En esta nueva entrega de nuestro ciclo de entrevistas a autoras de poesía, presentamos una charla con la poeta y narradora Carmen Ollé. Este ciclo es posible gracias a Lexitrans Perú.
Por Ana Rodríguez
Crédito de foto: Herman Schwarz/Casa de la Literatura Peruana
Han pasado más de cuarenta años desde la publicación de Noches de adrenalina…
Lo escribí cuando estaba casada con Enrique, tenía una bebé pequeña. Llevaba una casa, estábamos aislados en Mahón (la capital de la isla de Menorca). Luego nos fuimos a París y se lo envié a Fernando Vidal, en la época en que se publicaba de una manera muy artesanal, con un estilo bonito, pero rústico. Le gustó. Regresamos de París y tuve que esperar casi un año para que se publicara (en 1981). No tuve interés en hacer de la publicación un evento social o cultural. Tuvo una repercusión bastante polémica por el lenguaje y el tema. Luego fueron saliendo otras ediciones: con Lluvia Editores, en Argentina, en México, en España, con Flora Tristán, en Estados Unidos hubo una edición bilingüe y están las ediciones conmemorativas de Peisa (en el 2013 y por los 42 años).
Uno de los grandes temas del poemario es el cuerpo. Según Rossella Di Paolo, en tu ópera prima el cuerpo es «espacio de pequeñas y grandes miserias cotidianas».
Puedes imaginar que antes a los 30 años eras considerada una mujer madura, no joven. Cuando estaba en Menorca mi madre me escribía: «Ya tienes que vestirte como una señora, ponerte faldas, etcétera». En el siglo XIX a los 30 años ya eras considerada una vieja. Eso fue pendular en el libro, la degradación física está muy presente. Ahora no es tan determinante: la juventud en las sociedades que tienen cierta bonanza se ha prolongado: a los 30 años eres casi una adolescente.
La juventud también se ha alargado por las crisis económicas: los jóvenes no se pueden independizar y permanecen en casa de sus padres.
Eso es frustrante y no ayuda al desarrollo de la persona ni a una vida plena. La juventud no es solo que el cuerpo esté lozano y se pueda utilizar la tecnología y la estética para parecer más joven. La juventud es estar bien y estar dispuesto a tener nuevos proyectos, a ver el futuro. Vivir el presente con alegría, plenitud. La alegría no es permanente, pero hay pequeños placeres.
La filósofa Ana de Miguel concibe al ser humano como un proyecto de vida.
Carl Jung dice que, si no eres capaz de ver más allá, hacia adelante, de proyectarte, entonces ya estás muerto.
En tu primer poemario reflejas un cuerpo que sufre y eres capaz de tomar distancia; hay consciencia del cuerpo real e ideal, y de su deterioro.
Tengo una tendencia a distanciarme del fenómeno social o de la vida personal para verme a través de un espejo. Me desdoblo. Es algo natural en mí. Puedo reírme y puedo extrañarme de mí misma cuando me escucho en audios o veo fotos pasadas. Me desconozco. Me parece que soy una extraña. La otra vez escuché una grabación de una entrevista de muchos años atrás y me dije «esa voz, ¿es mi voz?». Ese distanciamiento me permite analizar mi entorno, sobre todo el político, el global, que nos afecta. Si cae la Bolsa de un país, si hay una inundación en el otro, si a una mujer la lapidan por infiel en Afganistán, todo eso nos afecta. Nos puede pasar a nosotras. Nunca estamos a salvo de ese tipo de criminalidad ni de gobiernos totalitarios.
Otro tema es el de las ciudades. Recorres las calles de Lima y de París. Escribes: «Vi París después de un viaje largamente sentada en la butaca del ferrocarril con la pequeña en brazos».
Idealicé al París de las crónicas, las lecturas, los poetas malditos franceses. De las novelas francesas, de Simone de Beauvoir, Jean Genet, de las películas, de la bohemia. Vi otro París no tan moderno ni lleno de glamour. Vi el París plomizo, con chimeneas de carbón, xenófobo. Había sevillanas y andaluzas que trabajaban como obreras en París y también latinoamericanos que huían de las dictaduras.
En Lima, con mi amiga Esther Castañeda, caminaba por todo el Jirón de la Unión, por los cines de barrio. Se podía caminar, se podía ir a Barrios Altos. Cuidándonos un poco de ciertas callecitas, uno podía caminar, no te pasaba nada. Era una ciudad relativamente amable, no tan peligrosa como ahora. Nos encantaba sentirnos esas vagabundas, voyeurs, que se esconden o cobijan en la multitud y van descubriendo personajes. Siempre seguíamos personajes o los inventábamos. Vivíamos entre la realidad y la ficción. Era otra Lima, con cafés y personajes folklóricos como el hombre del clavel verde. Multitudes caminaban, no había ese ruido de ahora con los karaokes, ni esos parlantes, ni tanto ambulante. Cuzco estaba lleno de librerías, cafés. Varela habla de una bohemia cultural muy intensa que ahora se ha reducido, que ha sido reemplazada por las discotecas.
Lo más bonito de caminar y perderse en una ciudad es encontrar algo que te sorprenda: el misterio en esa ciudad. Y eso es lo que yo encontraba en la Lima antigua. En el 2014 cuando me mudé a Barranco, descubrí la calle Cajamarca y ese fue un descubrimiento maravilloso. Después de mucho tiempo encontré rincones poéticos: la casita de Eguren, el parquecito, la iglesia, el Puente de los Suspiros… Ese misterio lo encontraba cuando era estudiante en San Marcos, cuando iba a Barrios Altos, al Barrio Chino. Recuerdo que el Correo Central estaba lleno de tiendas.
