¿Quién se ha tragado los muebles?: sobre «un grito también es una casa», de Rosa Granda

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Presentamos una lectura del poemario «un grito también es una casa», de Rosa Granda. Este texto de Rodrigo Vera acompaña este libro que es el título 55 del sello Álbum del Universo Bakterial.

 

 Por Rodrigo Vera, poeta, filósofo e investigador de la Casa de la Literatura Peruana

Habitar una superficie es una figura solo posible de ser enunciada, no vivida. En dos dimensiones miro, toco. En tres, transito. En cuatro, significo. Y eventualmente amo. ¿A qué dimensión pertenece un grito? O quizá habría que preguntarse antes: ¿qué dimensión ha cedido para hacer emerger ese ruido a la vez íntimo y lejano? Si “un grito también es una casa”, entonces podemos imaginar que hemos vivido afuera, y que la casa es la ruina de un desarraigo impronunciable.  Merleau – Ponty lo dice bien: el mundo está dentro de mí pero el problema es que yo estoy fuera de mí. “Vivir / en un recipiente sin fondo / para rebalsarlo siempre”, escribe Rosa Granda. ¿Es posible habitar en esa divergencia? ¿Quién o qué grita en una dimensión igual a cero? 

“Un grito también es una casa” se organiza alrededor de estas preguntas, y lo hace colocando estacas en un terreno no sedimentado, como habitaciones en el agua. Lo primero es declarar una ausencia, drenando todo residuo sentimental. La promesa de algún consuelo dimite en la puerta de entrada: “no existe”.

Los poemas iniciales nos conducen por un territorio de pérdida. El objeto del deseo se ha extraviado, o mejor, es el acto del deseo el que ahora ocupa ese lugar. Esto es evidente en la medida en que el movimiento no cesa y las cosas persisten en su ser cosas, aun cuando una muerte en torno las haya vaciado simbólicamente. Las cosas reemplazan “verdad por materia”. Las cosas pierden su nombre, pero el efecto que ello produce no es cognitivo. Es espacial. Demarca un borde al interior del cual “nada se destaca en la distancia”. El horizonte ha borrado la línea divisoria, y sin perspectiva que aquilate el valor de los objetos, no queda ya nada en la casa, sino fuerzas que gravitan al tenor de lo doméstico.

De un lado “los cuerpos pierden unidad / caen de su órbita” y “ese vacío que aparece en la superficie / es fisiológico”. Está hecho de tendones, despojos, animalidad. También el mobiliario queda infecto de ese germen. Acumula el peso del vacío por sustracción: alguien se ha tragado los muebles, las polillas buscan “su amor en el agua”. Persiste, sin embargo, el eco de un movimiento que Granda imagina geométrico, angular. La repetición es un aire que circula y se acumula dentro o alrededor de objetos fantasmáticos, como “vidrios rotos al interior de una jaula”.

El grito en ese trance no es la distensión prometida. Tampoco la plena anulación del significado. Después de todo, el sonido que emite es una suerte de monotonía a voz alzada. No es casual que al hablar de rutinas recurramos a esta expresión proveniente de la acústica (mono-tono, un tono invariable). A diferencia de una palabra o de una frase, en el grito no habitan los contrastes. Desde este ángulo equidista con la gramática de la repetición, la “patología de lo cotidiano”, un hogar sin dimensiones.

Habitar un sonido allí donde antes hubo cosas es una de las formas de sobrellevar el duelo. Y este libro una forma de celebrarlo.

 

 



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