La poeta July Solís Mendoza presenta una lectura de la plaquette Refugio de los vientos, de la poeta Carolina O. Fernández, quien en un largo poema registra circunstancias de la coyuntura peruana e internacional.
Por July Solís Mendoza
Refugio de los vientos (Editorial Un puñado de Tierra que Respira, 2024), de la poeta y socióloga Carolina O. Fernández, es una plaquette pequeña pero absorbente. En sus 35 páginas discurre un solo poema que registra con urgencia la coyuntura nacional e internacional, como soporte para la memoria. A nivel de estructura, su propuesta parte de la fragmentación con presencias aparentemente desconectadas como la famosa corredora de Junín Gladys Tejeda; el cusqueño Rosalino Flores, impactado por 36 perdigones en enero del 2023; la divinidad femenina Urpayhuachac; el poeta palestino Refaat Alareer, asesinado en un bombardeo israelí; el historiador Fray Ginés de Sepúlveda y su guerra contra los indios, etc. Por momentos, las estrofas parecen retazos que disparan a distintos temas-situaciones-personajes sin aparente vínculo; sin embargo, el poema tiene la maestría de tejer lo que parece estar desconectado. Se trata de un inventario de hechos históricos y contemporáneos, que se siguen repitiendo y que nos laceran de múltiples formas: «En mi país gobiernan gánsteres que ahogan los anhelos/ en mi país, aunque la ley diga lo contrario nada es gratuito» (18).
Presencias como la de Rosalino Flores, estudiante de gastronomía, impactado con más de treinta perdigones en Cusco; Jhamilet Aroquipa, estudiante de psicología y voluntaria animalista, sorprendida por una bala perdida en Juliaca; y Beckham Romario Quispe, joven deportista y entrenador, herido por un disparo en el cráneo en Andahuaylas, nos muestra cómo un gobierno de pistoleros arrebata el futuro a jóvenes peruanos que se esforzaban por construir su propio sueño. Además, los saca del anonimato y la deshumanización en la que el poder los quiere mantener. La importancia de nombrar a nuestros muertos para conocer sus historias y su doloroso desenlace evidencia el capricho militar con el que apagaron sus vidas en medio de ráfagas de balas y perdigones. Hoy, un año y medio después de iniciado el gobierno de Dina Boluarte, la impunidad se mantiene; la sanción a los responsables políticos se encapsuló, como siempre, en el eterno pasillo de las ‘investigaciones’. Esta realidad que padecemos desde diciembre del 2022 y que busca silenciar los reclamos, se alinea con otros duelos, como la guerra contra Palestina. Es así como los cuerpos sin vida de jóvenes puneños, apurimeños, cusqueños, entre otros, se mezclan con cadáveres de niños bombardeados junto a sus familias en medio oriente. Este es el escenario principal por el que camina el poema: una atmósfera apocalíptica, que es anticipada en el epígrafe inicial de la escritora rusa Anna Ajmátova, que concentra un doloroso aroma. «Huele a quemado» es lo primero que leemos cuando abrimos la plaquette. El poema registra las muertes injustificadas, el duelo nacional, pero también un duelo global. Esta pila de cuerpos del que somos testigos en sus versos responde a una política de estado que se corrompe, como señala el canto puneño «esta democracia, ya no es democracia», que también forma parte del epígrafe inicial.
A esa gran humareda de bombas y disparos, de genocidios que atestiguamos, el poema extiende sus convulsionadas aguas a otros problemas como la crisis del medio ambiente, el extractivismo salvaje, el comercio ilegal de especies, los huaycos, la privatización de espacios naturales, el levantamiento de gigantescas inmobiliarias en desmedro de la arquitectura histórica, etc. En uno de sus versos se indica que la madre de los bosques, ikaman Nukurí, en lengua wampis, se atormenta por el combustible esparcido en sus frutos. Pero ahí no acaba la problemática social, están también las taras étnico raciales, que desde el pasado se mantienen intactas. La extinción del indio que Ginés de Sepúlveda pregonaba en el siglo XVI se reactualiza en pleno siglo XXI cuando algunos congresistas parafrasean el mismo discurso. El poema nos muestra que repetimos la historia. El pasado y el presente no significan una nueva etapa, sino más bien la reincidencia en nuestros yerros y prejuicios. Refugio de los vientos registra un inventario aglutinante de todo el incendio social que padecemos actualmente, donde la indiferencia no es una opción: «Cómo ignorar las siniestras armas/ lxs niñxs muertos/ la voracidad de las llamas/ los destrozos/ de este globo que implosiona» (3). En otra estrofa se señala lo siguiente: «Yo soy Leonarda Valverde/ mi hijo Rosalino Flórez tenía 20 años/ soñaba culminar su carrera / Recibió 36 perdigones/ disparados por un agente policial/ Se quedó sin intestinos» (14).
Frente a este sufrimiento colectivo de ver al mundo desangrar, aparece también una voz individual que manifiesta un dolor íntimo, debido a una enfermedad, específicamente un carcinoma: «Yo vanidosa/ Veo mis dos mamas completas por última vez/ las arrullo/ las siento bellas/ El cuerpo humano y su singular belleza/ me veo en el espejo/ gozo de mis mamas/ de mi ser casi integro por última vez/ en el instante en que la madretierra mutilada/ gime a cántaros/ se adormece se electriza como si le arrancaran/ los conductos lácteos del pezón» (19). Se arma así un contrapunto entre el dolor colectivo que lastima a un país, frente a un malestar completamente individual: la amputación del propio cuerpo. La madre tierra, enferma y mutilada, por la desidia medioambiental se asemeja así al cuerpo de la hablante a punto de ser cercenado. Este contrapunto posibilita que, por momentos, se pause la problemática social para permitir al lector ingresar a un drama personal. Esa alternancia le otorga un respiro al lector, al mostrar una angustia que solo le corresponde a la voz del poema. No obstante, —y aquí reside el valor de la propuesta de Ortiz— el libro nos confirma con contundencia que lo personal no es ajeno a lo político. Ningún dolor por más privado que sea, se puede aislar del exterior. Estamos atravesados por el mundo y lo que pasa en nuestro entorno nos impacta física y anímicamente. Lo que creemos que es un problema privado es, en realidad, la consecuencia de un sistema político y económico que no solo termina devorando al planeta, sino a nosotros mismos. Nos consume como cuerpo social, pero también nos consume individualmente, porque la circunstancia personal es el resultado de diversos factores, ya sea la crisis ecológica; la ingesta diaria de alimentos procesados; la tiranía política que arrebata vidas, lesiona cuerpos y enferma la psique; el ritmo estresante de vida; la falta de un sistema público de salud digno; entre otros. Así como el mundo convulsiona, el cuerpo humano también lo hace.
Para finalizar, pensar la enfermedad en términos públicos y no privados es un grado mayor de conciencia. El poema nos muestra un registro de sucesos que nos enferman en todo sentido, como sociedad y como individuos. En ese contexto, la palabra puede ser un refugio, sino para sanar, por lo menos para evitar el colapso. Y es la poesía, con su lenguaje díscolo, quizá el único género capaz de retratar de forma más fidedigna la incertidumbre, los desbordes y arrebatos que atestiguamos en estos tiempos. Verbalizar lo sucedido no solo es un proceso para digerir la realidad, sino, y sobre todo, es una forma de no olvidar y seguir exigiendo justicia a los que pretenden eludirla. Es así como Carolina O. Fernández nos entrega una plaquette cargada de sabiduría, probablemente aquella que es resultado de experimentar una crisis personal aguda y del que se recompone para mirar el mundo con un lente más nítido.

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