¿Este poemario significó el cierre de una etapa un tanto conflictiva con la realidad y dio paso a una etapa más serena?
No, fue muy complicado mi tiempo como profesora en La Cantuta. Mi posición no era nada serena. Después de un tiempo me tuve que ir, cuando entró el Ejército. La situación era precaria, inestable, peligrosa. Ahora hay una serenidad en el sentido de que puedo ver las cosas con menos amargura o con más racionalidad. Siempre he leído otros temas que no son literatura, que me permiten comprender la evolución, la teoría del todo, la teoría científica, el arte.
¿«Destino: vagabunda» tendrá una segunda parte? ¿En algún momento tuviste sentido de historicidad?
Hay una segunda parte que viene, tiene que ver con situaciones muy específicas relacionadas a la enfermedad, al suicidio, a cómo enfrentamos nuestra inercia. ¿Historicidad? No, yo no contribuyo a nada. Solo escribo para que la gente se haga preguntas.
Nunca me voy a presentar como un grupo porque no formo parte de ninguno. No se puede considerar que contribuí a Hora Zero. Soy solitaria. Nunca me he sentido parte de un colectivo. Con amigas hemos respondido juntas a algunas agresiones en el medio. En cuanto al feminismo, he trabajado en las ONG feministas Centro de Documentación sobre la Mujer y Estudio para la Defensa de los Derechos de la Mujer (Demus), pero nunca he formado parte de un colectivo ni de ningún grupo político. Eso es lo que no me gustaba de estar en una ONG feminista. Tenías que cumplir con un programa ideológico. Hay mucha gente que tuvo que renunciar a sus creencias para poder adaptarse al programa. Esa independencia, esa solitud, me permite pensar de manera libre. Y si no le gusta a alguien, qué me importa.
¿Cómo fue la experiencia de escribir tus memorias?
Escribir mis memorias teniendo a mi entorno alrededor (mis hermanos, mi hija, mi nieto, mis excuñadas, mis amigas) y, a pesar de eso tratar de ser sincera, de no traicionarme, ha sido un trabajo difícil. Eso lo conversé con Rossella Di Paolo quien me ayudó a encontrar ciertas pautas.
Te diré que yo no soy mujer de una sola relación, soy una mujer muy apasionada, siempre lo he sido. La parte erótica la he tenido que trabajar a través de la ficción para no comprometer a otras personas. No es como en el caso de Nina Berbérova que escribió sobre su vida cuando estaba sola y en el exilio. Y hay otros casos, como Roberto Bolaño, que no tenía ninguna autocensura, sabía que iba a morir y quería ser retador, no le importaba nada. Yo no quería hacer unas memorias en las que personas a las que había querido (o con quienes había tenido una relación muy estrecha) quedaran mal paradas. Yo me reservo cosas que no quiero decir.
¿Qué descubriste en este proceso de escritura?
No sabía cómo escribía. Ahora me doy cuenta cómo escribo. Un tema me lleva a otro. Escribo por asociaciones, esa es mi forma de trabajar. Escribo en zigzag. Una palabra, una imagen, un pasaje me llevan hacia otro tema del pasado. Los pasajes vinieron a mi memoria gracias a asociaciones.
¿Te hubiera gustado ser vagabunda?
Siempre, desde muy pequeña, desde que empecé a leer, a los diez o doce años, me di cuenta que me gustaba el mundo de los gitanos. Tenía una colección de música cíngara clásica: húngara, rumana. Me gustaba la vida de los beduinos, los judíos exiliados, los africanos negros en Estados Unidos. Lo que siempre me gustó fue ver a los gitanos. Antes en el Jirón de la Unión se podía ver a las gitanillas delgadas, con sus vestidos largos, caminando por la calle. Tenía esa idea romántica de los gitanos en Europa.
No soy una vagabunda de verdad. Me hubiera gustado ser una persona que viaja por el mundo. De alguna manera, mis textos híbridos reflejan eso. El último, La máscara, escrito con Virginia López Aragón, es transmedia: tiene texto, fotos, música, pintura, tiene de todo.
Sobre la autora
Carmen Ollé (Lima, 1947) es poeta y narradora. Estudió Educación (especialidad en Lengua y Literatura) en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Durante doce años fue catedrática en la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle. Actualmente dicta talleres literarios en el Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar. Ha publicado Noches de adrenalina, Todo orgullo humea la noche, ¿Por qué hacen tanto ruido?, Las dos caras del deseo, Pista falsa, Una muchacha bajo su paraguas, Retrato de mujer sin familia ante una copa, entre otras obras. En el 2015 fue reconocida con el Premio Casa de la Literatura Peruana.
Los cinco libros favoritos de Carmen Ollé
- Poesía griega y latina: Safo, Catulo.
- Poesía simbolista: Stéphane Mallarmé, Arthur Rimbaud.
- Poesía latinoamericana: Alejandra Pizarnik, Blanca Varela.
- Narrativa: Franz Kafka, Antón Chéjov, Irène Némirovsky.
- Memorias: Isaac Bashevis Singer, Nina Berbérova.

No hay comentarios
Añadir más