialidad y una manera de estructurarlo y anudarlo.

 

Es como si la Melissa arquitecta pudiera habitar su poesía.
No sería nada si no fuera arquitecta. Sería demasiado aburrido ser escritora solamente. Lo que hace que funcione la poesía es que habitemos otras áreas, situaciones distintas. En mi caso, no me atreví a estudiar Literatura porque la veía intangible. Arquitectura me parecía tangible, podía tocarla, podía tener un plano y saber que eso se podía tridimensionalizar y ejecutar. Tenía la certeza de que iba a poder construir cosas. Las construcciones desde la palabra me parecían muy efímeras, pequeñitas. Decidí, paralelamente a mi carrera de arquitecta, llevar talleres que me fueron enriqueciendo y desde ahí construí mi poesía.

 

 

SOBRE LA AUTORA

Melissa Ghezzi Solís (Lima, 1975) es poeta y docente de Arquitectura. Canaliza talleres de escritura desde el 2009. Ha escrito más de una docena de poemarios en donde busca resolver el enigma de la vida y celebrarla. Ha sido antologada en Instrucciones para hacer el amor. Poesía reunida de temática lésbica (Amaru Cartonera, 2023).

 

Los cinco libros favoritos de Melissa Ghezzi

  1. Hainuwele y otros poemas, de Chantal Maillard.
  2. Antología poética, de Wisława Szymborska.
  3. La dicha, de Irene Gruss.
  4. Ejercicio de la mirada, de Tanussi Cardoso.
  5. Poesía vertical, de Roberto Juarroz.
  6. La nueva novela, de Juan Luis Martínez.


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