El poeta Carlos Germán Belli (1927-2024) ha partido físicamente y a su legado como orfebre de la lírica también es necesario recordar su faceta como profesor universitario. Precisamente aquí el poeta Sandro Chiri Jaime recuerda al docente sanmarquino en sus clases de literatura italiana.
Por Sandro Chiri Jaime
1981: LAS CLASES DE LITERATURA ITALIANA comienzan a las dos de la tarde, hora sospechosa e inusual en el Patio de Letras de San Marcos. El maestro Carlos Germán Belli arriba a la Ciudad Universitaria y de inmediato uno a uno sus alumnos vamos poblando el aula. Mi memoria evoca vagamente a mis condiscípulos: una bella y beligerante activista estudiantil, una fanática religiosa, un disciplinado cuadro de Patria Roja, una gata trotskista, una poeta desafiante y maldita, un impulsivo consumidor de yerba santa, y yo, solo como un astronauta frente a la noche espacial.
Y ahí estaba Belli, cargado de papeles y sueños, ligeramente bucólico y discreto, capaz de activar poderosamente nuestras mentes con sus bellas traducciones de los poetas italianos. Porque finalmente, como dice Eco, “nadie traduce lo que no le interesa”. Y cuando su modesto fólder amarillo se abría para repartirnos las copias con versos de Guido Gozzano, Umberto Saba, Giuseppe Ungaretti o Mario Luzi el mundo entero se detenía por obra y arte de un hada cibernética, y todo, absolutamente todo, cambiaba de improviso. Y en ese instante, el Pacífico era el Mar Mediterráneo, y mi novia ya no era la joven quebrada y fresca de la calle Cotabambas, sino una bella muchacha que deambula por la colina de San Giusto y que anhela con ser actriz en Milán; y mis compañeras ya no eran ni fanáticas ni militantes, sino ingenuas campesinas de Piamonte que cosechaban uvas bajo el sol de primavera.
Todas las compuertas de un universo espléndidamente concebido se abrían para soñar con los poemas de esos desdichados italianos que cruzaban el mar en un santiamén para conmovernos y hacernos recordar que la vida también es maravillosa cuando se tiene a un maestro con un alma buena y genial como la de Belli.
Y ahí estaba el profesor, entregando lo mejor de sí, leyéndonos sus traducciones con calma y ritmo adecuado, acercándonos el “Toto Merúmeni” de Gozzano, como si él mismo fuese el autor, como si su mano hubiera escrito estos versos:
Él por años soñó el Amor que no viene,
Soñó para su angustia actrices y princesas,
Y hoy tiene por amante a la joven cocinera.
Cuando la casa duerme, la muchacha descalza
Fresca como ciruela al frío matutino,
Llega a su cuarto, bésalo en los labios y salta
Sobre él que la posee, feliz y boca arriba.
Pero ya no eran los labios de la joven cocinera entremezclándose con la boca del muchacho solitario condenado a un discreto transcurrir, sino una “Ciudad vieja” a la que Belli nos introducía gracias a la magnífica traducción del poema homónimo de Umberto Saba; y ya no sabíamos si era Saba o Belli quien escribía estas imborrables líneas de espíritu entre callejero y místico:
A menudo, al retornar a mi casa
Voy por una oscura calle de la ciudad vieja.
[…]
Aquí entre la gente que viene y va
De la hostería y la casa o al lupanar,
Donde son mercancías y hombres el detrito
De un gran puerto de mar,
Vuelvo a encontrar, pasando, el infinito en la humildad.
Aquí prostituta y marinero, el viejo
Que blasfema, la hembra que disputa,
El dragón que se sienta en la bodega del freidor,
La alborotada joven enloquecida de amor,
Son todas creaturas de la vida y del dolor;
se agita en ellos como en mí, el Señor.
Aquí de los humildes siento en compañía
Mi pensamiento hacerse
Más puro donde más infame es la vida.
Entonces, al escuchar estos versos, mis compañeros de aula desacataban de inmediato todas sus consignas y todas sus ortodoxias para deambular por este puerto donde el Señor convive con prostitutas y marineros ebrios porque el pensamiento se hace más puro donde más infame es la vida. Y solo Belli, en esa tarde limeña, era capaz de transmitir las múltiples sensaciones que irradiaba el poema de Saba.
Y en medio de bombazos y apagones, combatía fosco nuestro maestro, cual rey rojo egureniano, verso en mano o lanza de oro, diciéndonos con mucha elegancia que “Solo es mío el país que se halla en mi alma”. Pero el alma de Belli estaba repleta, ayer como ahora, de sueños y esperanzas por un país justo, limpio y menos canalla, menos envilecido.
Y en medio de ese panorama dantesco del Perú de aquellos años, nuestro maestro compartía su bella traducción del poema “Lucca”, de Giuseppe Ungaretti, que se presentaba como una suerte de testamento de terrenal filosofía:
Conozco ya mi destino, y mi origen.
No me queda más nada que profanar, nada que soñar.
He gozado de todo, y sufrido.
No me queda más que resignarme a morir.
Quedábamos mudos, mudos de tanta belleza y sabiduría que Ungaretti transmitía en la voz y en el español de Belli. Era pues la Poesía nuestra Hada protectora de aquellos años violentos y torpes.
Acaso por ello, siempre pensé que el sublime instinto de Belli guiaba todas sus actividades, pero solo en la Poesía, solo en ese reino, se sentía completamente libre y guarecido. Era algún dios del Olimpo que con su invencible manto protegía al Maestro y a sus alumnos en aquellas inolvidables tardes de amor, locura y muerte.

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